La inflación de la zona euro cae al mínimo desde finales de 2016 y alienta al BCE a tomar medidas

El presidente del BCE, Mario Draghi, tras la última reunión del supervisor./ EFE
El presidente del BCE, Mario Draghi, tras la última reunión del supervisor. / EFE

Pierde tres décimas y cae al 1% en julio, lo que unido a los bajos niveles de PIB y empleo, acrecienta la posibilidad de que el supervisor adelante a septiembre sus estímulos económicos

José Antonio Bravo
JOSÉ ANTONIO BRAVOMadrid

Frenar un escenario económico «cada vez peor». Ese es el objetivo que el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, se puso en la última reunión de su consejo de gobierno celebrada el 25 de julio pasado. Lo hacía a la vista de que los motores de la economía europea, y en especial en la zona euro, empezaban a griparse de nuevo como han evidenciado los datos macroeconómicos conocidos en las últimas fechas. Sin ir más lejos este lunes Eurostat, la agencia estadística de la UE, confirmaba que la inflación media en el territorio del euro se situaba en el 1% el mes pasado, su nivel más bajo desde noviembre de 2016.

En un solo mes ha bajado tres décimas y el dato de julio es todavía una décima peor de lo que se esperaba conforme a las previsiones más negativas. Tampoco el promedio del índice de precios de consumo (IPC) para la Unión Europea en su conjunto es mucho mayor, al situarse en el 1,4% y descender dos décimas respecto a junio. La menor presión alcista de los costes energéticos -que también explica que la inflación en España no haya pasado del 0,5% en tasa interanual el mes pasado- es la principal causa de esa evolución bajista, pese a que los alimentos frescos se encarecieron un 1,7% en tasa interanual tras subir de una sola vez siete décimas. Por países, Portugal ya tiene un índice negativo (-0,7%) y en Italia no pasa de un muy modesto 0,3%.

La semana pasada también Eurostat confirmaba otra mala noticia para los socios europeos. El Producto Interior Bruto (PIB) de la eurozona solo creció un 0,2% en el segundo trimestre del año, una décima menos que en el primero. Y eso sin contar aún el previsible impacto negativo del recrudecimiento de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, las dos primeras potencias económicas del mundo, que acusaría de manera negativa la UE por ser una de las principales regiones exportadoras.

La recesión alemana, más cerca

De hecho, la locomotora alemana bordea ya la temida recesión tras caer su actividad un 0,1% entre abril y junio. Este mismo lunes el Bundesbank, el banco central germano, abundaba en esa posibilidad al apuntar que su PIB «podría volver a declinar ligeramente» en el tercer trimestre y señalaba como principal responsable a la caída incesante del sector industrial desde principios de año. A esa crisis en sus fábricas, claves para la actividad en la UE, «no se vislumbra aún» el final, advirtió, como tampoco observan a corto plazo una reactivación de su mercado laboral donde el empleo crece ahora «mucho más lento que en trimestres anteriores».

Es, sin duda, el negro escenario que se temía Draghi, sin olvidar que la importante ralentización del PIB ha provocado que la ocupación en la zona euro solo subiera dos décimas en julio, lo que supone el menor ritmo de creación de empleo en cuatro años mientras que en tasa interanual crece un modesto 1,1%. Por eso las principales casas de análisis del mercado empiezan a descontar ya que el BCE podría no esperar a finales de año para reducir sus tipos, puerta que abrió hace apenas un mes cuando señaló que cuanto menos se mantendrían «en los niveles actuales» hasta mediados de 2020, aunque también podrían ser «más bajos».

Cobrar más por el dinero

De momento, ese posible descenso -que podría ser todavía prematuro para su próxima reunión de política monetaria prevista para el 12 de septiembre- se refiere a lo que el supervisor europeo cobra a los bancos por sus reservas, es decir, por el capital que no mueven y por eso no genera actividad económica. Un movimiento así podría terminar provocando que las propias entidades financieras llegaran a cobrar por el dinero depositado en ellas en vez de ofrecer un rendimiento, algo que ya ha pasado en Bélgica. Esa tasa oficial podría llegar a bajar al -0,5%.

Otra de las medidas que el BCE se plantea con Draghi antes de que sea relevado por Christine Lagarde el 31 de octubre es recuperar su programa de compra de bonos y otros activos, que dio buenos resultados durante la última crisis económico-financiera e inyectó al sistema más de 2,5 billones de euros. Parte de estos estímulos sí podrían estar ya diseñados para el mes próximo e incluso llegar a aprobarse. Lo que no se espera es que varíe para entonces su objetivo de inflación anual, fijado de forma histórica en el entorno del 2%.

En julio el presidente del Banco Central dijo que el consejo de gobierno revisará «seriamente» si conviene «moverse» a otra meta en el nivel de precios de consumo, lo que en la práctica significaría abandonar su «simetría» tradicional. Esto es, desde el supervisor bancario podrían llegar a adaptarse anualmente a las circunstancias de la economía, a fin de que el objetivo de inflación fuera distinto un ejercicio u otro, superando o bajando del 2% según conviniera más.