Pasión por el dibujo

Pepita Pardell contempla una película de animación en un ordenador./E.C
Pepita Pardell contempla una película de animación en un ordenador. / E.C

Pepita Pardell fue la primera mujer que trabajó en filmes animados en España y en la primera película del género en color de Europa, en 1945

BEGOÑA RODRÍGUEZ

Cuentan quienes la han entrevistado, que a Pepita Pardell le brillan los ojos cuando narra cómo observaba, apenas con cinco años, las ilustraciones de los cuentos y se preguntaba por qué no se movían. Soñaba con verlas en movimiento algún día. Se las imaginaba levantándose del mismo papel y cobrando vida. «La misma que vibra en su voz», revela la fotógrafa Gela Bravo, y la misma que recuerda sus primeros dibujos en los recortes del talonario de billetes que le pedía cada día al revisor del tranvía, para dibujarlos y deslizar después sus dedos rápido, simulando así la secuencia de movimiento de aquellos primeros personajes inventados.

Pepita dibujaba desde pequeña. Cada día. Apenas tenía 16 años cuando entró en el maravilloso mundo de los dibujos animados. A partir de ahí, dedicaría esta barcelonesa nacida en el barrio de Gràcia en 1928 toda su vida.

Los ojos de Pepita se vuelven a llenar de energía y de vida cuando habla de sus acetatos, de su plumín, de la «llama»... «Se le nota que ha disfrutado mucho haciendo todos los trabajos relacionados con la animación» dice Jordi Riela. Colorista, fondista , dibujante, intercaladora, animadora... A Pepita le gustaba todo y hacía de todo. De los acetatos aún recuerda cuando en los primeros tiempos usaban unas radiografías que lavaban una y otra vez por la escasez de materias primas que sufrían.

No sabe muy bien de dónde le vino la vocación. «Quizá la heredé de mi padre», rememora en una entrevista. Él y el abuelo eran forjadores. Este último, Josep Pardell Mateu, había trabajado con Gaudí en la Casa Vicens, de la calle de Les Carolines, de la que desafortunadamente se destruyó gran parte del jardín, y en la torre de Bellesguard. Todavía quedan lugares en Barcelona donde hay forja que trabajó su abuelo. A ella le gusta recorrerlos con sus sobrinos, porque nunca se casó ni tuvo hijos.

No le faltaron los estímulos artísticos en la familia. «A los 14 años, le dije a mi madre que no me pusiera una tienda, que quería dibujar. No quería ser dependienta. Mi padre, a quien también le encantaba dibujar y no era machista, me dejó estudiar en la Llotja. Fíjese si era avanzado, que siempre decía que no entendía por qué los niños no podían llevar como primer apellido el de la madre, cuando son ellas las que lo sufren todo, y ellos se lo pasan bomba», contaba a Carmen Escales.

Sin embargo, tuvo que enfrentarse al ambiente machista en su trabajo. «Sí, lamentablemente la sociedad era así, pero yo no me dejaba llevar por ello. No me callaba lo que sentía que tenía que decir». Y de hecho abandonó algún trabajo por decisión propia. «Tampoco me gustaba mucho hacer los dibujos de la colección de Azucena (publicación juvenil femenina editada por Toray). En la Llotja había aprendido a pintar al fresco y al óleo, y era lo que de verdad me gustaba, pero lo que me daba el pan era lo otro, que firmaba con el seudónimo de Maite, que era el nombre de una prima. Con el mío firmaba lo que me gustaba».

Mirada introspectiva

De todos modos, y aunque no le quedara mucho tiempo, (se pasaba más de ocho horas dibujando en casa y hasta los 65 años hizo anuncios), cuando salía al campo, o a la montaña, dibujaba todo lo que veía y le apetecía. «Me he sentido siempre muy libre, aunque necesitaba el dinero, claro, yo pasé la guerra y más de un día me había despertado a mitad de la noche del hambre que tenía. Por eso aprendí a ahorrar y a aprovecharlo todo. Deshacía trajes de mi padre que ya no llevaba y con la tela me cosía vestidos. Yo me hacía los patrones».

Cartel de 'Garbancito de la Mancha'
Cartel de 'Garbancito de la Mancha'

En los años 70 creó –junto a Julio Taltavull– ‘La Doncella Guerrera’, un cortometraje basado en un romance medieval con cierto trasfondo feminista para el que se inspiró en los frescos del ábside de S. Climent de Taüll (conservados en el MNAC) y en los grabados de Francisco de Goya). En realidad, Pardell ha trabajado en el cine, la televisión y la publicidad, su medio favorito porque se trabaja con ideas muy rápidas, muy cortas: «Tenías que expresar un concepto en 15 o 20 segundos. Además, he trabajado mucho más en publicidad que en cine».

De dibujar fotograma a fotograma, con pincel, pluma, o finos palillos mojados en tinta, la producción de dibujos animados ha pasado a hacerse íntegramente por ordenador. Como cabía esperar, a ella no le gusta demasiado: «No me entusiasma porque me gusta lo clásico del dibujo animado hecho a mano. Es lo que me encandiló cuando vi Blancanieves». Y eso fue lo que le hizo darse cuenta de que la animación era lo suyo. Apenas había visto dibujos animados antes. Y poco después de haber asistido a la proyección de la película de Disney, tuve la oportunidad de entrar a trabajar en Balet i Blay, productora en la que colaboró en los dibujos de ‘Garbancito de la Mancha’ (Arturo Moreno, 1945), el primer largometraje de dibujos animados en España y la primera película de dibujos en color de Europa.

Si tuviera que elegir un personaje de los reelaborados digitalmente, escogería a Mowgli de ‘El libro de la Selva’, por lo bien logrado que está el movimiento; y también la versión moderna de la Abeja Maya, aunque prefiera la antigua, aunque no puede dejar de valorar positivamente el color, el movimiento y los fondos, que considera bien logrados.

Poseedora de una mirada introspectiva intensa, como la describe Riela, en su memoria guarda recuerdos de todo lo que ha tenido que batallar, en un mundo hecho a la medida de los hombres, para poder salvaguardar sus opiniones y su independencia profesional. ‘La Pepita’ es una mujer que proviene de un sustrato social popular. Su pensamiento sensible y lleno de sentido común lo utiliza para retratar perfectamente la miseria, la cursilería, las tonterías y las incongruencias del mundo franquista que le tocó sufrir.

Pepita Pardell ha traspasado su saber a varias generaciones de animadores. Dos nombres fundamentales en la historia de la animación catalana la consideran su maestra. Ángel García (1923), el dibujante de El Prat de Llobregat, es uno de ellos. Con el director del largometraje de animación ‘Peraustrinia 2004’ (1990) se conocieron en Balet i Blay. Con Jordi Amorós (1945), conocido con el mundo del cómic como Ya, y director de ‘Despertaferro’ (1990), coincidió en el estudio de Buch. Ambos realizadores han alabado en público su maestría en el arte de la animación.

Pepita tiene ahora 91 años, descansa y recibe a amigos y periodistas. Aunque las fuerzas ya no le permiten dibujar, todavía tiene mucho que contar.