«Las guindillas pican cuando se estresan»

La colombiana Elisabeth Muñoz huele las guindillas que acaba de recoger. En su país no se estilan, «allí comemos ají», dice./Luis Ángel Gómez
La colombiana Elisabeth Muñoz huele las guindillas que acaba de recoger. En su país no se estilan, «allí comemos ají», dice. / Luis Ángel Gómez

La campaña de baserris abiertos descubre la labor de un empresario que cultiva sus propias piparras para las gildas que vende preparadas

IZASKUN ERRAZTI

Javier Gutiérrez tuvo un día una brillante idea. Metido como estaba en el negocio de distribución para hostelería, pensó en el trabajo que puede suponer algo tan simple como hacer un gilda. Y se dijo: 'Vamos a venderla preparada'. Dicho y hecho. Con la ayuda de su hija Patricia y no pocas ganas se puso manos a la obra hace ya tres años y no tardó en patentar una marca: La Gilda del Norte. Al principio trabajaba con guindillas que compraba en la zona de Urnieta, luego con las propias, que cultiva a gran escala y encurte en Lezama. Ayer, una treintena de personas, participantes en el programa 'Ongi etorri baserrira!' (¡Bienvenidos al caserío!), pudieron conocer los secretos de una actividad que reivindica su espacio en Bizkaia. «La piparra es muy típica de Gipuzkoa, pero aquí no había nada», explica el empresario. Ahora, la batalla está servida: 'la angula de Lezama' contra 'el langostino de Ibarra'.

Luis Ángel Gómez

«Somos una explotación joven, pero parece que llevamos en esto toda la vida. Ha sido muy explosivo», explicaba Gutiérrez a sus invitados mientras apretaba el botón que abría las puertas de su particular paraíso: un enorme invernadero en el que 11.000 plantas reciben, salvando las distancias, los cuidados «de un hijo». Porque cultivar guindillas tiene su aquel. De entrada, no vale cualquier agua. La del grifo, ni soñar. La mejor, la de lluvia; y si no llueve, la del pozo donde el empresario tiene almacenados 150.000 litros. La luz también es importante. «Cuando alcanza los 800 watios, el invernadero se cubre para protegerlas». Y si hace calor, se abren ventanas. Todo para que las plantas «estén a gusto».

El cultivo, que empieza en Semana Santa y se prolonga hasta noviembre, es importante. Si se hace bien, la guindilla «no se curvará» ni se ahuecará y no picará. Pero si no es así, comerlas será cosa de valientes, porque «la piparra pica cuando se estresa». advertía el agricultor, que ya piensa en aumentar su producción de 30 toneladas al año con otras 5.000 matas más.

En su contexto

60 toneladas de guindillas.
Es la cantidad que mueve anualmente la empresa de Javier Gutiérrez para atender a su clientela. La mitad las recoge de su plantación.
11.000 plantas
En su invernadero de Lezama, el empresario vizcaíno cultiva en la actualidad 11.000 plantas. El próximo año ampliará su producción con el cultivo de otras 5.000.

«Nunca las he probado»

Ajenos a las explicaciones, una decena de operarios, cubiertos con sombreros de paja para protegerse del sol, se afanaban en la recogida de los frutos. Como Elisabeth Muñoz, una colombiana que «nunca» ha probado las guindillas. «En mi país se come el ají», señalaba. La jornada es larga, de ocho de la mañana a cinco de la tarde, y la espalda «se acaba cargando». Pero a ella, le gusta «el campo». También a su compatriota Álex Carvajal, que trata las plantas «con mimo, porque son frágiles». En un día bueno, cada uno de ellos retirará medio centenar de kilos.

Mientras Javier atendía al grupo, su hija, de 23 años y estudiante de Educación Infantil, se ocupaba de los 'peques' que acudieron con sus padres a Lezama. «¿Que si se puede vivir de esto? Sí, y muy bien», aseguraba Patricia, que planea construir «un baserri» junto al invernadero, «que integre nuestras tradiciones con la modernidad». «Ahora las gildas las hacemos en Basauri y queremos tener todo aquí».

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