Nadjedja, descanse en paz

La canción de Moustaki vino a mi memoria cuando leí la noticia de que el cuerpo momificado de una mujer, que llevaba ocho años muerta, acababa de aparecer en Zabalgana

El coche de Nadjedja, en su garaje de Zabalgana./Rafa Gutiérrez
El coche de Nadjedja, en su garaje de Zabalgana. / Rafa Gutiérrez
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

No sé si recordarán ustedes a Georges Moustaki, un cantautor francés de origen griego, que compuso una buena parte de la banda sonora de las vidas de mucha de la gente de mi generación y aledaños. Se trataba de uno de aquellos compositores que, con la guitarra a cuestas, componía canciones bellas y sutiles, capaces de destrozarle a uno el corazón. Murió el 'meteco' no hace tanto; el judío errante de patria griega.

El bardo Moustaki escribió una letra que a mí siempre me derritió por su lirismo -soy un tierno, lo reconozco- titulada 'Nadjejda'. No es una de sus canciones más conocidas, pero resulta de una ternura sublime que no puedes evitar que te envuelva. No sé si la recordarán. En caso contrario no hay más que acudir a la videoteca de YouTube para refrescar la memoria. 'Nadjejda, Nadjejda. En russe, ça veut dire espérance'. Nadjedja, en ruso, quiere decir Esperanza.

La canción vino a mi memoria súbitamente cuando leí la noticia de que el cuerpo momificado de una mujer, que llevaba ocho años muerta sobre el lecho de su dormitorio, acababa de aparecer en el barrio vitoriano de Zabalgana.

Se llamaba Esperanza -Nadjedja- y junto a ella, en su lecho, yacían los sueños arrumbados que la acompañaran desde que saliera de su tierra ucraniana. Sola de toda soledad, su cuerpo yerto aguardó estoicamente a que alguien le diese sepultura para que su espíritu, que deambulara por aquella vivienda de VPO desde su muerte, pudiese hallar por fin descanso.

Nadie la reclamó. Nadie la echó de menos. Nadie se preguntó por su desaparición repentina. Ocho años yació muerta sobre la cama de su habitación sin que nadie reparara en su ausencia.

Había nacido en Ucrania en 1953 y había dado con sus huesos en Vitoria allá por finales del siglo XX, en 1996 cuando contaba cuarenta y tres primaveras. Catorce años estuvo domiciliada en Vitoria comprando el pan diariamente; yendo al súper cada sábado por la mañana; trabajando las horas que le exigieran sin quejarse una sola vez cuando le salía una labor; tomando café en el bar de abajo; echando la primitiva cada jueves soñando con la fortuna.

Nadjedja pagaba los recibos de luz y agua con regularidad. Le gustaba el café con leche y el pan con semillas. Y echaba de menos su país, los olores de las especias en la cocina de su madre cuando niña, los paisajes sobrecogedores, los inviernos largos en torno a la chimenea junto a su familia, los ecos de una patria que ya por entonces caminaba hacia el enfrentamiento y la guerra con Rusia.

Su insistencia y su tenacidad le fueron granjeando unos ingresos periódicos y, con ellos, unos ahorros en su cartilla. Cuando pudo sentirse segura, se apuntó a las listas de Etxebide y le tocó una vivienda de VPO en el barrio de Zabalgana. Desde entonces, se defendía con la hipoteca y cumplía rigurosamente con los pagos, como la mujer seria y cumplidora que era. No en vano había recibido una educación espartana en la madre madrastra que fue aquella Unión Soviética de su infancia.

Catorce años después de su llegada a Vitoria, en el año de nuestro señor de 2010, un día cualquiera, su Peugeot 205 comenzó a acumular polvo en el garaje de los sótanos de la vivienda. Nadie dio importancia al hecho de que aquel coche fuera cubriendo sus cristales con la pátina del tiempo. O tal vez quien lo hizo no se preguntó el porqué, achacándolo a la dejadez de la propietaria o a una avería de reparación inasumible económicamente.

Las compañías del agua y la electricidad cortaron el suministro, tras montañas de notificaciones y apremios. Y el banco inundó de cartas su buzón. No eran cartas de amor, no, ni escritos de su lejana familia, sino requerimientos de urgencia del abono de las mensualidades impagadas de su hipoteca los que atestaron el buzón de Nadjedja durante más de ocho años.

Nadie abonó la esquela tras su muerte ni la envió para su publicación en la sección de necrológicas de EL CORREO. Por eso, y tras el anuncio del descubrimiento de su cuerpo yaciente, quise brindarle estas palabras de despedida a aquella mujer que murió un buen día sobre su cama, y permaneció durante ocho años entre el olvido de sus vecinos y la indiferencia de la ciudad.

Su nombre trajo a mi memoria los versos de aquella canción que Georges Moustaki le dedicara a Nadjedja. Esta semana leí en un tuit de una amiga que los monstruos de debajo de la cama nunca desaparecen. Sólo cambian de forma y sitio. Para ahuyentar los míos, me puse a escribir estas líneas a modo de despedida a quien permaneció paciente durante ocho años esperándolas. Descanse en paz.

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