Galgos, pan duro y tierra llana

En febrero termina la temporada de caza de la liebre y los galgueros mantienen una tradición ambigua, que va del amor al abandono del animal

MARÍA GABRIELA PORTALUPPI
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Durante meses investigué en las tradiciones españolas que involucraban animales. Supe que todavía se practican carreras y la caza de liebre con galgos. En otros países, como Inglaterra, este tipo de actividades ha sido prohibido por ley, pero en España la tradición del galgo tiene un fuerte arraigo. La mayoría de los galgueros ha heredado la afición de sus padres y éstos, de sus abuelos. Defienden que la caza de liebre es un deporte equilibrado y respetuoso con la naturaleza: comienza a mediados de octubre y termina en febrero, para que la liebre pueda reproducirse el resto del año. Durante el período de veda se organizan carreras con cable, donde muchos compiten y entrenan a sus perros para los campeonatos nacionales.

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En marzo de 2018 me alertó una noticia que leí en el diario. En España se había descubierto una fosa común con treinta perros; cuando pregunté, escuché el testimonio de quienes decían haber visto galgos colgando de los árboles. Hace años, así se deshacían los cazadores de los animales que ya no les eran útiles. Este tipo de actos, sin embargo, disminuyen quizás por las fuertes críticas de las asociaciones animalistas.

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Victoriano Murillo Rajado nació en Extremadura en 1937, hijo y nieto de galgueros. Hoy ya nadie lo conoce con ese nombre, sino como Ballón, mote que se ganó gracias a un galgo que tenía su abuelo. Ahora sus hijos y sus nietos lo llevan como si fuera un apellido verdadero. Tiene 80 años. Dice que su madre no podía amamantarle por tener los pezones de tal forma que él no podía prenderse, así que ella se dejó succionar primero por galgos recién nacidos. De ahí viene, asegura, su don para los animales.

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Ballón afirma que sus perros que fueron los más admirados del pueblo. Recuerda a un galgo que bautizó como 'Filusera', por el parecido con una planta que tiene una curvatura extraña y poco armónica en el tope. Lo crió con mucha paciencia hasta convertirlo en un campeón entre sus conocidos. Prefiere la caza a las carreras. Sólo generan desgaste en sus animales, opina. Antes se ganaba dinero de verdad, ahora ya no.

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Campo de Criptana, La Mancha, 2018. El intercambio de las crías recién paridas es una práctica común entre los dueños de galgos de carreras o de caza, que descartan venderlos por «negocio». Se trata de mantener esta tradición antigua.

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A mediados del siglo XX, Quintana de la Serena, conocida como la Ciudad del Granito, vivía de la explotación de la piedra. Don Ballón recuerda la época en que cada uno iba al trabajo con su galgo atado a la bicicleta y los soltaba en el campo hasta terminar la jornada laboral. «Era la forma como los entrenábamos en esos tiempos», afirma.

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Sobre las denuncias de maltratos y abandonos, los galgueros se defienden. Afirman que el problema principal es la gran cantidad de robos de perros que existe durante el período previo a la temporada de caza, y aseguran que se ha creado una mafia en torno a carreras ilegales y venta de animales que está fuera de su control. Cuando los roban, mantienen, se les despoja de sus respectivos 'chips' y no existe forma de rastrearlos.

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Los cazadores no buscan sólo para capturar presas, sino admirar la destreza de sus animales. Por lo general, los fines de semana se juntan las cuadrillas para ir al campo y soltar a sus perros. El dueño del galgo que más piezas consigue es el más admirado.

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En las comunidades de Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura y Andalucía sobrevive con más fuerza la tradición del galgo.

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En sus inicios este deporte era exclusivo de la clase alta; era la aristocracia la que podía tener estos animales como «herramientas». Con la Guerra Civil, la caza con animales se volvió una fuente importante de subsistencia del pueblo español. En 1937 se creó el Campeonato de España, donde se establecieron las reglas, como prohibir que el perro use atajos para alcanzar a la liebre. Al que lo hace se le llama 'galgo sucio' y queda descalificado.

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Ballón era el dueño de un bar en Extremadura, donde se juntaban los cazadores con las liebres ganadas. Se hablaba de la rapidez y la astucia de aquellos galgos. El que llevara más presas ganaba una botella. Ballón recortaba las colas de las liebres y las colgaba en un cable en la pared, encendía las luces de navidad y generaba una especie de monumento a la caza. Los lugareños lo recuerdan como «algo hermoso».

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Un dato: cada año, al finalizar la temporada de caza, unos 50.000 galgos son abandonados en España en los pueblos fuera de las rutas turísticas. En ciudades como Madrid hay una gran cantidad de adopciones de estos perros.

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Otras gentes, al igual que Ballón, afirman amar a sus animales. Los cuidan y nombran miembros honorarios de sus familias. Es la forma que aprendieron de tratar a sus perros, una especie de amor que se mantiene de la costumbre, de las historias que se siguen contando sobre galgos. Canes que eran héroes por pasar de las burlas a la admiración. Un orgullo difícil de entender para alguien de afuera.

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Tengo la sensación de que la mayoría de estas historias están inconclusas. Que falta un final que todos saben que existe, pero nadie lo cuenta. Ballón habla de uno que murió atropellado, por ir detrás de un encantador de perros de circo que iba tocando la flauta por la calle seguido de sus perras entrenadas, que bailaban y saltaban en dos patas. Una historia que parece sacada de un libro de Miguel Delibes.