La ira de Dios y el 'comando rotaflex'

Los daños causados en la cruz./
Los daños causados en la cruz.
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

Dios escribe con renglones torcidos es algo de lo que, si creyera en Dios, acabaría convencido a tenor de los sospechosos acontecimientos que se han sucedido en las postrimerías del año que acabamos de dejar atrás.

Hace apenas unas semanas el volcán siciliano Etna entraba en erección –como diría mi amigo Celes–. Y no pueden imaginar ustedes dónde y con quién se cebó con especial intensidad la tembladera del terremoto que sacudió el este de Sicilia.

Resulta que en la iglesia de María Santísima del Carmelo se venera a San Emidio, el santo protector de la isla contra los terremotos; y en el altar mayor se daba cobijo y culto a su estatua con el fervor irreductible de los vecinos de Pennisi. Pues bien, quiso el destino que el campanario de la iglesia se derrumbara a efectos de la sacudida –había sido restaurado recientemente– y fueran a caer los cascotes sobre la cabeza de la escultura del mismísimo santo Emidio, quedando éste absolutamente destruido e irreconocible. Cómo va a proteger a los vecinos de los terremotos si no es capaz, el pobre, de protegerse a sí mismo, se dicen ahora los frustrados lugareños al ver los añicos que antes fueron San Emidio.

Siniestro total, reza el parte del seguro tras el incidente. Intuyendo el mal, ya el párroco había pertrechado el edificio con un pararrayos; lo cual, en verdad dice muy poco de la fe del mosén. Una iglesia y un pararrayos son una «contradictio in terminis». Por eso, a mi modesto entender, la desgracia no es sino una OPA en toda regla a la credulidad del pueblo siciliano de Pennisi y, particularmente, a la incredulidad de su sacerdote. O cuando menos, si se prefiere, un toque sutil del que hace y deshace, si atendemos a los acontecimientos acaecidos.

Leí también que el pasado domingo, sin motivo aparente, una de las campanas de la iglesia de San Juan de Laguardia se había desprendido de su anclaje como por ensalmo sobre una calle habitualmente transitada que, milagrosamente, se hallaba desierta en el momento del descendimiento.

Los doscientos kilos de bronce se precipitaron sobre una de las puertas que dan acceso al recinto amurallado, concretamente la puerta de San Juan. En aquel momento no acertó a pasar ningún visitante, pese a que se celebraba un funeral multitudinario y a que éste suele ser uno de los accesos naturales del turisteo a la ciudad monumental de la villa riojana.

Yo del párroco me lo miraría. Porque no conviene echar en saco roto este tipo de señales telúricas, máxime en fechas tan señaladas de conmemoraciones navideñas y de cambio de año. Además, si se trata de la campana que sólo se utiliza en fiestas, grandes solemnidades o días señalados, como es el caso, para qué vamos a insistir en el origen del «poltergeist».

Resulta sospechoso el hecho de que un día después del desplome del campanón, se produjera la despedida de año en ETB desde la Plaza Mayor de la localidad, donde el protagonismo recayó sobre el famoso reloj de autómatas, y no sobre la Iglesia de San Juan. Así, el Cachimorro y sus dos acompañantes se dejaron ver bailando a las doce de la noche, durante el cambio de año, mientras que en el campanario de la iglesia se dibujaba un vacío oscuro y abisal donde antes luciera primorosa la campana kamikaze.

La ira de Dios se manifiesta en la Biblia a lo largo de numerosos de sus libros, especialmente del Antiguo Testamento. Tras un concienzudo repaso, quizás podamos concluir que el detonante de todos estos fenómenos paranormales no sea otro que el reciente atentado contra la cruz de Olárizu, herida de muerte por el bisoño «Comando Rotaflex».

Estos demolicionistas, aturdidos por la oscuridad y ateridos por el frío reinante, más avezados en farfullar proclamas y en teorizar sobre la revolución, y con manos más duchas en el levantamiento de vidrio que en el trabajo manual, se olvidaron de cómo proceder para seccionar la varilla de un encofrado del siglo pasado. Volvió a demostrarse que igual que la pulga hace guitarrista al perro, la torpeza hace humano al varón.

Aventuran algunos defensores de la cruz de Olárizu que un milagro endureció el hierro del armazón, impidiendo que aquellos desalmados perpetraran la destrucción de la cruz con nocturnidad, alevosía y suma e imperdonable torpeza. Confío en que la asamblea general de los «anticruzados» proceda a propinar un castigo ejemplar para semejante caterva de inútiles redomados en las faenas de demolición.

En su defensa, alegar que los «walkie-talkies» que llevaban, adquiridos en el chino Wanglong se quedaron sin pilas enseguida, dado el frío y la humedad de la noche de autos. La confusión de la contraseña –«cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo»– y los avisos equivocados alertando de la presencia policial –«zorro azul a zorro rojo. Cambio». Grrrrrrrrrrrr–, hicieron que la «ekintza» pasase a formar parte de la guía de chapuzas gloriosas de Pepe Gotera y Otilio.

Hoy la cruz sigue incólume sobre el cerro de Olárizu, luciendo un corsé metálico a su alrededor, como una Frida Kalho yaciente, que refuerza su estructura para evitar el desplome. Mientras tanto, en una taberna cualquiera, el «Comando Rotaflex» ahoga sus penas en kalimotxo, tras decidir matricular a todos sus miembros en un módulo de construcción por correspondencia.