Amor, traición y perlas en el paraíso tahitiano

Eva García Sáez, en la presentación de 'Pasaje a Tahití' en Manacor./
Eva García Sáez, en la presentación de 'Pasaje a Tahití' en Manacor.

Eva García Sáez sorprende con su segunda novela, 'Pasaje a Tahití', donde narra el apasionante viaje de dos hermanos de Manacor que embarcan rumbo al exótico Tahití con el telón de fondo del fascinante origen de las perlas cultivadas. "Es como el españoles por el mundo del siglo XIX", describe la autora

ROSARIO GONZÁLEZMadrid

Dicen que la segunda novela es la más temida por la dificultad que entraña superar las enormes espectativas creadas en el bautizo literario. Sin embargo, en el caso de Eva García Sáenz (Vitoria, 1972), la resolución del reto se ha traducido en una sorprendente segunda novela: 'Pasaje a Tahití' (Espasa), donde la autora narra el apasionante viaje de dos hermanos de Manacor que, en 1890, embarcan rumbo al exótico Tahití y protagonizan una historia épica de amor en el paraíso con el telón de fondo del fascinante origen de las perlas cultivadas. Una gran apuesta para esta autora que debutó en el año 2012 con 'La saga de los longevos', un fenómeno editorial tanto dentro como fuera de España y que hace un mes se publicó también en Estados Unidos.

A lo largo de 480 páginas enlazadas con tino, la autora lleva de la mano al lector desde el París de la Exposición Universal de 1889 a la Polinesia que retratara al pintor Paul Gauguin en su etapa tahitiana, pasando por el Japón de Kokichi Mikimoto, artífice de la industria de las perlas cultivadas, todo ello enlazado en el tiempo con el Mallorca de entreguerras. "Es como el 'Españoles por el mundo" del siglo XIX", resumió la autora durante la presentación de la novela, que eligió para la ocasión la fábrica perlera de Majórica, en la localidad mallorquina de Manacor.

El germen de la novela se remonta al ya histórico discurso que Steve Jobs pronunció en la universidad de Stanford, donde afirmaba que las grandes ideas llegan cuando miras al pasado y conectas los puntos. Eso es precisamente lo que le ocurrió a la autora cuando logró unir los ángulos de su triángulo particular, conectando su pasión por el pintor Paul Gauguin -en especial su etapa tahitiana-, su interés por la historia de las perlas cultivadas y su fascinación por las fábricas antiguas de vidrios. "Gauguin tenía esas coordenadas espacio-temporales de la cultura francesa y las últimas colonias en 1890; después tenía la historia de las perlas cultivadas y, por último, a las perleras malloquinas que en 1890 bufaban las esferitas de vidrio y las cubrían de Esencia de Oriente para lograr las perlas. Tenía los tres vértices del triángulo y sólo restaba empezar a ficcionar".

De ese alumbramiento nacieron dos hermanos de Manacor, Hugo y Bastián Fortuny, que en 1890 se quedan sin trabajo en una de las crisis eternas de la isla en la fábrica de vidrerías de Golbiola y, gracias a su ascendencia francesa, viajan a Tahití, una de las últimas colonias de la Polinesia francesa. Allí, uno de ellos comenzará la industria de las perlas cultivadas de Tahití, las perlas negras, mientras otro regresará a Manacor a devolver a su tierra algo de su riqueza, comenzando la historia -ficcionada- de las perlas de imitación de lujo de la isla. El tercer personaje de esta historia narrada a tres voces es Laia Kane, hija de un cónsul inglés corrupto en Mahón al que la Reina Victoria castiga con una misión menor en Papeete, la capital de Tahití. Sus caminos se cruzan en la travesía al paraíso, en un encuentro que marcará sus vidas para siempre.

Un iPad como ventana al mundo

El grueso de la novela transcurre en la paradisiaca Tahití, llevando al lector de la mano por los colores, la frondosidad y la vida en este oasis colonial. Un ejercicio para cuya documentación la autora hubo de servirse de las nuevas tecnologías. Para ir a Papeete -capital de Tahití- son 23 horas de vuelo pasando por Madrid, París, Los Angeles y finalmente Tapeete, una travesía complicada para esta autora madre de dos hijos pequeños, que resolvió el entuerto planteándose la documentación a distancia. "Al principio contacté con granjas de perlas que llevan los propios maorís y el problema fue su carácter. Son muy tranquilos, muy abiertos y muy amables, pero cuando mandabas dos preguntas no volvías a saber de ellos, llevan otro ritmo de trabajo". Finalmente dio con la única guía española oficial del país, Sonia Cobayi, un hallazgo fundamental para la empresa que tenía por delante. "Gracias a su iPad conectábamos con el FaceTime -un servicio de videollamadas- y le pedía por ejemplo ver las Tres Cascadas; ella iba con el iPad y me lo mostraba. Era una ventana". Gracias a este sistema, García pudo apreciar la luminosidad de la isla, poner rostro y voz a ciudadanos maorís para conocer su acento, o ver tiburones a pie de playa, los temidos puntas negras. Incluso pudo hablar con ella de primera mano sobre el negocio de perlas cultivadas, puesto que la propia guía maneja una empresa pequeña en la isla y trabaja con los maorís de las granjas perleras. "Me vino de perlas", bromeó la autora.

Otro contacto fundamental fue la Asamblea de Papeete, que le facilitó toda la documentación existente entre 1889 y 1930 como actas y manuscritos. A través de folios y folios de documentación pudo ver los datos de los 443 franceses que vivían allí, hallar la fima de Gauguin -que aparecía registrado como decorador-, así como detalles como el precio de un kilo de naranjas o el propio carácter de los que participaban en las asambleas. "Podías apreciar quién era más beligerante o la rabia que se le tenía a la colonia china, los 'colíes', una colonia muy cerrada que poseía 17 restaurantes chinos y cuyos bazares eran más baratos y eso sucedió hace 130 años y ocurrió al otro lado del mundo", describe la autora. También pudo observar los alimentos que venían a Tahití o el listado de deudas del pintor, como una lata de callos -¡callos!-, así como absenta y el láudano, el brebaje embotellado frente al que murió el artista, arruinado y solo.

Las mujeres Ama, buceadoras del Japón

Otra parte importante de la documentación correspondió a otro de los personajes reales que García Sáenz incluyó en la ficción, como Kokichi Mikimoto, un emprendedor que fundó la industria de las perlas cultivadas en Japón cuando las salvajes comenzaron a extinguirse, ya esquilmados los fondos marinos.

Allí descubrió también la tradición milenaria de las Ama, mujeres buzo capaces de aguantar la inmersión en las frías aguas del Mar de Japón, una rareza en la cultura nipona, donde hace 130 años la mujer japonesa no trabajaba y, cuando se casaba, pasaba a vivir a casa de la suegra. "Las Ama tenían una vida durísima, con varias inmersiones diarias para coger ostras y 'aguabes', orejas de mar muy valoradas en el mercado. Ganaban una fortuna -alrededor de 70.000 dólares al mes- y todos los pecadores se querían casar con ellas. Son veneradas porque el pueblo que tiene mujeres Ama es rico", relató la autora, fascinada con este gineceo de mujeres que no se jubilan jamás porque, añadió, "cuanto más viejas, mejores buzo son y mayor capacidad pulmonar tienen". Otras de las particularidades de estas mujeres buzo es su espíritu risueño, formando un grupo casi adolescente que ríe y cotillea continuamente. Una técnica de protección clave para su supervivencia porque, explican, la inmersión exige mucha concentración para poder estar pendientes de los peligros y cuidar las unas de las otras. "Abajo todo tiene que estar solucionado".