El triatlón de montaña más duro de Euskadi, desde dentro: «Ni un metro llano, pura agonía»

El Xterra consiste en nadar 1.500 metros, pedalear 34 kilómetros y 10 correr

Josu García
JOSU GARCÍA

Siempre quise embarcarme en un triatlón. Tras 18 años recorriendo pruebas y circuitos de mountain bike por Bizkaia, Burgos, Álava o incluso Marruecos, este año buscaba un reto diferente. Era consciente de que nunca en mi vida había encadenado más de 5 largos de piscina seguidos. Y no corría regularmente desde que jugaba al fútbol cuando era un juvenil. Pero la marca Xterra atrae poderosamente. Era la primera vez que un triatlón de este tipo se iba a disputar en Euskadi. El Xterra es a la montaña lo que el Ironman al asfalto. Dureza y sufrimiento en grado máximo. Pero el escenario no es la carretera, sino el monte, donde no hay ni un metro llano.

Su lema es tan simple como contundente: 'Acabar no es una cuestión de tiempo, sólo llega a meta el que está realmente preparado'. No es una cuestión de ir despacio y guardar fuerzas. Hay tiempos de corte que te dejan fuera de carrera a la mínima relajación. Tras firmar hace un mes y medio la inscripción yo no sabía lo que me esperaba ni dónde me metía. El carrusel de sensaciones que uno puede vivir en unas pocas horas es indescriptible. Desde la sensación de estar ahógándose en el agua a sentir que tus piernas estallan bajo una carga de dinamita al bajarte de la bicicleta.

Sobre el papel, el Xterra de Legutio tampoco parecía algo tan terrorífico: 1,5 km de natación por el pantano de Undurraga, 34 km de mountan bike por las cimas de los alrededores y 10 km de carrera a pie, para la versión full. Yo correría en la categoría sprint (750 metros, 18 km y 6), porque tenía pánico a ese kilómetro y medio de agua. Me enfrentaría a casi 700 metros de desnivel positivo dando pedales y 300 pateando.

Tras pelearme con la piscina en las últimas semanas, el sábado llegó el gran día. Muchos nervios, la verdad. Vaya por delante que preparar un triatlón es también un gran trabajo de logística. La lista de material necesario es interminable: neopreno, traje, gafas de nadar, lentes para la bicicleta, geles, vaselina, herramientas para reparar un pinchazo, guantes, playeras... Y todo esto tiene que estar ordenado en la zona de boxes, en el lugar donde haces la transición, donde cambias de deporte, de nadar a bicicleta, y de la burra a la carrera a pie.

Legutio amaneció este sábado nublado, con 20-22 grados. Aunque adoro el calor, creo que mi cuerpo acabó agradeciendo, al final, que no se superaran los 25 grados. Casi 200 locos esperábamos el momento de partir. La bocina marcó el inicio de nuestra agonía.

La experiencia de nadar en un pantano

Nunca había nadado en un pantano y no me imaginaba que fuera así. Estas desorientado, apenas ves las boyas a las que te diriges y hay tal revoltijo en el agua que empiezas a recibir guantazos y patadas por todos los lados. La sensación de agobio se dispara cuando sumerges la cabeza, abres los ojos y sólo ves un abismo verde bajo tu cuerpo.

Mi estrategia era nadar despacio pero tratando de hacerlo de una manera muy técnica, eficiente, marcando bien las brazadas. Pero la realidad es que andas metido en una sopa de algas, con decenas de personas asustadas que tratan de avanzar a la desesperada. Es como cuando uno levanta una piedra y debajo hay cientos de hormigas enfurecidas que salen disparadas.

La tripa me empieza a doler. He tragado algo de líquido. Curiosamente el agua de ese pantano es la que bebemos, una vez tratada, los bilbaínos. Con más pena que gloria paso la primera boya. Confieso que me dan ganas de subirme al kayak y retirarme. Pero ya solo quedan 500 metros. Ahora todo es restar. Pensar en que estamos más cerca. Al estirarse el grupo nado con algo más de facilidad. Me concentro en mis brazadas. Trato de relajarme. La cosa va mejor, pero todo se complica en la última boya: patada del que está delante en mis gafas, choco hombro con hombro con otro atleta...

Salgo del agua medio mareado por el braceo. Miro el pulsómetro: poco más de 13 minutos. Hemos nadado mucho más rápido de lo esperado. Aún así voy a cola de los 72 que corremos la categoría sprint. Aquí hay mucho nivel.

A 168 pulsaciones

Pero no importa, porque llega la bicicleta de montaña, y eso es lo mío, me animo. En la transición pierdo algo más de un minuto. No es nada fácil quitarse un neopreno. Opto por ponerme calcetines. Mis pies me lo agradecerán. Y guantes, porque dan seguridad para agarrar fuerte el manillar en los descensos. Salgo como una bala deseoso de escapar del infierno líquido en el que me he sumergido.

Me sorprende lo que marca el pulsómetro: 168 pulsaciones. Demasiado. Deben ser los nervios. Necesito relajarme y bajar un poco el ritmo del corazón. Pero en este Xterra no hay un metro llano. De salida empieza la primera cuesta. No hay un respiro hasta el kilómetro 6, así que apretamos los dientes y ponemos la directa.

Empezamos a pasar a gente. Primero se asciende el monte Jarindo. Tiene rampas del 20%, pero el terreno es muy ciclable: pista ancha y buen firme. En algún punto veo a dos ciclistas bajados empujando su montura. Están vendidos. Lo que les queda por penar, pienso. Antes de coronar hay unas vistas espectaculares del pantano. Se ven las tres provincias: Álava, Bizkaia y Gipuzkoa. Preciosa tierra la que tenemos.

Tras hacer cima se desciende ligeramente y se afrontan varios repechos en continuo sube y baja. Meto el plato grande y seguimos la remontada. Empieza entonces un descenso por una especie de cortafuegos. La pendiente es brutal y el suelo irregular hace que vayamos dando botes y saltos. Veo más gente caminando por miedo a caerse que subida en el sillín. Empiezo a disfrutar. Siento la velocidad en mi cara. El traje ya se ha secado. Esto marcha, me digo.

Sin tiempo de relajarse encadenamos la segunda subida, esta vez al monte Albertia. Y aquí está la gran emboscada del Xterra: un terreno repleto de hojarasca, en mitad de un hayedo sombrío, con el suelo húmedo y donde apenas penetra la luz. Un paso tan tenebroso como espectacular. La rueda se agarra horrores. Toca meter el plato pequeño y el piñón grande, y tirar de riñones y capacidad de sufrimiento.

También de técnica, porque se pasan varios arroyos. En algún momento subimos literalmente pedaleando sobre las piedras del curso del río. Los bikers puros estamos acostumbrados a esto, pero veo muchos atletas que seguramente vienen del asfalto y sufren. Se bajan de la bici, la empujan, no encuentran el ritmo.

Corono el Albertia justo cuando mi pulsómetro marca que llevo una hora sobre la bici. De aquí a Legutio es todo bajada. La primera parte es complicada, porque hay que sortear innumerables árboles. Pero vamos rápido. Alcanzamos los 48 kilómetros por hora en algún punto. Llegamos al pueblo y el público no para de animar, entre ellos mi familia y amigos. Esto te da un subidón impresionante. Es de agradecer y hace que no cedas en tu esfuerzo, porque lo que viene ahora es brutal. Dicen los expertos que se entrena, pero yo no me lo creo.

Y por último... ¡a correr!

Cuando dejas la bicicleta y te pones a correr parece que te vas a desmontar. Me siento como un muñeco de lego: rígido, inestable, con riesgo de fracturarme. Y como siempre en el Xterra, ni un metro llano. El circuito nos dirige a la montaña. Corro como puedo. El primer kilómetro a 5 minutos y 31 segundos. Pero empieza un sendero con mucha pendiente y yo ya no tengo piernas. Así que toca caminar. Veo que no soy el único. Por delante cojo a más gente que ha dejado de correr. Aquí los atletas que hacen trail se están vengando de nosotros los ciclistas de montaña. Alguno me pasa con insultante suficiencia. En el segundo y tercer kilómetro marco 8 minutos y unos pocos segundos. Muy despacio, la verdad.

Alcanzamos a un par de corredores que literamente se arrastran por calambres. «Sigue, tranquilo, solo es agotamiento», me dice uno. Al fin coronamos. Comienza una bajada monte a través increíble. Descendemos por un colchón de hojas secas. Dan ganas de parar y tumbarse a descansar. Pero seguimos. No es fácil perder altura. Duelen las piernas porque hay que ir frenando para no caerse. Sufren los cuádriceps y las rodillas. Y llega la sorpresa final: la subida a Legutio por unas tortuosas escaleras. Intento correr por orgullo, por llegar en marcha y no andando. Alterno la carrera con la caminata. Y, al fin, llegamos arriba. Solo he perdido un puesto en una disciplina que no es la mía. No está mal. Pero ya solo me importa llegar.

La meta está en ligera bajada. Gracias, señor. Y allí está mi gente animando. Choco la mano de un colega y la de mi mujer. Mis hijos corren a abrazarme. Me emociono. También están mi padre y mi hermano. Todos se han puesto camisetas que llevan fotografías de mis aventuras ciclistas. El speaker dice mi nombre y me entrega un papel, en el que se puede leer mi tiempo: 2 horas y 6 minutos. Puesto 17 de los 72 locos que corremos la categoría sprint, donde gana Javier Fernández del ANb Fanox (en el full vencen el madrileño Alejandro Pareja y Eva García, de Guadalajara, y el vizcaíno Mikel Loizaga -4° en la carrera- se lleva el campeonato de Euskadi). No me lo esperaba. No me lo creo. Se me pone una sonrisa de oreja a oreja. Ya no importa el cansacio. Mi único objetivo era acabar y pasar los exigentes cortes. Y sobrevivir al agua, claro. Aún no he asimilado lo conseguido, pero tengo claro que el Xterra es algo único: un desafío que te lleva al límite y en el que no hay ni un metro de descanso porque el terreno llano no existe. Y en Euskadi tenemos cuestas para aburrir. Larga vida al triatlón de montaña.

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