UN OSO, UN VIRUS Y UN DRON

La osa y su cría, una imagen que ha dado la vuelta al mundo. /G. E.
La osa y su cría, una imagen que ha dado la vuelta al mundo. / G. E.
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

Esto de que las imágenes o los vídeos se hacen virales, como se dice ahora, tiene su punto irónico, si atendemos al sentido etimológico del vocablo del que procede el término 'viral'. Porque un virus no es más que un organismo capaz de reproducirse en el seno de las células vivas, utilizando el metabolismo de estas en provecho propio. Así, cuando contraemos un virus, el éxito del organismo invasor trae como consecuencia el deterioro del invadido.

De ese modo, cuando oímos que un vídeo se viraliza porque lo han visto millones de personas, podríamos deducir que desarrolla igual función que el de un parásito, que hace de su éxito el fracaso de las células que le prestan abrigo. Crece el vídeo, el virus, y enferma quien lo observa, el huésped.

Podría decirse que el término 'viralizar', que a su vez se ha viralizado, incorpora el matiz parasitario de aquello que contamina lo que toca, como una infección vírica desaforada que se extendiera en un cuerpo enfermo, haciéndonos intuir una suerte de civilización que crece a la par que infecta y se propaga.

No sé a ustedes, pero a mí esto de 'hacerse viral' me da que pensar. Porque hoy este fenómeno tan en boga diferencia el éxito del fracaso, el ser del no ser. Si no eres capaz de hacer algo viral, no eres nadie y caes en la insignificancia social más absoluta.

Hace unos días pudimos ver -por millones, según nos numeran mientras miramos- el vídeo de una osa y de su osezno subiendo la empinada ladera de una montaña nevada. La osa superaba el ascenso sin dificultad, pero su cría, torpe y nerviosa, subía y volvía a subir como un 'sísifo' plantígrado, para resbalar montaña abajo, una y otra vez, a punto de despeñarse en el intento.

La osa miraba nerviosa desde la cumbre las evoluciones de la criatura, como dudando entre ayudar al pequeño o seguir su camino hacia un bosque cercano. Mientras, todos los que observábamos las imágenes suponíamos que aquella era una lección más de supervivencia que la madre prestaba a su cachorro, al que instruía en cómo superar retos que, como aquel, marcarían en su vida la distancia entre la muerte y la supervivencia.

Unos días después alguien nos sacó del embeleso, revelando groseramente que los osos no hacían otra cosa que huir despavoridos del dron que los estaba filmando, persiguiéndolos implacablemente. Un aparato que, con su extraño zumbido y su amenazadora presencia, los empujaba a correr despavoridos para ponerse a resguardo de aquel espanto desconocido e inquietante.

La madre, contra lo que creíamos inocentemente, no ensayaba ninguna lección con su osezno, sino que dudaba desesperada entre esperar a su criatura o abandonarla ante la ruidosa irrupción de aquella criatura volante que se cernía sin tregua sobre ellos como una gran mosca impertinente.

Volví a ver el vídeo tras conocer la explicación y me sentí como un mirón miserable, escudriñando tras los visillos, en un ejercicio de voyerismo insoportable. Aquel impresionante paisaje, y aquellos animales en permanente movimiento, habían cambiado el sentido desde mi primera visión, pasando de la inmensa belleza de la naturaleza del primer vistazo, a la miseria del hostigamiento.

De repente, sentí que formar parte de aquella persecución me hacía partícipe de la jauría de millones de turistas visuales. Y pasé en unos minutos de la sensación de grandeza a la de zozobra; del amor por la naturaleza, al patetismo más chafardero.

Siempre pensé que para ver un animal salvaje en libertad hay que merecerlo y, sobre todo, ganárselo. Hay que ser capaz de ascender la montaña, de esperar pacientemente el paso del animal, de guardar silencio y, tras reiterados e infructuosos intentos, obtener al fin tu íntima recompensa.

El hecho de saber que aquellas imágenes, a la par que nos acercaban a la belleza de lo salvaje, nos convertían en miserables perseguidores de la pureza me sumió en una profunda tristeza. Me sentí parte de ese tropel de mirones que ni tan siquiera aspiran a conocer, porque sólo ven, fisgan, están a la última, sin imaginar que trivializan lo infinito.

La experiencia visual de estos vídeos viralizados no permanece ni un solo segundo en el neocórtex, por la sencilla razón de que para nosotros todo ha sido gratis; inane; comida rápida servida puerta a puerta por el repartidor; miel en la boca de un asno.

Una vez revelados los misterios, perdido ya el sentido de la trascendencia, de la intimidad, del respeto a las cosas que no tienen repuesto, no nos queda sino unirnos con entusiasmo al proceso vírico, hasta acabar con el organismo que parasitamos y, con ello, ser causa de una inmolación numantina. Todo grabado y viralizado, por supuesto. Pobre osa. Y pobre osezno. Y pobres de nosotros, apenas tristes virus.