Macron ante los 'chalecos amarillos'

El presidente francés, Emmanuel Macron./EFE
El presidente francés, Emmanuel Macron. / EFE
Rosario Morejón Sabio
ROSARIO MOREJÓN SABIO

Esta vez Emmanuel Macron lo ha comprendido. La estrategia de dejar pudrirse el movimiento de los 'chalecos amarillos' no funciona. La cólera persiste en los boulevares de París, en las rotondas de la capital, en toda Francia, mientras el apoyo de los ciudadanos a la insurrección no decae. La crisis destapada es grave: económica, social, democrática e identitaria. En un mes el Hexágono se ha sumido en el desorden, la violencia y un caos que por fin ha sacado al presidente de la República francesa de su mutismo. En declaración solemne ante las televisiones, el lunes 10, Macron anunciaba sus medidas urgentes para recuperar el control del país. El jefe del Estado trata de salvar su mandato con «un nuevo pacto social». ¿Desactiva así el levantamiento de los 'chalecos amarillos' o prepara otros 90.000 policías para evitar lo peor?

«Un presidente para los pobres», escribían los insurgentes en el Arco del Triunfo en su cuarto acto de algaradas. La cólera desatada entre nuestros vecinos del Norte con el aumento del precio de los carburantes ha supuesto el detonante de un malestar profundo que corroe a muchos franceses en los dieciocho meses del actual gobierno del mandatario galo. Es lo admitido por el dirigente en su alocución ante el país. Nacido en las redes sociales, sin jefes, ni estructuras, el movimiento fosforescente de las gentes sencillas de capas populares y medias teme a la precariedad, al paro, la marginación y no cede por más tiempo al constatar cómo empeora el abismo entre ricos y pobres. Iniciar el quinquenio suprimiendo parcialmente el impuesto sobre las grandes fortunas chocó con la escucha prometida a los votantes.

¿Dónde quedan la transversalidad, la participación, la implicación ciudadana de La República en Marcha (LRM) como una revolucionaria forma de hacer política? Verticalidad, velocidad, eficacia, personalismos, decisiones a cargo de círculos íntimos han ido desmontando el proyecto del 'dégagisme'. La operación -basada en su líder, 'Júpiter'- es hoy una crisis en la que se cuestiona la autoridad del presidente, su legitimidad, la democracia representativa y hasta el principio de la utilidad colectiva de los impuestos. Tal es el hartazgo de más de la mitad de los franceses.

El presidente Macron ha tomado consciencia de que no vale repetir «Os comprendo». Suena falso, pretencioso y arrogante. El rechazo que suscita su persona forma parte del conflicto. Ha entendido que los ultras de la sublevación están dispuestos a tomar El Elíseo y poner boca abajo la V República. Diálogo y medidas concretas capaces de estimular el poder adquisitivo de los ciudadanos que apenas llegan a fin de mes es lo urgente. La obsesión por mantener el rigor del 3% del déficit público en 2019 se tambalea ante los compromisos ahora ofrecidos para el año nuevo y la prioridad de vencer al sentimiento generalizado de injusticia social.

El giro preciso expuesto a la ciudadanía son medidas económicas: un aumento del salario mínimo en 100 euros netos mensuales sin coste para el empresario, la desfiscalización de las horas suplementarias, supresión de la tasa de Contribución Social Generalizada (CSG) para las jubilaciones inferiores a 2000 euros, y estimulación del empresariado para otorgar una paga especial al final de año igualmente exonerada de impuestos. «Se trata de llegar a vivir dignamente con nuestro trabajo», resumió el presidente. Con tono grave, el mandatario no anunció el restablecimiento del impuesto sobre las grandes fortunas, tan simbólico para los que protestan con chaleco. Su eliminación ha recuperado las inversiones en territorio galo y acaba con el exilio fiscal de muchas empresas, explicó el político. A cambio, Macron prometió una mayor vigilancia sobre la evasión fiscal, el control de las ganancias y un mejor reparto de la fiscalidad. «Reglas más simples, claras y justas para cuantos trabajan por el bien de Francia y de Europa», resumió el presidente francés. El lenguaje tecno tan criticado también parece desplazarse hacia adelante para llegar al corazón de los más corrientes.

Sobre la democracia participativa, su discurso prometió desplegar una mayor delegación del ejercicio del poder entre los representantes sociales; y solicitó especialmente la colaboración de los alcaldes que anunciaron su retirada de las próximas elecciones municipales ante la falta de recursos. «Nada volverá a ser igual en el curso de nuestras vidas. Estamos en un momento histórico para nuestro país. Diálogo, respeto y compromiso para revertir esta crítica situación», palabras solemnes para cerrar quince minutos ante la nación.

No sabemos si en esta ocasión el presidente logrará reconciliar al pueblo francés con sus dirigentes, pero sí cabe decir que todas estas medidas cuestan caras. Si la eliminación de la subida de tasas a los carburantes representa ya una merma de 4 millardos de euros de ingresos en 2019, las nuevas soluciones van a exigir a Macron y a su primer ministro, Edouard Philippe, un serio reajuste presupuestario. Esperemos que los galos no sean refractarios a estas propuestas y se presten a ejercitarlas abandonando el clima bélico de las últimas semanas. Jean-Luc Mélenchon, representante de la Francia Insumisa, declina. Ya ha llamado al Acto V para el próximo fin de semana.