Productor

Gaizka Usatorre, desde las antípodas

Gaizka Usatorre, desde las antípodas
MAITE BARTOLOMÉ
Productor kiwis

GAIZKA OLEA

Cualquiera que viva en la zona de Uribe Kosta sabe que Butrón es en invierno un lugar especialmente gélido, la temperatura puede bajar cuatro grados o más en la vaguada del río respecto al resto de la comarca. Con este tiempo loco no es, por tanto, imposible que la zona próxima al castillo haya sufrido heladas en abril, justo en el peor momento para los baserritarras y productores (como lo han sufrido los propietarios de viñedos en alaveses y riojanos), pues es cuando las plantas empiezan a brotar y la escarcha castiga duramente a las flores. Es lo que le ha sucedido a Gaizka Usatorre, que desde 2008 cultiva 350 árboles de kiwi en una campa desde la que se divisa el palacio de estilo bávaro construido por el marqués de Cubas en el siglo XIX en el lugar donde antaño hubo bastiones y casas torre.

Los efectos del frío sobre la cosecha, que arranca ahora, han sido brutales: si un año normal Usatorre recoge hasta nueve toneladas, este año superará a duras penas los 1.000 kilos. El productor no parece, sin embargo, demasiado contrariado, ya que sabe a qué se exponen quienes aspiran a sacar algo de la tierra. Además, su oficio de jardinero le permite entender mejor que los demás cómo van estas cosas imprevisibles de la naturaleza, el campo y el cielo. Vendrán años mejores y rasgarse las vestiduras ante algo que no tiene remedio es trabajo en balde. Una mala polinización, que atribuye a la presencia de las avispas asiáticas, feroces depredadoras de las abejas, hizo el resto.

Un árbol fuerte

Usatorre heredó de la familia un terreno liso a orillas del errático Butrón, otro vecino caprichoso que lo mismo lleva un hilo de agua que anega las praderas cercanas. Se decantó por el kiwi gracias a los consejos de un veterano productor, que le mencionó las virtudes de esta fruta surgida en Nueva Zelanda y de la resistencia del árbol, que no requiere demasiadas atenciones y está, por ahora, libre de las enfermedades que afectan a otros frutales. Por si acaso, lo primero que hizo fue drenar la campa para evitar las consecuencias de las inundaciones, que pueden pudrir la raíces de la planta. Posteriormente, interesado en una producción ecológica, dejó que el terreno recuperara sus nutrientes durante dos años y que, de paso, desaparecieran las aportaciones negativas de pesticidas o abonos artificiales.

El árbol del kiwi, introducido en Euskadi y la cornisa cantábrica hace más de tres décadas, se ha convertido en un elemento común en nuestro paisaje, con sus largas ramas dobladas por el peso de los frutos. Su gran aportación de vitamina C y E, sus componentes que reducen los factores de riesgo de cáncer y, sin bromas, sus efectos laxantes lo han incorporado a marchas forzadas en la dieta de los vascos. Crece bien en el norte porque los inviernos son suaves y húmedos y las explotaciones pequeñas contribuyen a un mejor cuidado del género.

Las ramas y el azúcar

Cuenta Usatorre que el método ecológico resulta más trabajoso y menos productivo, puesto que los abonos naturales (vulgo estiércol) son menos ricos que los químicos y le obligan a esparcir a mano los nutrientes que de otra forma se podrían añadir con un pequeño tractor. La tarea más relevante del kiwi, antes de la cosecha, es la poda: una en invierno y otra en verano, para retirar las ramas que han dado fruto para permitir que se refuercen los retoños nacidos a lo largo de los meses cálidos. Además, se ‘aclaran’ las ramas para retirar el exceso de flores y que el azúcar se concentre en menos frutas.

El problema de esta forma de cultivo es, como en tantos otros, la distribución y comercialización, en la que depende de factores que guardan poca relación con la producción. Ahora mismo colabora con Garaia, una cooperativa de Mungia, y con una empresa catalana especializada en el género ecológico. Usatorre carece de recursos técnicos para conservar en frío la fruta y espaciar de esta forma su salida en el mercado, ya que el kiwi requiere de una nevera para sí sola porque si se almacena junto a otras frutas o verduras, no se detiene su maduración. «Es algo demasiado caro para mí», lamenta.

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