Cataluña, recuperar la cooperación

Como problema nacional, la cuestión catalana ha rebasado el plano de la discusión ideológica, y se presenta con toda crudeza como un desafío a las bases mismas del Estado español

Cataluña, recuperar la cooperación
Juan José Solozabal
JUAN JOSÉ SOLOZABAL

La reflexión sobre el problema catalán no puede ser más incómoda, consecuencia, sin duda, de su segura inutilidad, pues se aborda desde una pluralidad de enfoques entre los que no cabe la menor posibilidad de entendimiento, ya que la discrepancia es abismal. Entre ellos, en efecto, no se aceptan unas mínimas reglas de conversación.

Lo que especialmente agranda las dificultades del diálogo es que éste ya no versa sobre conceptos o ideas, sino que ha de referirse obligatoriamente a hechos (revolucionarios) que ya han acontecido y que han sido de una gravedad insoslayable. Por ejemplo, yo puedo discutir con un independentista catalán sobre la autodeterminación. Puedo mantener que los nacionalistas simplifican cuando reducen la democracia a la posibilidad de demandar la separación. Me parece abusivo denunciar un sistema político por no reconocer tal pretensión y reputo ventajista el calificar la autodeterminación como derecho, cosa que en puridad, ni desde un punto de vista moral ni jurídico, lo es. Se trata, pienso, más bien de una pretensión o tesis política cuya justificación ha de razonarse en cada caso concreto en virtud de determinadas situaciones o argumentos, pero que no puede presentarse como derecho, esto es, como una demanda cuya validez es indudable, y cuya falta supone una deficiencia que cualquier sistema político haya de ahorrar a su ordenamiento, para no quedar expuesto a su consideración como no democrático o injusto.

La discusión sobre esta cuestión nos llevará sin duda a dos temas relacionados, bien interesantes. El primero es que, aun aceptada la dificultad de la autodeterminación, más allá de los casos de dominación colonial y vulneración sistemática de los derechos humanos, hay supuestos concretos, sea en Canadá o recientemente en Escocia, donde se han encontrado expedientes para, hasta cierto punto, soslayar la inexistencia del derecho a la separación, verificándose, no obstante, consultas sobre la independencia. Hay que decir que estas referencias internacionales son todo menos inequívocas. El ejemplo escocés está respaldado por una situación constitucional favorable, resultado de la inexistencia de Norma Fundamental que se pronuncie sobre la soberanía, así como sobre la base del actual establishment británico en un acuerdo internacional; respecto del caso canadiense, la admisión de las consultas sobre la independencia está formulada en términos sumamente equívocos y sujeta en lo que se refiere a sus consecuencias o efectos jurídicos a graves exigencias, aunque ciertamente, en principio, superables.

Seguramente en la discusión con el independentista catalán surgirá la cuestión de la verificación, más o menos, al modo que se ha producido en los casos a los que nos acabamos de referir, de consultas atinentes a la autodeterminación en el ordenamiento constitucional español. Creo que la polémica en términos de derecho positivo, tras los sucesivos pronunciamientos al respecto del Tribunal Constitucional, no tiene mucha trayectoria. Los referéndums sobre la soberanía, esto es, sobre la independencia territorial, son referéndums de soberanía, y esta ex constitutione corresponde al pueblo español en su conjunto. Naturalmente, estas decisiones del máximo intérprete constitucional no impiden la crítica a las mismas ni, faltaría más, la solicitud de reformas del propio texto constitucional que establezcan sobre otra base el edifico territorial español.

Seguramente lo que aflorará en una sincera discusión con un independentista será la opción de fondo sobre el modelo territorial español, que yo tiendo asumir desde la preferencia por un modelo federal que me parece la opción más razonable, y que se adapta mejor al pluralismo constitutivo nacional. El modelo federal, como resulta sabido, apuesta por una conjunción de las ventajas de la Unión y las posibilidades del pluralismo. Reposa en un equilibrio difícil de conseguir, pues exige, tanto al todo o Estado general, como a las partes integrantes, la moderación en el ejercicio del poder, que es necesariamente contenido y controlable jurídicamente. Este sistema me parece superior, como construcción constitucional, al simplismo y egotismo de los planteamientos independentistas, imposibles de afirmarse sin la mitología y las exclusiones nacionalistas.

Pero, como advertía al principio, la cuestión catalana como problema nacional desafortunadamente ha rebasado el nivel teórico, o sea, el plano de la discusión ideológica, y se presenta con toda crudeza como un desafío a las bases mismas del Estado español. Aquí el margen de apreciación que queda o en el que podamos movernos es bien limitado.

¿Cómo se puede, de una parte, negar la legitimidad del Estado para defender su existencia y continuidad? ¿Está diciendo alguien en serio que cualquier país democrático, digamos Francia o Alemania, Italia o Estados Unidos, habría permanecido impasible ante la subversión institucional de los sucesos del otoño en Cataluña? Tampoco creo que pueda cuestionarse que la responsabilidad de quienes dirigieron tales sucesos se exigirá conforme a los estrictos cánones del Estado de derecho, de modo que la Justicia española haga su trabajo con independencia y libertad, garantizándose plenamente los derechos de los acusados.

Situada la problemática actual catalana en estas coordenadas, lo que propondría es la continuación de la discusión en el primer plano, que es el de la autodeterminación; así como el respeto escrupuloso al funcionamiento del Estado de derecho, que es donde ha de dirimirse exclusivamente la responsabilidad penal por los sucesos del otoño pasado. Quedaría otro nivel, que es el de la gestión de la autonomía, donde la recuperación de la normalidad debe constituir un horizonte en el que recuperar la cooperación y el autogobierno, que las formas federativas, y nuestro Estado autonómico lo es sin duda, cultivan en grado sobresaliente.

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