Votar en San Prudencio, cosa de niños y borrachos

El 28 de abril, cita con las urnas para las generales. /A. Gómez
El 28 de abril, cita con las urnas para las generales. / A. Gómez
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

La barra de un bar suele ser una opción sugerente para pegarte una inmersión de verdad de la buena, frente a «tanto móvil y tanta chorra», que dicen los riojanos. Al franquear la puerta de cualquier establecimiento debiera prohibirse taxativamente el uso del móvil. O al menos esa era la opinión de Jesús, el dueño de aquel bar en el que acababa de entrar huyendo de una lluviosa y desapacible tarde vitoriana.

Allí, en la puerta del establecimiento, un cartel advertía de modo expeditivo de las particulares condiciones del derecho de admisión: «Abandona usted la realidad virtual y entra en la realidad verdadera. Prohibido el uso de móviles. Ni wifi, ni hostias».

He de reconocer que el hecho de no poder echar mano al móvil, a riesgo cierto de ser puesto de patitas en la calle por el tasquero, impelía a todo el mundo a una charla distendida e intrascendente, conocieras o no a tu interlocutor. Y todo nuevo tema de conversación que surgiera era saludado de forma efusiva por la amable concurrencia.

Así, desde la esquina en la que me acodé, lugar privilegiado por su inmejorable perspectiva, estaba claro que el tema recurrente de todos los corrillos eran las elecciones y la eventualidad de que estas se celebraran el día de San Prudencio. -Que ya son ganas de joder, apuntaba un parroquiano. Con el lunes fiesta y el miércoles puente, medio Vitoria va a estar en Benidorm y la otra mitad en un viaje de esos de «si hoy es martes esto es Bélgica».

Había unanimidad prácticamente absoluta a lo largo de la barra sobre la inoportunidad de la medida que estaba a punto de adoptar el Presidente Sánchez, obviamente desconocedor de los efectos que su decisión causaría en el predio vitoriano. A tal punto, que todas las conversaciones acabaron por converger, exponiendo cada cual sus cuitas contra la convocatoria electoral y los numerosos planes que esa medida arruinaría a cada cual.

Los gritos para hacerse oír viajaban a lo largo de aquella barra de acero, que el propietario y camarero frotaba y frotaba con fruición a cada minuto, empeñado en convertirla en un espejo inmaculado.

-¡Pues a mí me parece de puta madre! Irrumpieron con un vozarrón imponente aquellos dos metros de humanidad y más de ciento veinte kilos de peso que definían al tabernero. Lo que pasa, terció, es que la gente no tiene ni iniciativa, ni espíritu empresarial, ni visión de futuro. Y así nos luce el pelo.

Todo el público del bar se giró hacia el lugar que ocupaba el propietario y, por vez primera, el griterío dejó paso a un silencio atronador. Un silencio respetuoso, como el que precede a la consagración en la eucaristía, que anunciaba la homilía con que muy de cuando en cuando, y sólo en ocasiones especiales, se despachaba el dueño del bodegón. Y como tantas otras veces escucháramos en la parroquia, Jesús -que así llamaban al posadero- se dirigió a sus discípulos congregados en aquel cenáculo con tanta inocencia como determinación.

No recuerdo sus palabras exactas, pero si el espíritu emprendedor que destilaba el contenido de su prédica. Y es que a esto del voto hay que darle una vuelta, insistía, porque la gente ha perdido la gana. Y hay una suerte de galbana colectiva que resulta incomprensible si uno imagina las consecuencias de cada elección en su vida diaria.

Acostumbrados como estamos por estos lares al pincho-pote de los jueves, al Ardoaraba, o a la fiesta de la vendimia, planteaba, en Vitoria las instituciones responsables debieran darle una vuelta e introducir un punto festivo en las convocatorias electorales para devolverle la ilusión a la gente.

Imaginad las oportunidades que ofrece celebrar la retreta de San Prudencio durante la jornada de reflexión, bramaba. Y que en vez de en colegios electorales se votara en bares, txokos y sociedades gastronómicas. Allí, a los votantes que acudieran, los interventores de los diferentes partidos les brindarían un txakolí y un pinchito de txistorra por el arrojo de haber ido a votar, en vez de haberse quedado de romería en las campas de Armentia.

Siempre se ha dicho que los borrachos y los niños tienen razón, y son los únicos que dicen la verdad, argumentaba Jesús con pasión. Así que tendríamos dos opciones: o bien emborrachar a los candidatos, o emborrachar al cuerpo electoral para que acierte en su decisión, imbuido por los efluvios del bálsamo etílico.

Se notaba que el posadero tenía estudiada la propuesta y no hablaba a humo de pajas, porque hasta expuso la necesidad de implementar controles de alcoholemia a pié de urna que certificarían que uno supera los 0.25 mililitros de alcohol por litro de sangre, acreditando así que está en condiciones de elegir con tino quién le va a representar en el Congreso, Senado, Ayunta, Dipu y Parlamento Europeo.

No sé si fue la comunión espiritual que provocó el discurso, la ronda a la que invitó el dueño tras el mitin, o las sucesivas a las que nos fuimos invitando unos a otros, que aquí estoy en 'change.org' recabando firmas. Como un nuevo discípulo de Jesús.