La de ayer fue una jornada de liturgia, homenajes, resaca, vermut y fútbol. El domingo sanjuanero, plomizo bajo 'Lorenzo' nació renqueante; muy difuso para trasnochadores -cientos de mirandeses se dejaron llevar por la jornada continua-. Pero ganó con las horas. Las calles de la ciudad rebosaron por la mañana y no perdieron el ritmo tras la sobremesa. Entonces el punto de ebullición se mantenía en Anduva. A los que no se arrimaron a ver (o intuir) un partido intrascendente les correspondió la responsabilidad de mantener viva la ciudad. Y lo hicieron.
Pero fue a las ocho y media de la tarde cuando ésta aportó otro puntazo. Arrancaba en ese instante un espectáculo propio, el que arrastra a setenta cuadrillas, miles de blusas, por las calles más céntricas de Miranda. Siendo sinceros, el que suscribe, el plumilla, se mezcló entre los espectadores con ciertas dudas. Con media calle La Estación levantada, la Cofradía consensuó -o al menos eso es lo defendido por los responsables políticos- un nuevo trazado para el desfile.
Medida de riesgo
El presidente Pablo Vergara y su directiva se volvieron a ver en la tesitura de echar mano del plano y trazar nuevas rayas. Era una medida de riesgo. Porque hace un año, también experimentando, se entró en atasco. Pero ayer el acto se desarrollo con cierta fluidez. Los tiempos muertos quedaron para el final. El «yes we can» reclamado entonces por la megafonía no pareció ser necesario en esta ocasión. El Desfile del Blusa ya comienza a fluir.
Las cuadrillas se concentraron puntuales en la calle Cantabria, ascendieron por San Agustín, recorrieron el tramo peatonal de La Estación y se disolvieron a través del parque y de la calle del Cid. Lo peor en ese punto fue el aroma a alcantarilla. La zanja abierta sacó lo peor. Pero la marcha, lo que ocupa, tuvo buen lustre. Porque si hay algo que marca la diferencia en esta concentración multitudinaria -con un fondo de concurso que todos parecen ignorar-, es el ingenio.
Setenta ejemplos, uno tras otro, excederían la redacción notablemente. Pero no conviene. Estamos en fiestas. Se exige ser liviano. Y la mejor fórmula para ello es ser selectivo en el apunte. Allá vamos. Los Siempre Alegres y la Pajilla (un cambio de orden da para una sana guasa), se movilizaron en plan matrimonio. Los primeros están viviendo sus bodas de plata. Así que optaron por un casorio, con sacerdote incluido, y el lanzamiento de arroz. 'El abuelo con su mirada saluda al pueblo de Miranda' rezaba en su bombo de cierre.
Los Chaturangas se inclinaron por una lluvia de papelillos negros y blancos, como sus blusas, con globos y un 'Bad Boy' -cargando con la pancarta-. Les seguía La Amistad entregada a los sones del 'Apaga luz Mari Luz, apaga luz'. Tres 'chulapos' de gremios dispares (barquillero, afilador y limpiabotas) tuvieron un gesto con una agente de la Policía Local. Ella no quería... pero debió aceptar el 'chupa-chups'. El Desastre se dejaron el camión-cocina estacionado (pese a que a esa hora ya apetecía el bocata).
Y La Karaba se pasó a la reivindicación. Una sanjuanera, que mutó en turista de manual, se exhibía ante el público cargando con una 'trolley' en la que podía leerse, 'Fiesta de Interés Turístico'. Y entonces llegó el Tío la Vara. El personaje de José Mota se mezcló entre los más pequeños de Los Solitarios -se calcaría posteriormente, deambulando con los de El Volcón, aunque en este caso mucho, algo más extasiado-. La Cuadrilla Los Peques apostó por el ritmo de batuka; el alboroto por calzarse pollos de pega en la 'copa' y Los Veteranos por pelucas ochenteras de azul añil. Los de la Bronca (ellos) se disfrazaron de cabareteras. Y entre La Cogorza emergió el cuero a lo Village People. Buscaron el morro de los directivos cofrades. ¡Lanzadillos!