El hombre que soñó con ser 007

Ian Fleming. /
Ian Fleming.

Ian Fleming, padre del espía más famoso de la historia del cine y la literatura, inoculó a la criatura que le deparó fama mundial muchos de los venenos de los que se alimentó su personalidad

ÓSCAR BELLOTMadrid

Soñador, aventurero, amante de la buena vida, devoto del alcohol y las mujeres, arriesgado y corajudo. Ian Fleming inoculó a la criatura que le deparó fama mundial muchos de los venenos de los que se alimentó su personalidad. Se mimetizó con su personaje hasta tal punto que los estudiosos llevan años debatiendo sobre las similitudes y diferencias entre realidad y ficción en el caso de este escritor, de cuya muerte se cumplen ahora 50 años mientras su retoño, hace tiempo ya crecido, continúa anotándose muescas de villanos a la par que seduce féminas con el rostro cinematográfico de Daniel Craig.

Nada de ello puede entenderse sin la confluencia de factores que desembocaron en la fabulosa peripecia vital de quien acabaría convirtiéndose en el padre del espía por el que habrían de medirse cuantos de su calaña habitarían el panorama literario y cinematográfico en los tiempos que estarían por venir: Bond, James Bond.

Hijo de un militar y político conservador, su madre soñó para él un futuro como diplomático. Mas las gélidas salas de las cancillerías se le antojaban demasiado anodinas a un corazón que únicamente palpitaba cuando se encontraba al borde del abismo. Y si no era él quien había de salvar al mundo 'in extremis' una y otra vez, lo haría alguien a quien dotaría de todos los rasgos que anheló poseer.

Al servicio de su Majestad

Renegar de los deseos maternos y ponerse al servicio de su Majestad era la única salida, sobre todo cuando la patria sufría el embate de su enemigo más temible, la Alemania nazi. Producto de Eton y la academia militar de Sandhurst, trabajó para la Inteligencia Naval concibiendo arriesgadas misiones como la 'operación Mincemeat', cuyo propósito era confundir al führer sobre los verdaderos objetivos del desembarco aliado, y otra destinada a hacerse con el control de 'Enigma', la máquina codificadora de mensajes que traía de cabeza a los adversarios del Eje y cuyos misterios acabaría desentrañando el matemático Alan Turing. Agentes dobles, asesinatos y traiciones conformaban un escenario que satisfacía todas sus ambiciones y que acabarían armando su corpus literario una vez que el planeta se entregase a las redes del espionaje que determinarían el rumbo de la Guerra Fría.

Aunque para ese entonces, Fleming se había apartado de los principales teatros de operaciones. En la paradisíaca Jamaica halló el refugio que precisaba su talento para amamantar la más sensacional saga de espionaje que se recuerda y convertirse en el maestro de escritores como John Le Carré. 'Goldeneye', la casa que había adquirido con el dinero obtenido escribiendo novelas infantiles como 'Chitty Chitty Bang Bang' -llevada al cine por Ken Hughes en 1968 en una inolvidable adaptación protagonizada por Dick Van Dyke- se convertiría en la sala de maternidad en la que vendría al mundo el Agente 007. Para parirle se basaría en hombres con quienes había compartido espacio en sus tiempos de la Inteligencia Naval, aunque para bautizarle recurriría a un sujeto que poco tenía en común con el arrojado espíritu que demostraría la criatura. De un ornitólogo al que estaba leyendo mientras gestaba a su bebé extrajo Fleming el nombre que a partir de entonces sembraría el terror entre cuantos villanos osarían salir a su paso.

Corría 1953 cuando se publicaba 'Casino Royale', la primera de las catorce novelas que desde entonces entregaría protagonizadas por ese agente con licencia para matar que tiene en el Martini su bebida predilecta y en M a la única figura a que rinde cierta obediencia. Andando los años, Hollywood alumbraría una versión paródica de dicha historia comandada por Peter Sellers y, décadas después, Martin Campbell retomaría el lado más serio de la misma para presentar a un nuevo 007, Daniel Craig. Pero sería otro de los relatos de Fleming, 'El Agente 007 contra el Dr. No', el que inauguraría la saga más rentable y longeva de la historia del cine. Sean Connery le aportaba al espía su primer rostro en la gran pantalla. Y, medio siglo después, para muchos sigue siendo el paradigma por el que deben medirse a todos los Bond que han llegado después.

El fugaz George Lazenby, que se metió en la piel de 007 en una única ocasión; el longevo Roger Moore, que lo hizo en siete; el circunspecto Timothy Dalton, que se conformó con un doblete; el seductor Pierce Brosnan, que sumó cuatro; y el duro Daniel Craig, que acumula tres y no parece dispuesto a bajarse del tren, son los otros actores que han dado vida a Bond en sus más de cincuenta años de periplo cinematográfico.

Y aunque la vida de su creador expiró el 12 de agosto de 1964, el pulso de 007 sigue latiendo con firmeza, si bien desde entonces sus hilos los han movido otros autores como Kingsley Amis, John Gardner, Sebastian Faulks, Jeffery Deaver o William Boyd, el último al que, por ahora, los poseedores de los derechos de la franquicia han invitado a internarse en los procesos mentales que rigen el proceder de Bond. Una figura capaz de atrapar tanto la atención del hombre de la calle como la de cultos estadistas como John F. Kennedy -el primer presidente católico de Estados Unidos siempre confesó su adicción a las novelas de 007- con la misma facilidad con que seduce a mujeres de curvas imposibles y oscuras intenciones. Fleming era mortal, pero su retoño siempre estará ahí para salvaguardar el destino del planeta.