Ganadería Abendibar: «Los concursos sirven para no quedarse estancado»

Ganadería Abendibar: «Los concursos sirven para no quedarse estancado»
Maite Bartolomé

La vacada de Iurreta obtiene premios por la excelencia de sus reses pirenaicas

GAIZKA OLEA

El otoño avanza sin sobresaltos, como sucede en los últimos años, que más parece que fuera una suave prolongación del verano, y las vacas de la ganadería Abendibar, en Iurreta, aprovechan, aunque no lo sepan, las últimas jornadas que les quedan para pastar en los prados. Cuando empieza a llover en serio, los hermanos Rufino y Leandro Jaio y Josu, el hijo de este último, llevarán a las reses a la granja para que pasen estabuladas los meses más duros del año. Y no porque la raza pirenaica no sea capaz de resistir un invierno gélido, sino porque la tierra se encharca y resulta más complicado alimentarse.

El día de la visita a la ganadería Abendibar (el apellido de Mari Carmen, la esposa de Rufino), era una soleada jornada de finales de octubre, y las vacas pastaban apaciblemente en una pradera situada en la parte alta de Iurreta. De fondo, el rumor de los coches que circulaban por la autopista A8, ajenos los conductores que a unos cientos de metros se encuentran algunas de las más excepcionales muestras de esta raza autóctona: en el reciente concurso del Primer Lunes de octubre en Gernika, los Jaio-Abendibar se llevaron los galardones en las categorías de hembras y mejor ganadería. Otro ganadero de Iurreta, Jon Koldo Bikandi, se alzó con el premio en la sección de machos. «Parece que hacemos bien las cosas aquí», bromea Josu.

Los cuernos de Rubio

Así es, o así lo parece. Los Jaio vienen de generaciones de baserritarras especializados, como tantos otros, en producir de todo un poco. Sobre todo, la leche que vendían en la comarca del Duranguesado. El descenso de los precios de la leche y el refuerzo de los controles en la venta les animaron en 1975 a adentrarse en la cría de ganado pirenaico. Cinco años después, adquirieron más cabezas en las subastas organizadas por la Diputación. Esta raza, de un pelaje rubio pálido, vigorosa y de grandes cuernos, se hallaba en la década de los 70 en vías de extinción: en Bizkaia quedaban unas cien cabezas. Ahora hay censadas en torno a 3.500, gracias al interés de los ganaderos y a las granjas dependientes de las instituciones.

Rufino Jaio, jubilado ya tras trabajar en el ramo de la maquinaria de obra pública, explica que «el cuidado de vacas lecheras es muy sujeto, tienes que estar pendiente de ellas todo el día. Eso no pasa con la pirenaica». Su hermano Leandro tiene una carnicería en Berriz y a sus estanterías va a parar la carne de algunas de las reses que crían en casa. Pero son las menos, porque esta raza es más productiva mediante la venta en vivo de las terneras, cuando se acercan al medio año de vida.

Los hermanos cuentan con unas 70 cabezas, de las que 30 son 'madres', algunos toros y muchas terneras. Durante un tiempo recurrieron a la inseminación artificial para preñar a las vacas, pero finalmente recurrieron a los machos. Disponer de varios toros para la vacada evita, añade, los riesgos de la consanguinidad. Uno de ellos, al que Rufino llama Rubio, es un coloso que rondará los 900 kilos, una bestia a la que han taponado sus colosales cuernos (cerca de medio metro de asta) con cartuchos sujetos con cinta aislante. «Es para que no hiera a las vacas», explica el ganadero. Cualquier 'caricia' de esta mole de músculos basta para dejar baldada a la vaca más resistente.

Estándares raciales

Buena parte de sus terneros van a parar a ganaderías del País Vasco, Cantabria, Asturias, Navarra y Soria. El ganado se alimenta de pasto natural obtenido de los prados que, en su mayoría alquilan en la comarca. El pienso se reserva para los terneros que saldrán al mercado y las reses que irán a los certámenes, cuya nutrición se ve reforzada «uno o dos meses antes del concurso», aclara Rufino Jaio. En el competitivo mundo de la ganadería, donde los interesados en reforzar su cabaña andan alerta en busca del mejor ejemplar, «los concursos sirven para tener una imagen, para andar vivo y no quedarte estancado –añade el ganadero–. Se valora la morfología, los estándares raciales». Y para el lego, los estándares de Rubio y su vacada son impecables.

Y si el lector ha llegado hasta aquí, un cuento nuevo. Sabemos que la tecnología ha llegado a todas partes, pero resulta asombroso (o quizá no) saber que los ganaderos pueden detectar que una vaca está de parto a través de su smartphone. Como lo leen: un dispositivo en forma de anillo colocado en el rabo lanza señales al móvil cuando el animal mueve de forma anómala este apéndice; bien porque lo agita mucho, bien porque lo levanta para favorecer el paso de la cría. Hoy, al menos, hemos aprendido algo nuevo.