La insoportable levedad del ser

Diane Keaton y Woody Allen, en la película 'Annie Hall'./E. C.
Diane Keaton y Woody Allen, en la película 'Annie Hall'. / E. C.
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

«Hice un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme 'Guerra y paz' en veinte minutos. Creo que decía algo sobre Rusia». La cita, atribuida a Woody Allen, resume perfectamente una de las mayores tentaciones que aquejan a la sociedad contemporánea: el afán de pasar de puntillas por la vida, de conformarnos con arañar la superficie, y de renunciar a perforar la dermis de la existencia, como si nos asustara entender lo que ocurre del otro lado.

Nos comportamos como turistas que se hubieran sumado al gigantesco grupo organizado en que se han convertido nuestras comunidades, permitiendo que nos vayan dando las raciones de vida como los potitos a un bebé, bien pasado para facilitar la digestión.

Leí en un estudio publicado por Booking que el 40% de los 'millennials' afirma elegir sus destinos vacacionales en función de lo bien que vayan a quedar las fotos de los lugares visitados en sus redes sociales. Y que, en definitiva, lo que buscan es obtener el mayor número de 'likes' a la hora de elegir adónde ir, sustituyendo el afán de aventura o el ingenio por la fotogenia.

Antes también sucedía, no vayan a creerse. Recuerdo la anécdota apócrifa del torero y la actriz, tras la primera noche que Luis Miguel Dominguín y Ava Gardner pasaron juntos en un hotel madrileño. Consumado el envite, el matador abandonó el lecho para vestirse rápidamente. «¿A dónde vas?», le dijo ella al verle salir de la cama con tanta diligencia. «A contarlo», replicó él.

Si lo pensamos bien, siempre volvemos al lugar del crimen, como el asesino de Hitchcock. Y nuestras experiencias no valen nada si no acaban en la punta de la lengua, en el Facebook, o en boca de un tercero para gloria nuestra. Confundimos compartir con alardear, vivir con mostrar, gozar con mirar. Nadie muestra el mínimo interés por las experiencias ajenas por miedo a profundizar, más allá de un puñado de 'selfies' escatológicos o de fotos obtenidas desde escorzos inverosímiles.

Recuerdo un momento especial que compartí, hace ya unos cuantos años, con mi esposa junto a unas ruinas mayas. Había programada una actividad en el campamento en el que nos alojábamos sobre la que nadie daba detalle alguno. Había que levantarse a las cuatro de la mañana y caminar un buen trecho. Alguien me había advertido previamente que merecía la pena.

-Ve y no preguntes, me dijeron.

Así que con esa confusión fruto del madrugón y de la hora intempestiva nos fuimos acercando a un templo como una Santa Compaña, encaramándonos hasta su cúspide. Sentados en aquel mirador que se aupaba en medio de la selva, mirando hacia el lugar por el que más tarde iría asomando el sol, nos dieron las últimas instrucciones: callarnos, cerrar la boca y limitarnos a ver, a oír, a escuchar y a sentir.

Las sensaciones de aquella hora resultan irreproducibles, a riesgo de parecer cursi y caer en el ripio, como el enamorado primerizo con ínfulas de poeta. La oscuridad y la bruma fueron disipándose, mientras la selva infinita que rodeaba el templo se desperezaba e iba llenándose de todo tipo de sonidos irreconocibles que se derramaban a nuestro alrededor. Al mismo tiempo, el cielo se teñía de una gama incalculable de matices que iban sobreponiéndose a la oscuridad. ¡Cómo explicar con palabras un concierto sinfónico, de una exuberancia que rozaba el delirio y hacía saltar por los aires los esfínteres del alma!

Nadie hizo 'selfies'. Nadie tosió ni se atrevió a abrir los labios para articular palabra alguna, conscientes de lo irrepetible de aquella sensación sobrecogedora que nos asolaba. Por un momento nos sentimos parte de aquella pequeña comunidad, observándonos atónitos unos a otros, sin dar crédito a lo que estábamos viendo. Porque cuando compartes una experiencia tan intensa con desconocidos te sientes arrasado, como si hubieras sentido algo mucho más intenso que un orgasmo y una especie de pudor asomara a tu mente tras la pérdida del control de las emociones.

Las experiencias más intensas de nuestras vidas son así, personales e intransferibles. Y para contarlas requieren de tiempo, de ganas, de un buen malta si me apuran, y de buena compañía. Nadie, salvo aquel torero infame, o ese turista que todos llevamos dentro, cometería la frivolidad de pretender hacerle un 'selfie' a la felicidad.

Volviendo a Allen en Annie Hall, aprendemos en vano qué es esto de vivir. «Dos mujeres de edad se alojan en un hotel de alta montaña. Una le comenta a la otra, '¡Vaya, aquí la comida es realmente terrible!', y contesta la otra: '¡Y además las raciones son tan pequeñas!'. Pues básicamente así es como me parece la vida, llena de soledad, histeria, sufrimiento, tristeza y sin embargo se acaba demasiado deprisa». La insoportable levedad del ser.

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