¿ciencia en el congreso de los diputados?

¿ciencia en el congreso de los diputados?
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Elena Martínez de Madina
ELENA MARTÍNEZ DE MADINAFilóloga

El pasado 2018 ha sido el año en que se ha puesto en marcha el proyecto #CienciaenelParlamento en España. Se trata de una iniciativa ciudadana independiente que se crea con un objetivo claro: que la ciencia y el conocimiento científico sean una de las fuentes de información en la formulación de propuestas políticas. Una manera, al fin y al cabo, de que la sociedad y la propia política tengan a su disposición lo que la comunidad científica les puede ofrecer.

Los impulsores de la idea resaltan que España es uno de los pocos países que no forma parte de la red europea de oficinas de asesoramiento científico, la llamada EPTA (European Parliamentary Technology Assesment, www.eptanetwork). Recordemos que la oficina de Reino Unido es la más antigua del Viejo Continente y la segunda del mundo, tras la de Estados Unidos. De facto, la oficina de Evaluación Tecnológica de EE UU funcionó desde 1972 hasta 1995, año en que los republicanos la tumbaron por no coincidir siempre con sus ideas. Molestaba. ¿Les suena de algo esta actitud política?

En España ya ha habido anteriormente, además de ésta que ya veremos en qué queda, dos intentos más de poner en marcha ese proyecto, ambos fallidos, y que tuvieron lugar en los años 1989 y 2003. Parece que ahora, tanto la mesa del Congreso de los Diputados, con Ana Pastor a la cabeza, como los grupos parlamentarios, están abiertos a impulsar la propuesta. El pasado noviembre (2018) se celebraron, durante dos jornadas, importantes sesiones de debates e intercambio de ideas entre políticos y científicos, con motivo del 40 aniversario del Parlamento. Incluso la revista científica 'Nature' recogió la noticia. El personal científico, voluntario, (con un gran número de mujeres, por cierto, o sea que ¡sí que hay!) trabaja en todas las ramas de la ciencia: formales, naturales y sociales.

El objetivo de esta oficina sería dar una respuesta a un problema o tema de interés y sobre el cual la ciencia puede aportar su conocimiento en la gestión pública. Parece fantástica la idea, ¿no? O sea que, si se quiere debatir en el Congreso sobre una ley que regule la contaminación, pongamos por caso, o la prostitución, o la maternidad subrogada, o los plásticos, o tal o cual uso de medicamento, etc., todos los políticos dispongan de un informe científico antes de abordar el tema. ¡Qué bien! ¡Cuántos bulos nos podríamos ahorrar! Pero, claro, ustedes podrán pensar: sí, pero ¿un informe de quién? ¿Con qué garantías? ¿Cargado de ideología? ¿Comprado?

Bien, ahí es donde el proceso de funcionamiento que plantean desde esta iniciativa, al igual que se hace en otros países, ofrece muchas garantías. Una vez que el Patronato mixto (personal político y científico) propone un tema concreto, un equipo técnico de asesoramiento científico recoge en un primer borrador el documento de 'evidencias' (y quédense con esta palabra). Posteriormente, se reúnen con veinte o treinta expertos científicos y se elabora un resumen de las evidencias de cuatro o cinco páginas. Ese resumen es revisado por expertos independientes y se elabora el documento final, consolidado con las evidencias, para presentar a los políticos.

Y ¿a qué se refieren con 'evidencias'? Pues, sin duda, a las 'evidencias científicas'. Sin ahondar en el tema, pero sí para aclararnos de qué estamos hablando, en el mundo científico se manejan una serie de mecanismos que permiten jerarquizar las investigaciones científicas, por su metodología, por su diseño, por su rigor, etc. En pocas palabras: la evidencia es admitida como tal por la comunidad científica. Es decir, en todo ese proceso ya descrito, de la elaboración del informe-resumen final tomarían parte muchas personas científicas, diferentes en cada fase, y sólo presentarían las evidencias, y no las ideas, o las hipótesis discutibles, de fulanito o menganita. ¡Fíjense cuántas bobadas nos podríamos ahorrar en los debates del Congreso de los Diputados!

Me viene a la cabeza la ola de frío que están soportando en diferentes lugares de Estados Unidos. Y su presidente, Donald Trump se ríe: ¿Dónde está el calentamiento global? Como cuando el nene se tapa los ojos y dice: ¡No estoy! Y los mayores se ríen ¡qué ricura el infante!

La propuesta me parece genial y absolutamente necesaria. Y, además, no entiendo por qué todavía no ha sido posible implantarla hasta ahora en España. Quizá el freno se pone por temor a la llegada de personal ajeno a la política, a las ideologías, a los partidos, En definitiva, el miedo al pensamiento independiente y crítico, a las evidencias científicas, que, sin duda, disminuyen las posibilidades de manejar al personal.

Aun así, tampoco sería un exceso, que además de leerse el informe cortito que se les entregara, intentaran no decir muchas de las tonterías que tenemos que soportar, casi a diario, en sus discursos políticos, en pos de convencer a su gente. Las de aquí ya se las saben. Les cuento otra oída allende el atlántico. Va el político, licenciado universitario, y en defensa de la 'organización colectiva' argumenta: «Un homo sapiens contra un dinosaurio, ganaba el dinosaurio, pero veinte homo sapiens organizados mataban al dinosaurio», y aseguró tan pancho que eso pasaba hace «apenas 200.000 años». ¡Ala! ¡A tomar por saco la (pre)historia! Veremos si en el Congreso español se decide por la Ciencia o por la Inconsciencia.