el Carnaval resucitó en bilbao hace 40 años

Los bilbaínos saben cómo disfrutar su Carnaval. /Pedro Urresti
Los bilbaínos saben cómo disfrutar su Carnaval. / Pedro Urresti
JON URIARTE

Cuarenta es número redondo, sea en años o jugando al mus. Y esos cumple la resurrección del Carnaval de Bilbao. Lo que no deja de ser paradoja, por aquello de la mala relación entre los rezos y las máscaras. A lo que añadiremos a políticos que vieron en la fiesta algo anárquico que debía ser erradicado. En nuestra villa durmió un obligado sueño hasta 1978. Ahora hablaremos de ello. Antes queremos dejar claro que siempre tuvimos Carnavales. Hay datos de su existencia en Bizkaia, allá por 1331. Iñaki Irigoien escribió sobre una carta que María Díaz de Haro envió a Lekeitio en la que, para ubicar fecha, hacía referencia a las Carrascoliendas, forma de referirse entonces a lo que ahora denominamos tiempo de Carnaval. Y hay un requerimiento del Síndico al Alcalde de Bilbao fechado en 1430 pidiendo mano dura con los vecinos que habían cantado coplas hirientes. Lo que confirma que viene de viejo. Eso suponía una constante preocupación para las autoridades y el clero. Sobre todo por su naturaleza espontánea y popular.

Aunque eso nunca impidió que cobraran impuestos. Como el de bailes de máscaras, que tenías que pagar en 1913 para participar en el Campos Elíseos o en la Plaza de Toros de Indautxu. Por cierto, había novilladas y toro ensogado. Tampoco faltaban los partidos de pelota y las comparsas que amenizaban las calles de forma similar a lo que sucede hoy en Cádiz. 'Los Bebés', 'La Palma', 'Los Bohemios', 'Los Astrónomos'... son algunos de los nombres que quedaron para recordarnos que las comparsas siempre fueron el motor de todo. Incluso para su reactivación. La que despertó los antifaces tras las varias prohibiciones que sufrieron. Como la del 20 de octubre de 1905 cuando el ayuntamiento suprimió la fiesta. O después con las dictaduras de Primo de Rivera y de Francisco Franco en las que casi se dio la extrema unción al Carnaval.

Pero llegaron los aires democráticos. Deusto por un lado y la asociación de vecinos Bihotzean de la Siete Calles por otro, deciden llenar las aceras de coplas. Un año después, tras el éxito de la Semana Grande rebautizada como Aste Nagusia, las comparsas deciden que 1979 sea el año para que Bilbao vuelva a tener su Carnaval. «Y se crea al personaje Mikel Inauteri, que llegaba por la ría», rememora Marino Montero que no solo estaba allí, sino que en estos asuntos es el mejor cronista. Su relato deja claro que ese primer intento no fructificó. Tampoco el de 1980, donde hay cartel sin concurso previo. El Ayuntamiento se implica y se da forma a Begoño Majadería y Familia, personajes surgidos de la mente de Pedro Goiriena. Siendo interesante, tampoco cuajó.

Así que, en 1981, deciden buscar una versión de Marijaia y se piensa en el Agua de Bilbao. «Se fabricaron botellas de más de tres metros de alto –señala Marino–. En la película 'El Pico' aparece una». Son años con sokamuturra, bajada del Gargantúa y fuegos artificiales. «Pero el cambio llega en 1984», nos advierte. La clave radica en la recuperación de los juicios y la creación de Farolín y Zarambolas. «Ahora todos tienen pregonero y txupinera, pero esos dos personajes son exclusivos de nuestra villa», sentencia, dejando clara su importancia. A ello ayudó la elección de los primeros. Clemente y Don Celes. No había mejor forma de explicar las dos caras del bilbainismo. El Farolín que presume y fanfarronea y el Zarambolas que lo vive desde la autocrítica y el escepticismo.

Pero también eso cambió. «Hacia 1987 pasaron a ser una especie de premios naranja y limón. En 1998 me convierten en Zarambolas y un año después convocamos a todos los anteriores en el Boulevard», evoca y nos lleva hasta aquel 10 de febrero de 1999. Desde entonces han sido muchas las personas que han ejercido de estos personajes. Sus nombres habitan en las placas de una columna que subió del «Arenal para asentarse en el Iruña. Ahí está. Si van por allí recuerden que en ellas solo hay parte de un tesoro. El que siendo inmaterial, es incalculable. Porque habla de la fiesta más popular y txirene que existe. El Carnaval. Ese rato ácrata y genial que siempre tuvo Bilbao.