El infierno rojinegro de The Telescopes

El melenudo cuarteto ruidista inglés montó un tiberio articulado en el Muelle ante un público conectado a su noise

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Un público muy masculino se congregó el martes en el Muelle, el pub de Ripa, para sumergirse en la catarsis ultrasónica y ruidista de The Telescopes, proyecto emergido en Burton upon Trent, Staffordshire, Inglaterra, en 1987, y siempre liderado por su vocalista y guitarrista Stephen Lawrie, de 50 años, el mayor de los cuatro sujetos que subieron al escenario infernal, oscuro y rojinegro, a veces emblanquecido por luces de flashes de los fotógrafos. En octubre de 2017, Stephen se presentó en el Kafe Antzokia con otra formación (un quinteto con una chica), el mismo talante horrísono y un cabreo monumental, pues no quería dormir con el resto de sus músicos. Por eso hizo mutis repentinamente al de 40 minutos, dejando a sus escuderos colgados de la brocha, aunque muchos pensamos que era parte del espectáculo.

El martes en el Muelle, 51 minutos duró el bolo de cinco o seis temas sin solución de continuidad, a los que habría que añadir cuatro minutos de acople final sin nadie en escena. El bolo del Antxiki, gratis gracias al patrocinio de una marca cervecera, estuvo bien, pero el del Muelle, de pago, estuvo mejor. La banda, cuatro melenudos que semejaban militantes del sludge metal, ofició más articulada, más musical desde el prólogo efectista y ruidista protagonizado por el bajista rasgando su instrumento con un arco y el guitarrista frotando las cuerdas con el filo de un platillo de la batería. ¡Y la cosa sonaba bien! ¡Los tipos controlaban el estrépito!

Y ya con los cuatro miembros en acción el aquelarre absorbió a la concurrencia atenta hasta integrarse en el rock ruidoso pero no insano, no nocivo debido al volumen excesivo del que abusan unos Swans a los que The Telescopes remitieron en ciertos pasajes de una intervención que también transitó por las palpitaciones velvetianas, el pop abrasivo de The Jesus & Mary Chain, los alaridos hardcore, el rock peligroso australiano y el industrialismo orgánico, además de por oscilaciones entre el groove físico y contagioso y el ambientalismo necesario para reposar las emociones, un ambientalismo a su vez oscilante entre la lisergia y la vanguardia.

Y así todo, en plan bola reverberante en el cerebro de cada humano presente, hasta llegar al abrazo afterpunk del epílogo con la única palabra que colegimos, everything (todo), quizá perteneciente a su tema 'Everything turns into you', el último del lote, que fue cuando el guitarrista dejó un platillo con su soporte entre el público (en otro tema previo el mismo elemento ya había cedido una guitarra a un espectador de primera fila) y Los Telecopes prolongaron la atmósfera estruendosa mientras un melómano ilustre, Fernando Gómez, director del festival Bilboloop, sin fallar ni un golpe con la baqueta a pesar del difícil tempo mantuvo el chasquido hasta el final definitivo de una gozosa sesión noise, de una barahúnda con sentido, de un tiberio bien articulado, ya se ha dicho.

Entre el público, Fernando Bilboloop, el de la camiseta cazafantasmas, le pega al platillo.
Entre el público, Fernando Bilboloop, el de la camiseta cazafantasmas, le pega al platillo. / Carlos Gª Azpiazu