Arte y risas para un mundo más justo

La actriz y humorista Virginia Imaz, premio Emakunde 2018, bordó su intervención./Luis Ángel Gómez
La actriz y humorista Virginia Imaz, premio Emakunde 2018, bordó su intervención. / Luis Ángel Gómez

El Museo Guggenheim acogió ayer una gala solidaria de Unicef con artistas vizcaínos

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

Una estatua ecuestre abandonada en mitad del escenario estuvo a punto de obligar ayer a la cancelación de la gala anual de Unicef. Un voluntario, que lanzó varios conjuros africanos, logró 'in extremis' que el jinete descabalgara pacíficamente y se marchara sonriente. Con ese golpe de efecto sorprendente arrancó en el Museo Guggenheim una cita solidaria que llevaba el título 'Bilbao Artistak Pro Unicef' y cuya recaudación íntegra va dirigida a la organización sin ánimo de lucro que trabaja con la infancia en Naciones Unidas.

«Seguimos derribando fronteras», recitó con garra el rapero baracaldés Betto Snay, uno de los primeros en subir al escenario. Le siguió el mago Jon Zabal, que eligió a una voluntaria para sentarse en una de cinco sillas barajadas al azar. Cubiertas con un cucurucho de papel, en las cuatro restantes apareció un afilado cuchillo. «¡Menos mal que ha salido bien el truco! Que si no, ¡vaya muerte más tonta!», compartió el ilusionista.

Los malabares con bolos de Endika Salazabal hicieron disfrutar a los más pequeños del público. No tardó Toni La Sal en aparecer tras el telón para que su marioneta, Agur-tzane, saludara a los asistentes. El presentador Jokin González reivindicó «la profesión de locutor de radio» antes de que dos bertsolaris tomaran las tablas.

En el auditorio predominaba la veteranía, pero no faltaron familias con niños de corta edad. Como Danel Fernández, que a sus tres años seguía atento toda la función junto a Eva Clemente y Cecilio Fernández. «Es bueno que vengan a estas cosas desde pequeños», explicaba ella. Otro asistente, Julián Martínez, se decidió a acudir «para ayudar en lo que se puede» y reclamó «que el año próximo seamos más». Alguno admitía sin reservas que «a mí me ha liado mi mujer» y otros reclamaban «más promoción del evento».

Arriba; el espectacular comienzo de la gala con una escultura ecuestre que cobró vida; a la derecha, Toni La Sal, uno de los organizadores, saludó acompañado de Agurtzane, su marioneta; y abajo, una de las artistas que interpretó una aria. / Luis Ángel Gómez

A la salida, Mari Carmen Martínez, Elena Arraiz, Marta Arraiz y María Jesús Etxebarria, asiduas visitantes del museo, explicaron que «es la primera vez que venimos a esta gala de Unicef y lo hacemos contentas por el motivo que era». «Nos ha encantado, especialmente la humorista del final, que decía verdades como puños», añadieron. Y es que la actuación de Virginia Imaz, premio Emakunde 2018, fue digna de aplauso. Con buen humor expuso que era «muy dada a las tonterías y, juntando una con otra, he hecho un oficio». Pero enseguida viró hacia ironías con una gran carga de fondo. «A los que queréis cambiar el mundo, la sociedad os ve a como a mí, con esta pinta y mi nariz de payaso», lamentó. «Somos la monda porque hemos llegado a Marte, pero sigue habiendo hambre en la Tierra». Luego propuso un juego a Eider y Naroa, dos chicas del público. Les dio una raqueta a cada una. «Tenéis los mismos derechos, el mismo marco, pero a una de vosotras le falta algo importante... la red. Venga, y ahora el primer mundo saca y juega en casa». «Algún día, con todo, nos devolverán la pelota de la pobreza y no sabremos qué hacer», zanjó Imaz. Fue ovacionada.

La voz de Mocedades

Ana Bejerano, quien fuera durante ocho años la voz femenina que relevó en Mocedades a la mítica Amaya, interpretó un tema junto al guitarrista Eduardo Basterra. «Habla de la simbiosis que surge entre una caracola y una medusa, que se adaptan perfectamente sin que una hable 'caracolense' ni la otra 'medusiense'», bromeó Basterra, autor de la letra. También se pudo escuchar una hermosa aria bien interpretada.

El fin de fiesta corrió a cargo de Iñaki Basabe, que entonó junto a todos los participantes la bilbainada 'Un inglés vino a Bilbao'. «Hay que agradecer mucho que, en lugar de marcharse de puente, haya venido hasta aquí toda esta gente del bien común», valoró Isidro Elezgarai, presidente de Unicef en el País Vasco. El propio Elezgarai reconoció que «se nos conoce más por la atención de terremotos y desastres naturales que por la labor que hacemos aquí impulsando el cambio de las leyes en favor de la infancia». Y es que como recordó la humorista Virginia Imaz, los de Unicef son «esos tipos capaces de tocar el corazón de gente fría, que parece una estatua, y hacer poco a poco que cobren vida».

Una campaña para que todos los niños tengan un nombre

Cada vez que se acerca el nacimiento de un niño se levanta una polvareda inmensa de sugerencias. La abuela querría ponerle el nombre del santo que corresponda, un hermano propone llamarle como su padre, a la tía le gusta cómo suena el apodo del bisabuelo y los padres acaban zanjando el asunto anunciando que ya está decidido. Pero ese alboroto, festivo y natural, no sucede en todas las latitudes. «En Níger, uno de los países con más miseria de la Tierra, lo habitual es no ponerle nombre al recién nacido. Previendo que pueda morir, quieren rebajar el dolor evitando darle nombre», explicó Isidro Elezgarai, presidente de Unicef en Euskadi. La entidad acaba de iniciar una campaña que, por 3,5 euros, puede evitar «la muerte del niño y de la madre» en las horas posteriores al parto. Con esa pequeña cantidad económica, Unicef -la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia-, envía un lote de medicamentos, una mosquitera y una vacuna que sirven para evitar buena parte de las causas de la mortalidad infantil en Níger. La iniciativa, que en redes se está popularizando bajo el 'hashtag' #unnombreunavida, concreta que «unos 7.000 niños mueren cada día sin un nombre».

 

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