Así fue su concierto en Bilbao

Raphael, érase una vez en… Miribilla

Raphael ofició teatral y mefistofélico./CARLOS Gª AZPIAZU
Raphael ofició teatral y mefistofélico. / CARLOS Gª AZPIAZU

Vestido de negro igual que hace 50 años, escoltado por la sinfónica de Logroño y a veces cruzado por ritmos electrónicos, el egotista, fáustico y romántico Raphael convenció a las casi 4000 almas que congregó el sábado en el Bilbao Arena

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Se frisaron los 4.000 espectadores anoche en el Bilbao Arena de Miribilla para presenciar la gira 'Resinphónico' del inigualable e inimitable Miguel Rafael Martos Sánchez (Linares, Jaén, 75 años, 58 años de profesional). La mayoría de las entradas que se vendieron costaban entre 56 y 62 euros. En el exterior hacía fresco, 18 grados centígrados, pero en el interior estábamos a 24 º y Raphael los subió hasta los 25º mientras fuera bajaban hasta los 17º.

Ante unas pantallas de fondo con visuales discretas pero efectivas, arriesgadas y verosímiles cuando retransmitían en vivo (el linarense retratado de cerca con varias cámaras, la pantalla cuadriculada como en la última de Tarantino 'Érase una vez en… Hollywood', etc.), Raphael, enfocado por dos cañones de luz y escoltado por la sinfónica de Logroño (donde actuó la víspera, el viernes), en 140 minutos de macroespectáculo cantó 31 canciones (contando el cacho a capela de 'A mi manera' a modo de adiós y sin incluir la intro instrumental orquestal), 31 títulos, la mayoría arrebatados, de los que 12 obtuvieron los coros del gentío milenario de manera espontánea, o sea sin que se lo pidiera nadie.

El sabatino fue un concierto de lo mejor del año, el 445 de lo que vamos de 2019. Y no, no elegimos siempre a Raphael para el top anual. De hecho, no lo hicimos en 2017 en el Euskalduna, aunque sí en 2016 en el Kursaal donostiarra con la gira 'Sinphónico', que repitió numerosos esquemas con esta requetegira bautizada 'Resinphónico' por un Raphael fáustico que se transformaba teatral cual Al Pacino, o como un hombre lobo ante el espejo, un artista total que la liaba parda y luego nos miraba con cara seráfica y expresión plácida de no haber roto nunca un plato mientras recibía los largos aplausos de su creciente legión de fans, porque conocerle (en vivo) es amarle (para siempre y desear repetir en sus conciertos, con sinfónica o con piano, da igual).

El linarense contento, cosechando ovaciones tras arrebatos inimitables
El linarense contento, cosechando ovaciones tras arrebatos inimitables / CARLOS Gª AZPIAZU

Eso que no empezó bien la velada, con 'Infinitos bailes' y la orquesta empastada muy por debajo de la voz y la presencia de Raphael, una acústica nefasta en el pabellón que provocaba rebotes de la percusión y unas visuales mecánicas y tristonas que ni los soviéticos, oigan. Sin embargo, todo se arregló a la segunda cantada por el linarense y a partir de entonces todo se oiría muy bien incluso desde las gradas laterales. La primera mitad del show sabatino fue sencillamente genial. De lo mejor del año. Afrancesado, dramático y mefistofélico, rebrotó Raphael en 'Igual (Loco por cantar)' (con la letra hablando de él, para no variar), 'Inmensidad' se recreció con sinfónica peliculera de superproducción actual, sorprendió con pasaje electrónico y trascendió porque llevaba al oyente más allá, 'No vuelvas' fue superior y la sinfónica evocó a John Williams, 'Digan lo que digan' la cantó en el centro de la escena, de negro como un yeyé de hace 50 años, cual Johnny Hallyday hispano y con los ritmos electrónicos metiendo más caña que los Crystal Fighters en San Mamés con motivo de la MTV, en 'Los hombres lloran también' alcanzó una larga apoteosis con las pantalla filmándole con la profundidad de Polanski, 'Ahora' fue egotista y desmesurada, 'Provocación' fue como Pimpinela pero a una sola voz, la también superior 'La noche' se rasgó melodramática cual híbrido del payaso Charlie Rivel y del chansonnier Charles Aznavour, se atrevió a cantar a dúo con Gardel el 'Volver' que emitía una vieja radio, y Raphael fue Fausto otra vez en 'Yo sigo siendo aquel'.

Se llega a acabar en ese momento el megaconcierto, tras la canción 13, y ya sería de lo mejor del año. Azpiazu, que nunca había visto al mito, se puso en lo peor: «Cuando muera este, ¿quién le va a suceder?». ¡Nadie! Y Fran, que debutaba ante el de Linares viéndole desde la privilegiada fila 5, wasapeó: «Menudo artista. Estoy acojonado. Tiene al público entregado». Pues bueno, la segunda mitad fue de no creerlo. Durante ella todo creció sin que pasara nada especial, sin razón acústica, por ejemplo. Tampoco medró la inspiración ni la entrega de la figura de la noche, pero quizá las canciones fueran mejores. Aguanten las respiración: 'Estuve enamorado' fue sinfónica y electrónica y Raphael cantó bajo haces de luces amarillas, y, aún no nos creemos lo que vimos y oímos, la machista y petulante 'A que no te vas' («a que sigues aguantando aquí a mi lado / lo que tengas que aguantar») fue electrónica y tan honda como nunca jamás igualarán entre otros Fangoria (también fans suyos), con el ídolo sonriendo despectivo en tamaño gigante en la pantalla, cantando hasta vocalizar igual que el 'Ne me quitte pas' de Jacques Brel, poniendo erecto el dedo índice. Buf… Encima, de seguido. jugó a Jeckyll y Hyde en 'Sí pero no' («dime que me quieres por piedad»), y brutal y colosal volvió a reincidir en sus pecados en la justificación del adulterio 'Por una tontería', otra pieza vocativa, como Pimpinela pero a una voz.

Una de las ocasiones en que la sinfónica saludó en pie.
Una de las ocasiones en que la sinfónica saludó en pie. / CARLOS Gª AZPIAZU

Y hasta el final siguió el certero fuego graneado sobre las emociones: 'Adoro' fue una balada aparatosa de los tiempos del rock and roll en la escuela de Adamo o el Dúo Dinámico, 'Desde aquel día' y 'Cuando tú no estás' subieron las fiebres románticas antes de la celebración de 'Estar enamorado' en plan vals de Vivaldi (estábamos a 2 grados, en la canción 21ª y brotó el cuarto coro, que a partir de aquí se irían sumando a la celebración de manera menos esporádica), con la guitarra acústica a dúo se lució con la folklórica 'Gracias a la vida' y en la manierista hasta el engolamiento 'Que nadie sepa mi sufrir' (y, vaya, no le quedó tan bien como imaginamos 'La quiero a morir', ésta con guitarra eléctrica), 'En carne viva' resultó de las predilectas gracias a la labor de la orquesta y él se subió a la tarima del director, 'Ámame' fue afrancesada y trágica, 'Qué sabe nadie' emergió idiosincrásica aunque no necesitó de los adornos sintéticos (y la gente aplaudió cuando cantó el verso: «demás, qué le importa a nadie»), 'Yo soy aquel' sonó tan solemne y moderno como la película 'Interstellar', 'Escándalo' fue la esencia de la fiesta' con él bailando autocaricaturesco, otra fiesta volcánica fue 'Como yo te amo', y a modo de coda y regresando a la escena debido a la petición de bis nos regaló un cachito del 'My way / A mi manera' sinatriano y a capella que fue la duodécima ocasión que le acompañó el respetable a los coros bien armonizados.

Triunfo total y merecido de Raphael en sábado en Miribilla. Pregunten a cualquiera que acudió. Al acabar, oímos a cuadrillas de damas que salían cantando 'Mi gran noche' por su cuenta. Hum… a fin de mes Raphael dará dos conciertos más en el Kursaal donostiarra. ¿Quedarán entradas?