Las elecciones y cien años de soledad

Una ciudadana espera su turno para votar por correo./E. C.
Una ciudadana espera su turno para votar por correo. / E. C.
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

Cuando el carpintero le tomaba las medidas al cadáver de José Arcadio Buendía para el ataúd «vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro».

Hacía años que no repasaba 'Cien años de soledad', hasta que el pasado miércoles, estando en la oficina con mi amigo Patxi, miré por descuido por la ventana de su despacho y pensé que estaba nevando. Miles de copos flotaban displicentes ante nuestros ojos acunados por un repentino vendaval.

Me acerqué al cristal de la ventana y entonces reparé en que no se trataba de copos de nieve sino de las flores de los castaños bajo el Paseo de los Arquillos que, abatidas por el viento, se liberaban de los árboles e inundaban el aire dándole un aspecto mágico a la atmósfera del lugar.

Quizá pasara algo así en aquel mes de agosto en que, según cuenta la leyenda apócrifa, nevó en Vitoria, de ahí que nuestra patrona lleve el nombre de Virgen Blanca. Siempre he dudado de estas efemérides porque cuando viajas y te encuentras con idénticos mitos en Roma u otras muchas ciudades, entiendes que fue el amor y la imaginación las que generaron la creencia, y no un hecho constatable.

En cambio, si uno viaja a América, entiende perfectamente el fenómeno que cuenta García Márquez porque allí sí que llueven flores amarillas por millones en una época del año, aunque no hayan creado una virgen amarilla a la que prestarle devoción, teniendo como tienen a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

El caso es que la supuesta nieve sobre Vitoria despertó mi imaginación. Seguí observando el panorama y mis ojos aterrizaron sobre una multitud que guardaba cola pacientemente ante el edificio de Correos. Pensé que se trataba de una procesión, en señal de devoción, ante el milagro de la pretendida nieve, tan procesionarios como nos estamos volviendo. Pero no. Ingenuo de mí, se trataba de una ristra de votantes que aguardaban turno para depositar sus papeletas electorales en la estafeta de Correos.

Bajé a darme un baño de realidad y trabé conversación con uno de los probos ciudadanos que, invadidos por la responsabilidad, aguantaban estoicamente para ejercer su derecho a conformar el Parlamento y el subsiguiente Gobierno de España.

Mi interlocutor, que llevaba dos horas en la cola, me contó sus cuitas, ayuno como estaba de conversación. Me confesó, entre toses y gestos de disimulo, que cuando había llegado a la cola iba a votar a Vox. Que estaba cabreado y su voto iba a ser una patada en el trasero del 'establishment' político. Y que si no hubiera tenido que esperar tanto lo habría hecho, tan irritado como estaba.

El frenazo de la espera a su primer pálpito, me contaba, le llevó a una segunda reflexión, y acabó pensando que Ciudadanos sería una mejor opción. Que Rivera arrumbaría con los restos del naufragio del PP y que así la derecha se civilizaría y perdería el pelo de la dehesa.

Pero para su desgracia, llevaba el pinganillo para escuchar la radio y volvió a cambiar de parecer al escuchar que en el segundo debate de candidatos en Atresmedia, Rivera la había pifiado. Y así, otros tantos estímulos radiofónicos nuevos le habían sumergido en un mar de dudas haciéndole contemplar media docena de opciones nuevamente.

Maldita la cola de Correos que lo tenía en un sinvivir, me contaba. No le había dado tantas vueltas ni el día que cambié la cocina de casa, rezongaba. Así que daba síntomas de estar en un verdadero brete. Pensé que el proceso de reflexión de aquel fulano resultaba de lo más pintoresco, y no sé por qué vinieron a mi mente los acordes de 'la donna è mobile qual piuma al vento, muta d'accento e di pensiero'.

Observé los cientos de flores chiquititas posándose sobre los hombros de su abrigo de paño negro y entendí que se trataba del espíritu de José Arcadio Buendía que sobrevolaba Vitoria en busca de paz. Le propuse al hombre barajar el librillo de papeletas y que fuera el destino el que eligiera por él. Me respondió que no creía en la suerte, tan esquiva con él durante toda su vida. Y que prefería seguir especulando hasta que le tocara el turno. Allí le dejé, en un mar de dudas, mientras las flores blancas iban enterrando sus zapatos como ocurriera en Macondo.