Olárizu, la fiesta que despide el buen tiempo

Miles de personas se reúnen cada año en las campas de Olárizu con motivo de la romería./Rafa Gutiérrez
Miles de personas se reúnen cada año en las campas de Olárizu con motivo de la romería. / Rafa Gutiérrez

Miles de vitorianos cumplieron con la tradición, que les avisa de que el verano alcanza su ocaso y se avecina el equinoccio de otoño

José Ángel Martínez Viguri
JOSÉ ÁNGEL MARTÍNEZ VIGURI

«Hay una tarde en septiembre que se pasa muy alegre, con la merienda bailando en hermosa campa verde», dice sabiamente la canción la 'Romería de Olárizu', que, sin que sirva de precedente, no es de Donnay, sino de Luis Aramburu y Carlos Pérez Echevarría. Tiene mucho de almanaque la fiesta en torno a la Casa de la Dehesa y la cruz que remata el cerro. Viene a advertir a los vitorianos que el reconfortante verano se apaga y se avecina el equinoccio de otoño, con todo lo que ello implica en una ciudad green, para unos, y blanca, para otros.

Este lunes, segundo de septiembre, como marca el calendario, las campas de Olárizu congregaron a miles de vitorianos conscientes de celebrar la última chufla veraniega. Se acabó lo que se daba. El día fue de menos a más. Amaneció tristón hasta que, a eso de las dos de la tarde, el sol surgió entre las nubes y alumbró la romería en todo su esplendor. Ya lo había pronosticado 'el del tiempo', que todo lo sabe.

Para madrugón, aunque no tanto, el de los munícipes, esos 'mendigoizales' que cada año tienen por costumbre cumplir con un tramo del inmenso contorno de los mojones. Se trata de comprobar que están en su sitio y que Vitoria linda con los terrenos que no son suyos. Fueron 7,5 kilómetros y 33 hitos entre Mártioda y Foronda. El fresco animó la marcha de la autoridad y proclamó al mayor y mejor andarín de la Corporación. Al llegar a Foronda, sin meta que lo advirtiera, el peneuvista Iñaki Prusilla completó la última etapa del recorrido. Decenas y decenas de kilómetros, año a año, un pie tras otro.

1.100 raciones de alubias

Pero la fiesta, la centenaria fiesta, se gozó en Olárizu. Uno tenía que andar muy seguro de hacia dónde se encaminaba pues lo primero que escuchaba al enfilar el paseo era una jota aragonesa. La que surgía de los altavoces de un clásico, el puesto de vino dulce de Cariñena. Diez pies más adelante, ya sí, el romero contemplaba los tomatazos, el pimiento de Gernika, los ajos de los amigos de Oiaralda (Zamudio) y se sentía como en casa. Por fin, en territorio vasco. Y si encima lo siguiente era el pastel de Gastaka, los jugos gástricos ya se desbocaban.

Los mismos que empujaron a Aurelio, José Mari, Ricardo y Ángel, jubiletas, hacia el cocido que choceaba en seis hermosas cazuelas. Dieron cuenta de tres de las 1.100 raciones de la alubiada preparada por Boilur. A lo grande: 80 kilos de alubia pinta alavesa, 30 de verdura variada, 20 de panceta y otro tanto de chorizo... A fuego lento. Servido con pan, un vino y un cafetito, no quedó ni rastro. «Caldito ya tienen. Están ricas», defendía Aurelio. «Muy buenas, pero un pelín cortas de sal, a mi gusto», replicaba José Mari.

Arriba, en la cima, Luis Mari Bengoa, que no es cura pero está en todos los sermones, rezó el ángelus entre el campaneo. Tras la caminata, las autoridades recobraron fuerzas con un cátering en la Casa de la Dehesa. Y tras el almuerzo de unos y de todos, fiestón: hinchables, gargantúa, gigantes y cabezudos, gaiteros, danzas, cucaña, herri kirolak... Hasta la vuelta de la Corporación a la plaza de España. ¿Se animará algún día a recuperar los caballos entre teas?

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