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La cárcel de los poetas

acusados de conspirar contra el estado

La cárcel de los poetas

09.09.13 - 00:01 -
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La cárcel de los poetas
La Lubianka en una foto reciente. A la derecha, la isleta sobre la que estaba la estatua de Dzerzhinski.

La Lubianka es un edificio cuadrado, de una pesadez arquitectónica apenas aliviada por el color amarillo de sus paredes. Ocupa una plaza enorme y desangelada en cuyo centro, hasta 1991, se levantaba una estatua a Félix Dzerzhinski, y no llama la atención del turista que viene de extasiarse ante la magia de las cúpulas doradas del Kremlin o la elegancia airosa del teatro Bolshói. Y, sin embargo, este inmueble situado a apenas unos cientos de metros del corazón del Moscú monumental tiene una de las historias más terribles de la cultura en el último siglo: tras sus paredes, que albergan la sede del KGB y una cárcel, tuvieron lugar interrogatorios y torturas a toda una generación de poetas, artistas e intelectuales que creyeron que era posible crear en libertad en la URSS. Se equivocaron, y no porque los dirigentes comunistas no apreciaran su trabajo. Al contrario. Como escribió Ósip Mandelshtam, «en ningún otro sitio se valora tanto la poesía como en Rusia, donde incluso fusilan a la gente por ella». Antes de ser fusilados, pasaban por la Lubianka.

Cuando los archivos del KGB se abrieron tras la caída del comunismo, el periodista Vitali Shentalinski pidió permiso para estudiar los documentos sobre la represión que habían sufrido los escritores durante el poder soviético. Tropezó con todo tipo de obstáculos burocráticos hasta que, muchos meses después, tuvo en sus manos el papel. Ese mismo día cruzó la plaza Lubianka sintiendo aún que la congoja le cerraba la boca del estómago y entregó la autorización al guarda de la puerta. Este, en un ejercicio inesperado de humor negro, le comentó: «Es usted el primer escritor que entra aquí por propia voluntad».

Sin embargo, no había nada amenazante en el edificio cuando fue construido a finales del siglo XIX para ser la oficina de una compañía de seguros. Tras la Revolución de Octubre, fue incautado y convertido en la sede de la Cheka, la Policía política del nuevo régimen creada por Dzerzhinski. Durante algunos años, los poetas y los escritores en general no estuvieron en el punto de mira de los guardianes de las esencias de la Revolución aunque los más perspicaces ya detectaron los primeros indicios de que la libertad de creación de la que alardeaba el Gobierno se iba convirtiendo en propaganda.

El espejismo

En realidad, hubo algo parecido a esa libertad durante unos años, sobre todo mientras estuvo en el cargo de comisario del Pueblo de Cultura Anatoly Lunacharski. Este había sido dramaturgo y crítico literario antes de 1917 y una vez en el Gobierno puso en marcha medidas muy eficaces para aumentar el nivel de alfabetización y logró salvar de las iras revolucionarias numerosos edificios apelando a su valor arquitectónico. Fue también el promotor del célebre "juicio contra Dios" que terminó con su condena a muerte: un pelotón de fusilamiento disparó contra el cielo de Moscú para hacerla efectiva. Dejando a un lado esta actuación de carácter casi folclórico, durante su paso por el cargo los escritores gozaron de una libertad mayor de la que existía en tiempos del zar, lo que tampoco es mucho decir.

Pero Lenin murió en 1924 y al subir Stalin al poder los burócratas fueron sustituyendo con rapidez a los idealistas que habían hecho la Revolución. Los nuevos mandatarios pronto exigieron a escritores, cineastas, pintores y músicos que crearan un arte al servicio del pueblo. Por supuesto, ellos decidían lo que entraba en esa categoría y lo que no. Harto de aguantar presiones, Lunacharski dimitió en 1929. Cinco años más tarde, cuando las purgas estalinistas ya estaban en marcha, se celebró el Congreso de Escritores Socialistas. Allí se abolió cualquier resto de libertad al dictar que en lo sucesivo la creación literaria -y por extensión cualquier manifestación artística- se ponía al servicio de los fines del Estado. Todavía el prestigio de Maxim Gorki salvó a algunos poetas y novelistas, pero el autor de 'La madre' falleció en 1936 y los burócratas tuvieron entonces barra libre.

La gran represión contra los escritores comenzó en 1937. En sus libros, Shentalinski ha contado cómo era el proceso de entrada al infierno: agentes de la Cheka se presentaban en casa del "sospechoso". Si vivía en Moscú se lo llevaban a la Lubianka directamente. Si residía en otra ciudad, en general primero pasaba por algún frío calabozo antes de recalar en este edificio del centro de la capital soviética. Una vez allí, y tras algunas comprobaciones de identidad, había un primer interrogatorio en el que la acusación era siempre la misma: conspiración contra el Estado. Los escritores lo negaban. En la gran mayoría de los casos no habían hecho nada que pudiera ser calificado ni de cerca de esa manera. Centenares de ellos eran comunistas de corazón, militantes del partido desde el tiempo de la clandestinidad y completamente leales al régimen.

A todo eso le daban vueltas en su cabeza mientras permanecían aislados en las celdas de la planta baja de la Lubianka. Muchos se preguntaban quién los había delatado. Shentalinski ha escrito que los escritores de los años treinta se dividían en tres grupos: los que golpeaban las máquinas de escribir, los que se comunicaban golpeando los muros de las celdas de la prisión moscovita y los que golpeaban con sus delaciones. Nunca se sabrá cuántas de esas denuncias anónimas o no anónimas se debieron tan solo a la envidia o a la venganza por algún agravio del pasado.

Juicios farsa

Cuando los "sospechosos" habían madurado lo suficiente en el aislamiento de la celda, volvían los interrogatorios. Algunos de los agentes que preguntaban a los intelectuales sentían un enorme desprecio por ellos, en parte debido a que ni siquiera habían concluido los estudios de Secundaria. El régimen sabía bien lo que hacía al elegirlos para esos puestos: eran tipos duros, sin escrúpulos, que se limitaban a leer las preguntas casi idénticas en todos los casos que alguien les había escrito y a quienes daban igual las respuestas de los detenidos.

Isaak Bábel fue sometido a 72 horas seguidas de interrogatorio. Cuando le dieron la transcripción del mismo, el autor de 'Caballería roja' descubrió que el texto poco tenía que ver con lo que él había dicho. Confiaba en que durante la vista podría aclarar las cosas, en parte porque él había trabajado como traductor para la Cheka y tenía amigos dentro. Fue una esperanza falsa: el juicio duró apenas quince minutos y nadie dio muestras de estar atento a sus palabras. Después de todo lo que había vivido ya no le extrañó que la larguísima sentencia por la que se le condenaba a muerte estuviera lista antes de que el juez diera por terminada la sesión. Fue fusilado en 1939 pero no se comunicó a su familia hasta 1954. Su mayor delito fue haber tenido una relación con quien luego sería la esposa del responsable de la Policía, Nikólai Yezhov. Cuando este cayó en desgracia, decidió arrastrar consigo a su mujer y a Bábel, acusándolos de espionaje.

Por la Lubianka pasaron Borís Pilniak, que durante años hizo profesión de fe de la más pura ortodoxia del partido sin que eso lo librara del fusilamiento, y Evgenia Ginzburg, intelectual orgánica del PCUS y esposa de un alto dirigente del mismo. Poco después de que su esposo cayera en desgracia, ella también fue llevada a la sede de la Cheka. Allí, negó con rotundidad cualquier actividad contraria al régimen. Pero ni siquiera alguien con su prestigio pudo eludir la "doctrina Vishinski", según la cual no había impedimento para dictar la culpabilidad de un acusado aunque no existiesen pruebas de que tuviera ninguna intención de causar daño, y se le podía condenar a causa de un delito cometido por alguna persona próxima. Ginzburg no tenía salida. Fue condenada a trabajos forzados en el campo del Kolymá, lo más parecido al infierno, con sus inviernos interminables en los que solo se interrumpían las tareas al aire libre si la temperatura descendía de 50º bajo cero. Cuando regresó a Moscú, aún fue sometida a persecución y llevada más de una vez a la Lubianka.

La segunda muerte

Allí estuvo también Ósip Mandelshtam, quizá la figura mayor de lo que se ha dado en llamar "edad de plata" de la literatura rusa, que pronunció la citada frase premonitoria sobre el valor de la poesía en Rusia. La lista de los visitantes de la Lubianka sería interminable y se sabe que en algunas etapas se llegaron a imponer "cupos" de detenidos a los comités locales del partido, que trabajaban a destajo basándose en delaciones que con frecuencia no tenían base alguna. Los documentos del KGB hablan de alrededor de 2.000 escritores acusados entre 1937 y comienzos de los años cuarenta. De ellos, no menos de 1.500 fueron fusilados o perecieron en campos de trabajo. Otros muchos murieron allí mismo, víctimas de las torturas o el suicidio. Su desaparición se ocultaba durante años a las familias. Mientras tanto, oscuros agentes de la Cheka trabajaban a jornada completa en la planta superior de la Lubianka cambiando las biografías de los condenados para borrar cualquier rastro de lealtad al Partido, subrayar las disidencias cuando las había e inventarlas cuando no existían. También prohibiendo la publicación y distribución de sus obras. Era una segunda muerte que se añadía a la desaparición física.

El tráfico de intelectuales y poetas por la Lubianka era tan intenso cada semana y cada mes que en 1940 se aprobó una ampliación del edificio, al que se añadió una planta. Luego la URSS entró en guerra y el Gobierno, más ocupado en otros menesteres, aflojó algo la presión sobre los escritores. Sin embargo, la sola palabra Lubianka fue sinónimo de terror hasta la caída del comunismo. Todavía hoy trae muy malos recuerdos a los rusos mayores de 50 años. Sobre todo a los poetas.

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Edificio de la Lubianka en los setenta, con un mural de Lenin y la estatua del fundador de la Checa, Félix Dzerzhinski. / AFP
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