Una fórmula obsoleta

Una fórmula obsoleta
JORDI ALEMANY

Un cancionero de mestizaje rutinario y conservador que no pasó del pastiche suministraron los parisinos Flor Del Fango en la Plaza Nueva

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Padeciendo el concierto que seleccionamos el sábado entre la pobre propuesta musical del Ayuntamiento para este estío volvimos a pensar que la fórmula de la música en vivo en la Semana Grande está peor que obsoleta. Y no concluimos esto sólo por comparación con otros lugares que seguro no presumen tanto de sí mismos: con las fiestas de Gante que regalan conciertos a todas horas pagados por patrocinadores privados en ambiente pulcro; con los macroconciertos con entrada libre del festival de jazz de San Sebastián, donde este año hemos visto a Joan Báez y Jamie Cullum; o, ya puestos, con los eventos de fiestas de Valladolid, que nos han contado que el sábado 7 de septiembre en la Plaza Mayor actuarán gratis Franz Ferdinand, que a Bilbao han venido como cabezas de cartel del BBK Live Festival, para más inri subvencionado por el ayuntamiento.

El sábado, primer día de fiestas, el programa oficial municipal ofrecía tres directos principales a la habitual hora tardía (¿por qué han de empezar todos a medianoche o casi?). Eran estos tres: en La Pérgola oficiaba Celia Flores, la hija de Marisol haciendo de tal, pero con menos nivel según lo que chequeamos en YouTube; en Abandoibarra volvía a abrir la Aste Nagusia un grupo en euskera, en esta ocasión el metalero y eibarrés Su Ta Gar cerrando su gira del 30 aniversario, pero lo descartamos porque ya se le puede ver por muchas fiestas; y en la Plaza Nueva se plantarían los franceses Flor del Fango, donde militan exmúsicos de Mano Negra, y crédulos y optimistas apostamos por ellos.

Fue un rollo macabeo, oigan. Si Mano Negra molaban y crearon escuela fue por su actitud y credibilidad. No obstante, esta Flor del Fango pecó de rutinaria, no mordió nunca, le faltó chispa siempre y se tomó el bolo como un trabajo que no pasó del pastiche. Lo bueno es que en la Plaza Nueva hubo sillas (nada más llegar quedaban asientos libres y según pasaba el tiempo muchos espectadores desertaban hasta dejar las sillas tan vacías que parecía que llovía) y que fue un bolo corto, ni siquiera hora y cuarto para una quincena de canciones (llegamos tarde debido al retraso del bolo del Azkena; una cosa encomiable de los bolos institucionales es su puntualidad, subrayémoslo).

El miembro más entusiasmado del sexteto (según las fotos promocionales son siete u ocho, pero aquí vinieron sólo seis: dos percusiones, un teclista, un bajista, un guitarrista y una vocalista que a menudo cedía el micrófono para que cantaran sus compadres) fue el bajista argentino, con su pinta de viejo hippie, que repetía que le gustaba el País Vasco, que era la primera vez que tocaban aquí, que se emocionaron al cruzar 'la Bidasoa', o que tiene tres hijos en la Patagonia. Un argentino hablador, como otro que nos cruzamos en las recientes vacaciones y que no callaba con nadie.

Pues esta Flor del Fango va de fusionera y mestiza, de progre («todos estamos en la misma lucha», sostuvo la cantante al presentar una canción zapatista), pero sónica y estéticamente es conservadora y su fórmula también parece obsoleta. Espiritualmente la cita no trascendió de una verbena pueblerina y ellos mismos actuaron con mentalidad funcionarial, como cumpliendo un curro, algo que les sucede a muchos músicos franceses pues gozan de buenas condiciones laborales si se hacen autónomos y superan un mínimo de fechas (salvando las distancias, eso es como el PER andaluz).

Nada más pillar sitio delantero y empezar a catar la propuesta de esta banda parisina que canta en castellano, como se decribieron, nos entró el sueño. En serio. Y es que Flor del Fango sonaron a unos Clash de rebajas y sin gancho (por culpa del retraso del Azkena no llegamos a tiempo de oír su versión del 'Spanish Bombs'). También nos perdimos un son jarocho titulado 'La marihuana', pero sí pudimos analizar temas de rock fronterizo americano trufado con rap, más saldos de los Clash ahora en italiano (uno que decía dónde va la gente, la luna, el sol...), o cumbia potable que gustaría a Fermín Muguruza ('Agua', «la fuente de la vida, no se vende», preconizó su guitarrista talludito embutido en un chaleco de cuero que mostraba su vientre redondo).

«Lo bueno es que no conocéis ninguna de las canciones. Todo son sorpresas. También para nosotros, que estamos tocando muchas nuevas», soltaron en una presentación. Vaya, quizá a eso se debió la irregularidad de su flojo repertorio. Aburridos resultaron en 'Tiempo tirano', con su aire de Clash de baratillo, y en el folk andino 'El Bolsón', con su onda de verbena, pero de seguido nos sorprendieron con un post-funk modernista. Aun así, el público seguía desertando. Un puñado de espectadores animados con ganas de fiesta bailaban frente al escenario, y Flor del Fango continuaron hibridando progresividad con folk, osando con exótica jamaicana y sorprendiendo con una versión del 'Dame veneno' de Los Chunguitos en forma de rock rumbero barraquero y psicótico por bizarro.

Después de esta hicieron mutis. No había pasado ni una hora de verbena. Se pidió bis con poco entusiasmo y al reaparecer dijo el guitarrista: «Desde ahí dentro no se oía nada. Parece que no hay nadie en la plaza». Ya. Aún les dio tiempo a facturar el vals-ranchera zapatista («que la justicia brille sobre la tierra entera», dice su letra) y dos piezas postreras que les quedaron mejor: un rock danzón a lo Billy Idol titulado 'Mambo', y el rock a lo Shaka Ponk 'Paz y pan', que debe ser de las nuevas composiciones porque no encontramos la letra en Internet, una letra de un simplismo buenista que daba risa. Pues ojalá este sea el punto más bajo de nuestra Semana Grande, señoras y señores.

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