Por los Cairnworms escoceses

Vista de los Cairnworms, en el noreste de Escocia. /Wikipedia
Vista de los Cairnworms, en el noreste de Escocia. / Wikipedia

Rescatan un libro olvidado de la escritora Nan Shepherd sobre un modo de hacer montañismo que no se obsesiona con la cima, sino que busca la compañía del paisaje, «igual que se visita a un amigo»

Javier Muñoz
JAVIER MUÑOZ

Es una joya olvidada de la 'nature writing', la literatura de la naturaleza que tiene un éxito creciente entre los lectores. Lleva por título 'La montaña viva' y fue escrita inicialmente a finales de la Segunda Guerra Mundial por la profesora escocesa de Literatura Nan Shepherd (1893-1981), que se hizo popular con tres novelas en los años treinta del siglo pasado, aunque el libro al que nos referimos ahora es una obra distinta; un ensayo de gran belleza sobre sus experiencias en el macizo de los Cairngorms, en el noreste de Escocia. El original permaneció metido en un cajón tres décadas hasta que vio a luz en 1977. Errata Naturae lo ha publicado en castellano con un estudio previo del escritor Robert Macfarlane, autor-referencia de los aficionados al senderismo y la literatura.

Los Cairngorms están formados por varias mesetas de una altitud de entre 1.000 y 1.200 metros, de las cuales afloran diferentes cimas (la más alta es Ben Macdhui, 1.309 metros). Declarados parque nacional desde 2003, Nan Shepherd los recorrió a lo largo de su vida y los describió con minuciosidad y poesía, logrando que paisajes y sensaciones converjan sobre una idea central: el montañero y la montaña –la roca, el agua, las plantas, la fauna, la niebla, la ventisca, las tragedias– forman una misma cosa. La filosofía oriental recorre estas páginas, de magistral hermosura y con reflexiones atinadas y plenamente vigentes sobre los caminantes y sobre su relación con el medio, ese escenario en que tantos encuentran la plenitud y unos cuantos la muerte.

Retrato de Nan Shepherd en un billete de cinco libras escocesas.
Retrato de Nan Shepherd en un billete de cinco libras escocesas. / WIKIPEDIA

Los amantes de los espacios abiertos se identificarán con la forma en que Shepherd contempla la montaña, alejada de otros autores, generalmente varones, centrados en la conquista de la cima. A ella le interesa la observación serena del entorno, mientras otros piensan que las cumbres son una excusa para las competiciones. «Enfrentarse a la montaña es algo necesario para todo alpinista; pero enfrentarse simplemente a otros 'jugadores' y convertirlo en una carrera es reducir al nivel de un juego lo que es, en esencia, una experiencia vital».

La escritora reconoce, de todos modos, que sería excesivo calificar los sentimientos que albergan los alpinistas de 'místicos', aunque no rechaza el adjetivo del todo para referirse a ese grupo de forma coloquial. «Para un espectador ajeno, ver cómo alguien camina con seguridad por sitios tan peligrosos recuerda más al paso decidido de ciertos condenados a muerte». En realidad, Shepherd cree que a los apasionados de las alturas los aqueja una enfermedad que «subvierte la voluntad y se impone a la sensatez», y «nunca pedirán curarse».

Síntomas evidentes de esa dolencia son el silencio de los parajes que les gustan y la soledad, aunque la autora, que solía salir de excursión acompañada, no hace ascos en su libro aun buen compañero de caminata, a quien describe como «aquel cuya identidad se fusiona con la naturaleza, al igual que sientes que ocurre con la tuya. Así, la charla que surge forma parte de una vida en común y no puede ser ajena». De todos modos, puntualiza, eso no significa que una conversación en la montaña deba girar forzosamente sobre ella. «Pero escuchar es mejor que hablar», concluye.

Precisamente entre los habladores y principiantes, gremio este último al que Shepherd confiesa haber pertenecido, es donde la gente acostumbra a salir corriendo detrás de la gran panorámica o de una gran cima. Por el contrario, ella asegura que la recompensa puede estar en otra parte. «Y, sin embargo –escribe–, a menudo la montaña se entrega por completo cuando no tengo destino alguno, cuando no llego a ningún sitio en concreto, sino que he salido simplemente para estar con ella, igual que se visita a un amigo sin más intención que la de estar con él».

Huellas de la vida

En esa relación de camaradería, los sentidos del montañero no dejan de actuar y todo llama la atención; la luz, el aire, la flora, los pájaros, los ciervos… A todos ellos dedica la autora unas páginas aparte. «Estas huellas (de los animales) hacen que los paseos invernales por la montaña proporcionen un placer especial. Te ves acompañada, aunque no en el tiempo. Por aquí han pasado una liebre saltando, otra trotando...». Pero Shepherd no se detiene únicamente el el placer de caminar, sino en esos otros momentos en que los alpinistas, lejos de caer en el éxtasis, caen en una trampa mortal, o en que la niebla envía a unos aviadores a la muerte.

«La ventisca es la situación más letal que se puede dar en estas montañas (Cairngorms). Lo que ha de temerse es el viento, más incluso que la propia nieve». El hecho de que una borrasca se pueda cobrar las vidas del hombre o la mujer más experimentados es una realidad que, en opinión de la autora, nadie debe juzgar. «Es el riesgo que todos debemos asumir cuando aceptamos la responsabilidad individual sobre nosotros mismos en la montaña y, hasta que no lo hemos hecho, no empezamos a entenderlo».

Sin embargo, los pobladores de los Cairnworms son menos complacientes con esas actitudes. Asumen que a algunos les guste caminar en medio de la oscuridad o dormir a la intemperie, pero no soportan a los irresponsables. «Hacía el alpinismo invernal no muestran más que repulsa», cuenta Shepherd. «… y hablan con amargo realismo de los alocados jóvenes que juegan con la vida humana despreciando las advertencias que se les hacen. Sin embargo, si una persona no vuelve, salen a buscarla con paciencia, obstinación y habilidad, a menudo en unas condiciones meteorológicas espantosas, y cuando ya no queda esperanza de que la persona siga con vida, buscan el cuerpo sin descanso».

La escritora llama la atención sobre cómo en esas operaciones de rescate aparecen de repente individuos corrientes que descubren una faceta insospechada, la de montañeros ocultos detrás de profesiones rutinarias. «De hecho –explica Shepherd–, hablando con todo tipo de gente que me cruzo por casualidad en la montaña, me doy cuenta de que la enfermedad del misticismo montañero ataca sin hacer distinciones». Es una especie de locura crónica que lleva a buscar la compañía de las estrellas en circunstancias en la que cualquiera acaba creyéndose todas las leyendas de Escocia juntas. «No es de extrañar (…), dice la escritora. «La magia, las hadas y la brujería no están hechas para quienes se quedan en la cama hasta las ocho (de la mañana)».

Temas

Escocia