Con las ventanas cerradas

Más de mil habitantes de San Asensio se tiñeron de rosa en la trigésima edición de la Batalla del Clarete; otros prefirieron resguardarse en casa para mantenerse en seco

SERGIO CUESTA
¿QUEREMOS MÁS! Los batalladores no perdieron la cara a la tempestad. / FOTOS: RAFAEL LAFUENTE/
¿QUEREMOS MÁS! Los batalladores no perdieron la cara a la tempestad. / FOTOS: RAFAEL LAFUENTE

Las batallas se pueden afrontar a campo abierto y a cara descubierta; pura adrenalina y excitación colectiva. Pero también entre los muros de un fuerte, con sosiego y vistas a la refriega. Porque siempre hay quien prefiere mirar... En San Asensio las viviendas colindantes al Barrio de las Bodegas se convirtieron ayer en accidentales bastiones defensivos. Parapetaron a sus propietarios de los chorros de clarete, aunque sus fachadas se tintaron tanto como el vestuario de los batalladores.

En el frente, los más animosos se plantaron ante los cañonazos de rosado que despedía aleatoriamente el camión de asalto. Entre las idas y venidas del raudal, la lucha por recuperar la estabilidad y la posición, sin deserción. Los más combativos retaban a la gran máquina provistos de pistolas y armas más sofisticadas. Los ociosos yacían en los posos que acumulaban las calles.

En la retaguardia hubo menos tregua. Otro vehículo -transporte de oficiales de primera como el consejero Conrado Escobar, el diputado José Miguel Crespo o incluso el televisivo 'Pipi' Estrada (que disfrutó como un enano)- empleó un método más basto, pero también efectivo. A calderazos calaron al personal, ya impávido ante el baño constante.

Y las ventanas cerradas. Sólo a ratos se asomaba alguna cabeza curiosa, pero consciente de los peligros. Porque los cañonazos, y las pistolas, y los calderazos, no entendían de caras y colores. Sólo de blancos. Alguna plañidera ya lamentaba el agravio que sufría su casa, con más resignación que reivindicación. «Que apunten a las personas, no a las casas», decía mientras imaginaba las consecuencias visuales de la batalla.

Unos 30.000 litros

El olor a clarete aromatizó el barrio, ahora callado y sangrante, tras la batalla. Los miles de litros (unos 30.000) que llegaron en camión desaparecieron entre las ropas, las paredes y, sobre todo, la cuesta abajo, que encauzó paulatinamente la posible crecida. La espera dentro de las viviendas se prolongó unos segundos más, por si acaso quedaba algún rezagado con ánimos belicosos. Después, se abrieron puertas y ventanas, el peligro ya pasó.

Recién abandonado el campo de batalla, algunos vecinos tiraron de manguera para limpiar los accesos de sus propiedades. Otros comentaban las imágenes. El de la colchoneta hinchable, las del bikini, el 'Pipi' bailando clásicos festivos ('Paquito el Chocolatero' incluido), la reportera que acabó calada hasta los huesos...

Porque si hay que hablar de objetivos, los periodistas de televisión suelen ser prioritarios en estos casos (y fáciles). Obligados a captar la primera línea de batalla, sin escapatoria, terminan por fundirse en el rosa.

Los primeros temblores (de frío) de la posguerra evidenciaron que la mañana no acompañó especialmente. Una ducha caliente y a la plaza, donde la batalla del clarete continuó a cubierto. En los bares se apreció el vino; antes corría por fuera y ya tocaba seguir el curso interno. Las escaramuzas colectivas se convirtieron entonces en individuales. Hasta que el cuerpo aguantó.

Y las ventanas, ya abiertas hasta el año que viene. Heridas pero enteras, permanecieron cerradas cuando debieron. Sin rendición ante el sitio.

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