Un desaparecido cada tres días en Álava

Sergio Lázaro y Ana María Herrero miran unas fotografías de su hermano e hijo Borja Lázaro./Igor Martín
Sergio Lázaro y Ana María Herrero miran unas fotografías de su hermano e hijo Borja Lázaro. / Igor Martín

La mayoría regresa pronto, pero quedan casos como el de Borja Lázaro, sin noticias desde 2014

María Rego
MARÍA REGO

Un teléfono que suena sin respuesta al otro lado, un plato que esa noche se queda sobre la mesa sin tocar, una cama que nadie ocupa, un álbum de fotos que se detiene de repente ajeno al avance de los días, los meses, incluso los años. Simples objetos, detalles sin importancia en la rutina, que sin preverlo se convierten en el desgraciado símbolo del antes y el después de la desaparición de un ser querido. En Álava se presentaron 220 denuncias por este motivo a lo largo de 2018, un total de 1.444 en el conjunto de Euskadi, aunque la estadística que maneja la Ertzaintza recuerda que un elevadísimo porcentaje de estas situaciones (el 92,2% en el territorio en el último año) se resuelve con el regreso de la persona desaparecida con los suyos en perfecto estado. La mayoría, «en unos días» desde que se acude a la comisaría, concreta el jefe del área central de delitos contra las personas en la Policía vasca, Hugo Prieto.

Las cifras, sin embargo, arrojan también otra realidad, más amarga, la de aquellos hogares donde no vuelve a haber noticias de un familiar. Ana María Herrero y Sergio Lázaro saben demasiado de las llamadas desapariciones de larga duración y muy poco, por no decir nada, de lo que ocurrió con su hijo y hermano, el vitoriano Borja Lázaro, a principios de 2014 en la región de La Guajira, en Colombia. «No queremos perder la esperanza pero... es mucho tiempo», comenta su madre cuando se acaba de cumplir el quinto aniversario de la ausencia de este ingeniero informático de profesión y fotoperiodista por devoción que en mayo cumplirá 40 años. Su caso forma parte de la veintena con más de tres meses desde su apertura que figura en la base de datos de la Ertzaintza aunque algunas búsquedas superan la década en activo. La más antigua, datada en 1985 y Hondarribia, tiene nombre de mujer, Leonor.

«Nadie vio ni oyó nada, y si lo hicieron no lo cuentan. Necesitamos un indicio de dónde tirar» Familia de Borja Lázaro

En las familias de algunos de estos desaparecidos y también de casos ya cerrados, como el del vizcaíno Hodei Egiluz, cuyo cuerpo apareció sin vida en Amberes más de dos años después de que se perdiera su rastro, ha encontrado apoyo el entorno de Borja Lázaro. Ese acompañamiento, coinciden los expertos, resulta fundamental para digerir cada día sin respuesta. «El primer año nos encontramos muy solos», admite Herrero entre las fotografías de su hijo, que retrataba «la vida» en sus múltiples viajes, desde Marruecos a Nepal. El último comenzó en octubre de 2013 y le llevó, entre otros destinos, hasta la tribu colombiana wayuu para recoger en imágenes su fiesta de los huesos. Allí regresó en enero de 2014 para mostrarles su trabajo y allí, en la localidad costera de Cabo de la Vela, desapareció en la noche del 7 al 8 sin dejar pista alguna. «Nadie vio ni oyó nada, y si lo hicieron no lo cuentan. Nosotros pedimos que alguien diga algo, aunque sea de forma anónima, porque necesitamos un indicio de dónde tirar», resume Ana María.

34 reincidentes

La alarma saltó en casa de Borja un par de semanas después de su último contacto con la familia ya que había avisado de que iba a estar unos días sin poder comunicarse, pero tantos, comprendieron sus allegados, eran ya demasiados. En otros hogares, en cambio, conviven con una reincidencia en la desaparición de algunos de sus miembros. Como ejemplo, las 34 personas que rompieron «más de una vez» con su entorno en Álava a lo largo de 2018 y que, en todos los casos, eran menores de edad. «Cuando se fugan de centros de acogida, se alargan», agrega Prieto como uno de los fenómenos identificados por la Ertzaintza en este ámbito.

La clave

220
denuncias por desapariciones de 128 personas (52 mujeres y 76 varones) se tramitaron en 2018 en Álava, el 15,2% del total en Euskadi.

En el cuerpo no hablan de perfiles tipo entre los desaparecidos porque, simplemente, no los hay y cada búsqueda exige una investigación a medida, pero sí observan una serie de «motivos» comunes en cada franja de edad. Entre los niños se producen, sobre todo, «despistes y extravíos», mientras que los adolescentes se marchan por problemas familiares, académicos, de aceptación en un grupo o incluso por amor, detalla Prieto.

El 79% de las denuncias presentadas el pasado año en el territorio se referían, precisamente, a menores aunque desde plataformas como QSD-Fundación Europea por las Personas Desaparecidas, con Paco Lobatón al frente, advierten con campañas como 'Los invisibles' del nuevo desafío que conlleva el envejecimiento de la población y las enfermedades neurodegenerativas asociadas al paso del tiempo. «En las desapariciones de personas adultas hay una tipología muy variada pero, a partir de los 65, surgen circunstancias como las pérdidas de memoria o la desorientación muy peligrosas, sobre todo, cuando son incipientes y la persona tiene aún libertad para deambular», describe Prieto. La experiencia le dice también que el calendario marca en cierta medida los casos que llegan a la comisaría, donde crecen las denuncias sobre jóvenes en verano y épocas de fiestas y sobre mayores en periodos familiares como Navidad.

También hay quien se va por voluntad propia y no quiere, además, que se le encuentre. En el programa 'Quién sabe dónde' crearon una lista para ellos aunque se trataba de situaciones contadas, «tal vez dos o tres por cada mil», señala Lobatón, cuya fundación trabaja hoy por la elaboración de un estatuto de la persona desaparecida –desde 2017 funciona ya el Centro Nacional de Desaparecidos– para solventar, entre otras cuestiones, las complicaciones legales y jurídicas a las que se enfrentan los allegados que aguardan su regreso. A ellos, a quienes esperan, cree Prieto que hay que ofrecer «respuestas y arroparles». «Y que no caigan en el olvido», añade la madre de Borja Lázaro, que agradece cuando conocidos y caras que jamás ha visto se le acercan para preguntar por su hijo. «Con sus preguntas se mantiene su recuerdo vivo».

Redes sociales, unas «aliadas» que pueden generar problemas

La asociación de voluntarios digitales de emergencias del País Vasco, Vost Euskadi, sabe con más de un lustro de experiencia al teclado que las redes sociales y aplicaciones como WhatsApp son «grandes aliadas» en las actuaciones con desaparecidos pero pueden generar «muchos problemas» si no se usan con cabeza y con tacto. Su responsable, Jokin Zubieta, recomienda no poner «jamás» un número de teléfono particular y regirse en estas situaciones por las máximas de verificar y contrastar la información. Además, aconseja, «debemos cerciorarnos» de que la familia está al tanto de la última hora sobre su caso ya que si no se corre el «riesgo» de que se entere a través de estos 'altavoces' virtuales «del óbito o de información luctuosa». «Los desaparecidos son de todos», recuerda.