Votarlos a todos

Vecinos de San Francisco protestan en una 'marcha funebre'/B.A.
Vecinos de San Francisco protestan en una 'marcha funebre' / B.A.

La campaña comienza a rodar: los políticos hablan de amor y los votantes no deberíamos recelar

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Vaya por delante que si los presidentes de mesa no tuviesen ese mal carácter y ese repentino amor por la ley electoral, yo votaría gustosamente a todos los candidatos. Varias veces. Es que me miran con esas caritas. Y me dicen unas cosas. Bueno, a mí y a todos. En las entrevistas. En los mítines. En los folletos. Qué léxico manejan: futuro, esperanza, ilusión, trabajo, igualdad, solidaridad... Si es que hasta hablan de amor. En el debate entre los seis aspirantes a la alcaldía de Bilbao que organizó ayer la cadena Ser, el alcalde Aburto dijo que nos lleva a los bilbaínos, también a las bilbaínas, en el corazón. El resto de los candidatos, no se crean, también dijo cosas preciosas sobre la ciudad y sus gentes.

«¡Casémonos y comencemos un futuro juntos lejos de aquí, loco maravilloso!», dan ganas de contestarle al candidato. Y a la candidata. A todos ellos. Uno por uno. También a todos un poco en general.

Por desgracia, no todo el mundo se enfrenta a la disputa política con el ecumenismo y el buen talante que a mí me caracterizan. La gente es como es y los votantes son incluso peor. La mayoría de ellos vota como se responden esos tests de las revistas para adolescentes: con desconfianza y un punto de cinismo, más por reivindicar la propia posición dentro de un espectro general, en este caso ideológico, que por una fe inquebrantable en los partidos y sus propuestas. Hay por supuesto quienes sí sienten una gran identificación con unas siglas o un candidato, pero eso es algo que suele pasarse con el tiempo, sobre todo si llevas mucho afiliado y no te cae un puestazo.

El clásico recurso al mal menor y el no menos clásico voto de castigo son otros de los razonamientos que suelen funcionar muy bien a la hora de escoger papeleta. Nada de eso me parece mal. La democracia no es, como a veces se nos quiere hacer creer, una gran fiesta del ideal, sino un interminable equilibrio de fuerzas, una constante salida intermedia. Y lo es desde sus orígenes. Ya en Grecia el sistema nació como una complicada conciliación de los opuestos destinada a evitar males mayores. También había en Grecia campañas de imagen. A Pericles sus jefes de prensa solo dejaban esculpirlo con casco para que no se notase que tenía el hombre la cabeza muy fea, tirando a irregular.

¿Servía de algo? Pues como ahora el Photoshop en los carteles. O sea, de nada. Las campañas electorales tienen algo de enorme representación sin público, de energía dilapidada. Los candidatos se esfuerzan en ellas muy en serio, con frecuencia hasta la extenuación. Y lo hacen sabiendo que es poco el voto que al final se mueve estas semanas. Debe de ser desesperante. Tú estás brillantísimo en un debate, pero la gente tiene decidido desde hace meses votar a tu rival. Porque les cae mejor. Porque es del partido adecuado. Porque una vez les saludó. Porque viste mejor que tú. O porque no lo hace. ¿Qué más da el motivo? Es tan sencillo no votar a alguien. Lo extraordinario, en el fondo, es hacerlo a un solo candidato. Insisto en que se debería poder votarlos a todos. Ellos, como el alcalde Quimby de 'Los Simpson', lo harían. Ellos nos votarían a nosotros.