Catástrofe moral

Lo sucedido en la Iglesia no tiene parangón por los hechos, las relaciones de poder y el abuso de la confianza que se otorgaba. Combatir la pederastia es uno de los grandes retos del Papa

Catástrofe moral
Rafael Aguirre
RAFAEL AGUIRRE

Escribo con profundo dolor, indignación y sorpresa. He sido muy crítico con la involución de mi Iglesia Católica respecto a la letra y al espíritu del Vaticano II. El largo pontificado de Juan Pablo II se caracterizó por priorizar la unidad eclesial, reforzar la disciplina y el centralismo, y reducir enormemente la libertad de expresión, particularmente la teológica. En España esta política se realizó con singular energía y sus frutos son especialmente negativos. En pocos años nos encontramos, junto con Francia y algunos países nórdicos, con la sociedad con más número de ateos y agnósticos. Se ha promovido un episcopado servil a la curia romana, con indisimuladas proclividades partidistas, incapaz de tender puentes con lo más vivo de la sociedad y que marginaba a quienes intentaban hacerlo. Se ha echado por la borda la sabia trayectoria taranconiana. Así resulta que la Iglesia española es, en su sociedad, la más desprestigiada de Europa.

Todo esto lo sabía, pero no sospechaba ni de lejos que la perversión y la degradación de la institución eclesiástica llegase hasta el extremo que estos días se está revelando. Me refiero obviamente a la cadena de «abusos sexuales a menores, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas», en palabras del Papa Francisco en carta hecha pública el pasado día 20. Primero, en la década de los 60, fueron los casos de Irlanda; después los de Boston, Australia, Chile… Últimamente un jurado investigador ha publicado un informe judicial con acusaciones creíbles de mil casos de abusos sexuales realizados por 300 sacerdotes en Pensilvania, y que las autoridades eclesiásticas habrían ayudado a encubrir durante décadas. El presidente de la Conferencia episcopal estadounidense, Daniel DiNardo, afirmó el pasado jueves que la Iglesia sufre una «catástrofe moral». Hay ámbitos que pueden prestarse especialmente a abusos sexuales con jóvenes. Pero lo que ha sucedido en la Iglesia no tiene parangón por la extensión de los hechos, por las relaciones de poder y el control de las conciencias en que se basaban, por el abuso de la confianza que se otorgaba, por la traición a los valores evangélicos más fundamentales, por la impunidad y hasta encubrimiento con que se contaba. Combatir la pederastia se ha convertido en uno de los grandes retos del pontificado de Francisco. En la carta mencionada, el Papa afirma que «no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y gravedad del daño que se está causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños».

Es claro que no nos encontramos ante casos inconexos y aislados. El Papa habla varias veces de «una cultura», que ha impregnado la estructura y que ha producido el dolor de las víctimas directas y también medidas que «intentaron silenciar o, incluso, resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad». Pone muy acertadamente el dedo en la llaga cuando afirma: «decir no al abuso es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo». Francisco ha hablado reiteradamente de este tema, que es el punto clave que le enfrenta con tantos sectores influyentes de la curia y del clero. El clericalismo es una actitud que «anula la personalidad de los cristianos», que legitima y sacraliza una estructura jerárquica y piramidal de poder, que segrega a un grupo de varones distinguiéndoles y poniéndoles por encima de los demás cristianos. Por eso el Papa apela a la participación activa de todos los miembros de la Iglesia… para erradicar la cultura del abuso y generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación». Esta crisis, letal para la Iglesia, puede convertirse en la más firme legitimación de las medidas que cambien las cosas y vayan a la raíz de donde procede la metástasis, que se ha extendido por el cuerpo eclesial. Hay que acabar con el neoclericalismo en auge. De una forma muy extendida se está afrontando la crisis de la Iglesia reforzando el clericalismo de la estructura en vez de promover unas comunidades no jerárquicas, fraternas, ordenadas, democráticas. En las nuevas levas de clérigos se cultiva una identidad corporativa de tipo sacral, muy conservadora teológicamente, aferrada a signos distintivos propios y una espiritualidad desencarnada.

Habría que hablar con más calma sobre un tema apremiante y candente: el celibato obligatorio sacerdotal en el rito latino de la Iglesia. Los abusos sexuales no se explican meramente por esta disposición, pero tampoco son ajenos a ella. En la Primera Carta a los Corintios, Pablo nos da a entender que los apóstoles y los hermanos de Jesús estaban casados. Nuestra sociedad está hipersexualizada y necesita una cultura sexual sana y positiva, enraizada en unas relaciones humanas personalistas y en un amor comprometido. En este campo la inmensa riqueza del evangelio de Jesús está desfigurada por una predicación represiva, poco respetuosa con las conciencias y frecuentemente muy hipócrita. Recordando a Lutero podemos decir que la Iglesia tiene que «salir de la cautividad de Babilonia» y volver creativamente a los orígenes.

En el mundo greco-romano los niños, con frecuencia, eran abandonados y vendidos como esclavos sexuales. Era una práctica extendida y admitida. Jesús se opone frontalmente a ella: llama a los niños, pide la solidaridad con ellos, que eran los más débiles, y condena el abusar de los pequeños como el mayor pecado. El cristianismo de los orígenes irrumpió como un movimiento transformador, que tenía en la acogida y cuidado de los niños uno de sus rasgos más característicos. Los tribunales de justicia tienen que intervenir en estos delitos. En la Iglesia no caben parches y debe hablarse claramente: hay que vencer las resistencias para transformar unas estructuras anacrónicas y antievangélicas.

 

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