Golpe de calor y memoria desvencijada

Un hombre trabaja en su huerto, con un sombrero de paja./E. C.
Un hombre trabaja en su huerto, con un sombrero de paja. / E. C.
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

Nuestra memoria es un desván en el que se atrincheran miles de recuerdos de nuestro paso por esta vida. Y lo hacen de manera caótica, sin un índice al que puedas acudir para rebobinar el vídeo de aquel momento de tu vida. A menudo, por cobardía, los ocultamos para no avergonzarnos de las cosas que fuimos capaces de hacer; de los silencios que mantuvimos cuando había que pronunciarse; de las risas que echamos a cuenta de alguien más débil; de las renuncias anticipadas cuando tocaba pelear.

Todos esos recuerdos se van depositando sin orden ni concierto, como si se tratara de las oficinas abandonadas de una vieja fábrica, donde permanecieran amontonados bajo el polvo cientos de cacharros desperdigados, viejos y sin valor. Aunque de vez en cuando, no se sabe muy bien, ocurre algo que activa el mecanismo y coloca ante tus ojos secuencias dispersas de tu vida como en un cine de barrio.

Hace unas semanas, cuando apretaba el sol como si no hubiera un mañana, me dio un golpe de calor mientras acollaba unos tomates en mi recién estrenado y lustroso huerto. Y no pude evitar, tan abatido como estaba, que desfilaran por mi mente todo tipo de imágenes de momentos intrascendentes de mi existencia que creía perdidos. Tal como dicen que pasa en los momentos previos a entregar la cuchara y pasar a mejor vida.

Me sentí de repente como uno de esos hombres que describe Alessandro Baricco, que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla. Personas que contemplan su destino de la misma forma en que la mayoría acostumbra contemplar un día de lluvia.

Mientras me reponía de la insolación, gracias a los cuidados y al esmero de mi querida esposa, reviví recuerdos que creía olvidados y que comenzaron a pasearse con descaro y suficiencia por entre las cuatro paredes de mi habitación, aprovechando la penumbra en que ésta se hallaba sumergida.

No sé por qué, pero recordé a un amigo -Arsenio, por más señas- que siempre creyó que una morcilla no era más que un chorizo lúgubre vestido de luto por la muerte del esposo. Y es que lloraba por cualquier cosa el muy tonto de Arsenio, fruto de sus estrambóticas y desaconsejables lecturas.

A quién no le ha sucedido al entrar en una casa y observar estanterías abarrotadas de libros dispares que, en seguida, captas un olor característico que te cuesta identificar. Al final caes en la cuenta de qué se trata: huele a libros malos. Eso sucedía en casa de Arsenio. Que olía a palabras que alguien juntó sin sentido contando historias que no merecían ser escritas y que, como cualquier cadáver, acabaron descomponiéndose y emitiendo ese tufo tan característico con el paso del tiempo.

Más tarde, recordé aquella caja de galletas inglesas que estuvieron tan de moda, de las de la lata redonda de color azul, que seguían oliendo a mantequilla aunque hubieran pasado años desde que te hubieras comido la última. La lata estaba entonces llena de centenares de botones de repuesto que casi nunca llegué a utilizar porque cada vez que perdí uno nunca encontré el que realmente necesitaba. Salvo en aquella ocasión en que encontré uno parecido que utilicé para completar el cierre de una gabardina azul. Aún recuerdo cómo, años después, uno podía evocar el olor a galletas en los días de lluvia, sólo con ponerse la gabardina.

También me acordé de mi primo Luis, el solterón, y de cuando observé cómo aquella mujer, que más tarde se convertiría en su esposa, planchaba la solapa de su chaqueta con pequeños golpecitos de su mano. En aquel momento fui consciente de que mi primo estaba irremisiblemente perdido. Como cuando un ladrón de casas pone un testigo en la puerta para saber si los dueños están de vacaciones a fin de desvalijarla.

Recordé con precisión las enseñanzas de mi padre, y de cómo nos advertía sobre las mujeres, moviendo su dedo índice arriba y abajo con firmeza. Aseguraba que cuando una mujer sacude tu solapa con displicencia, como espantando una mota de polvo inapreciable que sólo ella parece capaz de ver, está dejando claro que eres suyo. Hagas lo que hagas. Te pongas como te pongas.

Estaba a punto de entornar los párpados cuando otro protagonista desfiló por aquella particular retrospectiva. Se trataba de un profesor de Lengua española que ordeñaba su barba mientras nos aleccionaba. Recordé que una vez me puso un cero por escribir once con 'z', fruto de una confusión con el idioma francés en el que estaba tan centrado por aquel entonces. Y recordé el Instituto Mixto Francisco de Vitoria y el modo en que aquel tiempo marcaría nuestras vidas. Los primeros amores. Y acaso las primeras decepciones.

Cuando al fin me dieron el alta, el médico me recetó un sombrero de paja para prevenir las insolaciones. Desde entonces, no he vuelto a soñar despierto.