Alaphilippe levanta un monumento en San Remo

Julian Alaphilippe celebra su triunfo en la Milán-San Remo./AFP
Julian Alaphilippe celebra su triunfo en la Milán-San Remo. / AFP

El francés, imparable esta temporada, gana con autoridad la clásica italiana, con Valverde en séptima posición

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

A Julian Alaphilippe, rostro pícaro de espadachín, le apodan 'lobo'. Le gusta el mote. Salvaje. Depredador. Cazador en cualquier situación. El verano pasado fue el mejor escalador del Tour, incluidas dos victorias de etapa. En lo que va de temporada ha ganado contra el reloj en la Vuelta a San Juan, en subida en el Tour de Colombia, sobre tierra en la Strade Bianche y al sprint en la Tirreno-Adriático. Come de todo. Hijo de un viejo director de esas orquestas que amenizaban las bodas, Alaphilippe adora tocar la batería, con manos y pies. Ritmo. Ciclista orquesta.

Así, con todo ese enorme repertorio, ha ganado la Milán-San Remo. Trató primero de hacerlo con un ataque lleno de pólvora en la ascensión al Poggio y cuando vio que Sagan, Kwiatkowski y Valverde le seguían, cambió de registró y se preparó para el sprint que le ha visto levantar los brazos en la Vía Roma por delante de Naesen y Kwiatkowski, con Valverde séptimo.

La Milán-San Remo es un enigma cada año. Siempre la misma. Nunca igual. Más plana y más larga que el resto de las grandes clásicas con 291 kilómetros, es indescifrable. En la salida hay una veintena de velocistas que se sienten ante su gran oportunidad. A su lado, otros tantos pegadores cierran los puños para saltar a la lona en busca de esta victoria, que se decide por K.O. en el asalto final. Y detrás de todos los favoritos afilan sus ruedas los que saben que nunca ganarán en San Remo, los que en cada edición se suben a una fuga condenada. Esta vez el que más aguantó de ese grupo fue el italiano Masnada. Con el pestañeo provocado por el sudor de tantas horas escapado, fotografió la Italia industrial, los arrozales del Po, el túnel del Turchino y, al fin, Liguria, la costa que serpentea hasta San Remo, la ciudad del festival de música, la meta del primer monumento ciclista del año.

Alaphilippe era el favorito. Tiene algo de Voeckler, por sus gestos, y mucho de Valverde, por su talento y polivalencia. «Corro cada día como si fuera el último», solía decir. Lobo rabioso. Y se equivocaba por demasiado impetuoso. O se caía como en el descenso hacia la playa d Copacabana en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Ese oro se le fue, como el del pasado Mundial, en Innsbruck. Unos calambres le impidieron rivalizar con Valverde, que ahora luce ese arcoíris en el maillot. Alaphilippe, niño hiperactivo al que tuvieron que sacar de la escuela, se crió al aire libre. En viajes con la caravana familiar. Espíritu indómito. Lobo. Aprendió a contenerse en el equipo ciclista del ejército francés y ahora, poco a poco, comienza a cazar con sangre fría. Selecciona las dentelladas. La Milán-San Remo no permite ni un error. Es una carrera distinta, llena de sutilezas.

Cuando el fugado Masnada se consumió en el ascenso a la Cipressa, ya en el tramo final, la clásica que abre la primavera se desbocó. Siempre lo hace. Cada equipo coloca a su líder. Los velocistas rozan la agonía para aguantar. Allí estaban Viviani, Matthews, Ewan, Gaviria... Un piloto suicida, el italiano Bonifazio, ofreció un curso de descenso entre paredes y curvas. Chispas con los codos. Perfecto. Pero ni así, sin freno, logró alcanzar la curva inicial del Poggio, la cuesta que queda antes de bajar a San Remo. El equipo Deceuninck-Quick Step tomó ese giro con Stybar, Gilbert y Bettiol. Componen la manada del lobo. Fijaron el ritmo. Sagan, pese a haber perdido cuatro kilos por una infección estomacal, les acechaba. Como el impasible Kwiatkowski y también Valverde.

El Poggio reclama valientes. Lo fue Clarke. Y a por él salió Alaphilippe. Era un buen momento. Calculó. De pie, aporreó la batería. A todo volumen. A esa escala no llegó ninguno de los velocistas, ahogados. Arriba, justo en la bisagra que abre el descenso del Poggio, resiste como una reliquia una vieja cabina telefónica. Alaphilippe descolgó allí la llamada. Pasó revista y vio que le aguantaban sólo un puñado, Sagan, Valverde, Trentin, Kwiatkowski, Van Aert, Naesen y Nibali. Quedaban 3 kilómetros de vértigo, táctica y velocidad. Trentin, campeón de Europa, apostó por la sorpresa. No era esa la llave.

Sagan, siempre referencia en esta carrera pese a que no logra dominarla, quiso dirigir el sprint. Valverde seguía allí, pero sin reprís. Y fue uno que vino por detrás, Mohoric, el que descorchó la recta final. Sagan, ahí se vio, no tenía respuesta. Alaphilippe, sí. En un santiamén cogió el rebufo y, en el punto exacto, a 200 metros inició el salto que le dio el triunfo. Lobo. Directo a la yugular para rotular su nombre en la historia de esta apasionante clásica tan difícil de resolver.