Olárizu y la litotricia

Un parapeten en la romería de Olárizu./Rafa Gutiérrez
Un parapeten en la romería de Olárizu. / Rafa Gutiérrez
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

El asunto de la Cruz de Olárizu nos trae por la calle de la amargura, porque reúne todos los requisitos para convertirse en un culebrón informativo. Ni más ni mangas. Se está poniendo sobre el tapete, de un modo irónico si no neolítico, un asunto curioso y controvertido. Se está tratando de establecer, a mi particular entender, una competición de carácter político sobre cómo y quién es más demócrata y txapeldún de la progresía sobre la corteza terrestre, bajo el manto celestial que la 'circunvuelve'.

Si presumes de progresista y laico y apóstata, parecen cavilar los 'demolicionistas', no puedes defender una cruz que elevaron en su día los meapilas del PNV. Que ya se sabe que son nacional-católicos y llevan el 'Dios y las leyes viejas' en el ADN recombinante. Además, arguyen, si tenemos en cuenta que el gobernador civil de entonces aprovechó el pedestal para colocar una plaquita en recuerdo de los sacerdotes asesinados durante la Guerra Civil, pues qué te voy a contar. Verde y con asas.

Si al menos en vez de cruz hubieran levantado un gigantesco lauburu tendría un pase la cosa y cierta defensa en clave patriótica. Pero para colmo de males, es una cruz corriente y moliente, de cemento chusco y algo de ferralla en el interior, que se va degradando a marchas forzadas con el paso del tiempo.

Parece indudable que quienes promueven la voladura pretenden segarle la hierba bajo los pies a quienes, junto al señor Alcalde, se sienten impelidos a contextualizar la existencia de este símbolo cristiano por antonomasia. Y ponen carteles explicativos, como si el hecho de que la iniciativa hubiera tenido un sesgo lúdico, patriótico y religioso en su gestación pudiera aliviar este debate tan peculiar y pintón.

A las izquierdas nacionalistas, oxímoron de libro, les vienen de perlas estos debates maniqueos donde los eslóganes sustituyen al pensamiento. Y acuden, como la trucha a la mosca, al vetusto dicho de «contra Franco vivíamos mejor». Sobre todo porque, una vez perdidas las esencias, cuando hay un enemigo totémico uno siempre se encuentra más cómodo. Que donde haya un buen fregado, quítense las reflexiones.

Por tanto, qué mejor manera de reclamarse antifranquista, izquierdista de pata negra, iconoclasta y apóstata -tres en uno- que jaleando la demolición de todo aquello que esté teñido, maculado o salpicado de la mínima reminiscencia franquista. Es la litotricia elevada a categoría de axioma político.

El caso es que a nadie se le oculta lo dados que somos a la hipérbole y la exageración, ya sea en el yantar como en el cocear. Y una vez que nos arrancamos no tenemos término medio, ni freno de mano que detenga la goitibera. Por ello, y en aras de la coherencia, hay que definir el punto de partida y el de llegada cuando tratamos de explicar una actuación que se sostenga mínimamente.

Así que, antes de sacar la dinamita del zurrón, tendríamos que ponernos de acuerdo en qué número de cruces tiramos de entre todas las que jalonan las cumbres de nuestro Territorio Histórico. Que 'haberlas hailas' a tutiplén. También tendríamos que resolver la cuestión de si se mantienen o derriban embalses y pantanos. Porque alguna excusa habrá que pergeñar para evitar iniciativas por la desecación y plataformas para la recuperación del patrimonio edificado y sumergido, conociendo como conocemos la fiebre 'inauguratoria' que aquejaba al 'patascortas'.

Más adelante, en aras de la limpieza del territorio y de la coherencia de las actuaciones, estimo que podría solicitarse la demolición de todos los monumentos inaugurados por el dictador, aunque este sea el caso de la Catedral Nueva, entre otros lugares señalados. Y así, tirando cable y más cable, nos adentramos en una espiral, o en un berenjenal, como se prefiera, de agárrate y no te menees.

Dice mi vecina que para que toda España pueda gozar de iguales prerrogativas que las de la Junta de Mendiola, podrían incinerarse los restos de Franco del Valle de los Caídos y espolvorearlos a lo largo y ancho de la piel de toro. Así todo el mundo tendría su parte infinitesimal de Caudillo para poder vivir cómodamente contra Franco y sentirse de izquierdas con sólo inhalar unas rayas de Dictador.

En resumidas cuentas, y en aras de la multiculturalidad, creo que sería más práctico y conveniente organizar un 'akelarre' en el cerro de Olárizu para exorcizar los fantasmas del Caudillo y de los sucesivos gobernadores civiles; desinfectar el perímetro con un poquito de incienso y sándalo; y convocar un botellón y una fumata de maría como fórmula de desagravio. De modo y manera que todo el mundo, tirios y troyanos, cristianos y sarracenos, pudieran sentirse cómodos en el cerro, sin dar tanto el cencerro.

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