Así funciona el Banco de Alimentos

Koldo Aznar, voluntario del Banco de Alimentos, retira una caja con productos donados en un supermercado de Barakaldo.//Fotos: Sergio García
Koldo Aznar, voluntario del Banco de Alimentos, retira una caja con productos donados en un supermercado de Barakaldo./ / Fotos: Sergio García

Veinte voluntarios peinan a diario los 'súper' en busca de productos a punto de caducar para atender a los más desfavorecidos. «Para muchos, la crisis todavía no ha acabado», advierten

SERGIO GARCÍA

Amaia Urberuaga, una australiana de 63 años, cabello blanco como la nieve y porte fornido, es descendiente de lekeitiarras que emigraron a Australia en los años 20 del siglo pasado. Ella nació allí y no regresó a la tierra de sus antepasados hasta que cumplió 18. Trabajaba de intérprete de eventos - «me defiendo mejor en euskera y en inglés que en castellano»- hasta que metida ya en los 50 volvió a las Antípodas y dedicó seis años a recorrer su país en furgoneta. Algo debió de pasar allí, porque a su regreso decidió imprimir un giro a su vida y hacerse voluntaria del Banco de Alimentos. «Quizá por ser yo también emigrante veo las necesidades de los demás como algo propio. Lo que está pasando con los refugiados, por ejemplo, me indigna».

Amaia coordina un equipo de veinte personas y siete furgonetas de reparto en el programa 'Último minuto', una iniciativa consistente en la recogida diaria de productos perecederos que todavía no han caducado y están en buen estado, con los que garantizar el suministro a familias en situación vulnerable. 30.664 personas desfavorecidos vieron aliviada su situación el año pasado merced a la labor desinteresada de este banco con sede en Basauri, «cuyo principal activo es la gente». Amaia no cambia su cometido por nada del mundo. «Si no fuera por la gente de base, esto no funcionaría. Es generosidad en estado puro. Nunca se deja nada sin atender, no importa la hora», explica mientras separa la mercancía en mal estado o la que está pasada de fecha.

Cuando oye decir que estamos saliendo de la crisis se la llevan los demonios. «Seguimos necesitando que nos echen una mano, se reparte lo mismo o más que antes. Y eso que hay gente que no recoge su ayuda por vergüenza o acude a otro barrio para que no la reconozcan». Para ellos, explica, pedir representa un «estigma», el pozo del que no logran salir, «por ejemplo, miles de autónomos que después de años expuestos a los vaivenes de la economía» sucumbieron al signo de los tiempos. Ninguno de los voluntarios con los que ha hablado este periódico han sido beneficiarios de esos lotes que marcan la delgada línea de la supervivencia, pero desde su atalaya han visto la realidad más amarga.

La generosidad va por barrios

Félix Lauria, jubilado, era hasta hace tres años carrocero en Santutxu. «Empecé para tener con qué llenar el tiempo y me enganché», explica al volante de la 'Mercedes Sprinter' que comparte con Daniel Sedano, que empezó haciendo colectas y con el que ahora se alterna de chófer». El trasiego es incesante. «Desde que abrimos a las 8 de la mañana ya hay entidades que envían vehículos para recoger la ayuda». El miércoles, el día que EL CORREO escogió para hacer su ruta, todos estaban pendientes de Vicente, jubilado de una empresa de inserción laboral, que había salido de madrugada a Ondarroa por una buena causa. «Hay un armador que prefiere darnos parte del género antes que tirar los precios. Hoy me he venido con 144 cajas de lirios, 800 kilos», relatan agradecidos. En cuanto la mercancía llega a la base de Basauri, Amaia agarra el teléfono y empieza a avisar a todo el mundo. San Felicísimo, CEAR (ayuda al refugiado), Hermanitas de los Pobres, Hijas de la Caridad, la parroquia del Corazón de María... Visto y no visto.

Félix y Daniel están a cargo de la ruta de Bilbao: Basurto, Rekalde, San Adrián, Miribilla, Corte Inglés, Iturribide y Atxuri; mientras a otros compañeros les toca peinar la Margen Derecha, la Izquierda, el Duranguesado. «Mercadona merece una ruta exclusiva, por el volumen de carga que maneja y la excepcional calidad de lo que dona», pondera después de pasarse por el establecimiento de la cadena valenciana. Lechugas imperiales, berenjenas lustrosas, alcachofas de exposición, vainas tiernas. Los lunes, miércoles y viernes tocan los Simply; los martes y jueves, los Eroski. Hay establecimientos que merecen una visita diaria, como el Eroski de Miribilla o el Carrefour de los Santos Juanes. «Al final todo se reduce al grado de implicación de los trabajadores, que son los que separan el género en función de la fecha de caducidad. Mejor dárnoslo a nosotros que le vamos a sacar partido, que tirarlo a la basura dentro de un par de días».

Daniel no alberga dudas: «Los barrios más humildes son también los más generosos». Y eso que el perfil de los donantes no puede ser más variado. «Aquí viene gente con la cesta que le da la empresa por Navidad, o jubilados con una pensión minúscula que llenan dos carros cuando celebramos la 'Gran Recogida' -la última el pasado diciembre-». No son los únicos. Al Banco de Alimentos llegan desde decomisos de la Policía -como los veinte marrajos interceptados en Ondarroa la pasada semana- y lotes de potitos o leche en polvo de las farmacias, hasta pasteles del obrador de Arrese o Kaialde en Portugalete, «la particular contribución del Banco de Alimentos al colesterol -bromea Daniel-. Pero qué narices, todos tenemos derechos a comer dulces». También cargamentos de salchichas y chóped de Campofrío, que el viernes mereció una visita relámpago de Félix y Vicente a Burgos. Para cuando lean estas líneas, den por seguro que los 'perritos' habrán volado.

«Recibo más de lo que doy»

En Barakaldo, Antonio Fernández y Koldo Aznar acaban de terminar en Mercadona. Van siempre juntos, «pero no revueltos ¡ojo!», apostillan con una carcajada. Han llenado la mitad de la furgoneta y su alegría es contagiosa. «Cada uno da en la medida de sus posibilidades, unos un cartón de leche y otros dos palés cargados de naranjas, como nos ocurrió aquí la semana pasada», explica Antonio mientras enfila la cuesta de Beurko camino del Simply de Gabriel Aresti. El tráfico es infernal, su particular caballo de batalla. «Por la mañana no hay tanto problema, nos apañamos con las zonas de carga y descarga. Pero conforme pasa el tiempo, encontrar un hueco para dejar la 'furgo' es una pesadilla. A menudo uno tiene que quedarse a bordo y dar vueltas a la manzana hasta que el otro sale cargado como un burro».

En su contexto

4.001
toneladas de comida, valoradas en 7,7 millones de euros, fueron repartidas el año pasado por el Banco de Alimentos (BAB) a través de 235 entidades de Bizkaia. En 1995, el volumen de los productos recogido apenas alcanzaba las 30 Tn.
Último minuto
. Es el nombre de la iniciativa puesta en marcha para retirar productos perecederos de grandes superficies, fundamentalmente lácteos, frutas, verduras y panadería/pastelería. Se calcula que el 5% de los alimentos que recogen llega por esta vía. 2017 fue el primer ejercicio en incorporar la línea de productos congelados: 44.592 kilos, en su mayoría de proveedores de otras provincias.
160
voluntarios integran la primera línea del Banco de Alimentos. Jubilados, parados, contratados a tiempo parcial... Una veintena de ellos lideran el programa 'Último minuto', que contempla cuatro rutas -Bilbao, Margen Izquierda, Margen Derecha y Duranguesado- y una quinta puesta en marcha hace apenas un mes, la recogida en locales de Mercadona. Funcionan de lunes a viernes.
Retorno a la sociedad
. Comparados con los 244.000 euros de gastos de funcionamiento, el retorno es elevadísimo: por cada euro invertido hay 32 que se devuelven a la sociedad en alimentos aptos para el consumo de las personas más desfavorecidas. De los 30.664 beneficiarios, 6.825 son menores, según datos de la Memoria 2017 del BAB.
131
kilos recibe cada perceptor al año. Se ha implantado la distribución de una dieta que cubre al menos el 65% de las necesidades alimenticias y el 25% del aporte en kilocalorías. Actualmente se trabaja en una línea de productos específicos para menores con intolerancias alimentarias.

Vicente ha salido al encuentro de sus compañeros. «Mi única obligación es ir a por mi nieto a las 7 de la mañana. Pero, ¿qué hago a las 9? Además, a mí esto me llena en lo personal. ¿Tú sabes lo que significa para una mujer con una pensión de 400 euros y un hijo, que no tiene ayudas, recibir un lote de comida? ¿Lo gratificante que es? A menudo es la diferencia entre irse a la cama de vacío o con algo caliente en el estómago», relata sereno, con la mirada de quien ha sido testigo de muchos naufragios. «En serio, siempre digo que yo recibo mucho más de lo que doy». Antonio es de la misma opinión. «Me emociona cuando veo a los chavales de los colegios traer cosas de casa y ayudar a cargarlas, porque mientras hacen algo que para ellos es un juego, hay otro niño en otro sitio que va a dejar de pasar hambre». Y cierra de un portazo, ajeno al recital de bocinas que le envuelve y «satisfecho». Misión cumplida.

Comedor social de los franciscanos

Legumbres y lomos de tiburón de un decomiso en Ondarroa

De primero, lentejas. Un centenar de voluntarios colabora por turnos en el comedor de Irala.
De primero, lentejas. Un centenar de voluntarios colabora por turnos en el comedor de Irala.

Ibrahim ha cambiado por unas horas su refugio al socaire del viaducto de Rekalde por el comedor de los Franciscanos de Irala, donde le espera un plato caliente de lentejas y unos huevos hervidos con tomate. Es una de las 200 personas que se acercan hasta este recurso asistencial para calmar el hambre y charlar con cualquiera que comparta su destino. La parroquia ofrece dos comidas al día -12.30 y 19.30- y un 'café calor' a media mañana que también tiene su público.

El comedor de Irala es una de las entidades que recibe aportes del Banco de Alimentos, un manantial que se nutre lo mismo de empresas que de particulares. «Nos dan la vida». Hasta allí 'viajaron' esta semana 120 de los 800 kilos de lirios donados por un armador de Ondarroa. Y dos de los veinte tiburones marrajos que funcionarios del Servicio de Inspección Pesquera interceptaron por tratarse de una especie protegida.

Pero hay más. 24 toneladas de excedentes comunitarios -legumbres, aceite, lácteos, azúcar, galletas, pasta- que llegan al año repartidos en tres entregas. O los 2.000 kilos al mes en que se sustancia el Plan de Pobreza, conveniado con el Ayuntamiento de Bilbao, que incluye productos congelados como alas y muslos de pollo o verdura, a veces incluso rosco de Navidad o croquetas. O los 700 kilos de fruta y verdura que llegan desde Mercabilbao.

Pendientes del Ramadán

«Ahora estamos almacenando artículos de cara al Ramadán, que empieza el día 15. Preparamos lotes de zumo, dulces, bocadillos, fruta, latas, chocolate... ¿Qué van a hacer con un táper de alubias, si muchos no tienen ni dónde calentarlas?», detalla Toño Pérez, coordinador de esta pequeña Babel que sale adelante con dos cocineros y dos educadores contratados, y un centenar de voluntarios.

No son los únicos. Al cabo del año pasan cuatrocientos estudiantes de colegios como Askartza, Jesuitas o Hijas de la Cruz, y también un par de veces 40 empleados de La Caixa, de Iberdrola... Hasta universitarios, que, llegado noviembre, recogen dinero y compran ropa térmica para aquellos que duermen en la calle.