Begoña Lumbreras: «Si te gusta a ti les gustará a los demás»

Begoña Lumbreras: «Si te gusta a ti les gustará a los demás»
PEDRO URRESTI
GAIZKA OLEA

Era un hobby, nada más que un entretenimiento, algo con lo que aliviar una larga convalecencia, cuatro lechugas, cuatro tomates. Begoña Lumbreras tuvo que dejar su carnicería y buscó en la huerta un remedio para recuperarse, para levantar el ánimo al aire libre. No sabía gran cosa del asunto así que aprendió al lado de sus suegros en el caserío Momoitio de Berango, y aprendió tan bien que en la última edición de la feria de Santo Tomás se llevó el premio al mejor puesto de verduras y hortalizas. De aquel mal rato han pasado ya más de 30 años en los que esta mujer resuelta, alegre y decidida ha transformado el pequeño huerto en un gigante de la producción con una superficie trabajada de unas 15.000 hectáreas, 6.000 de ellas bajo plástico, y las ideas muy claras. Porque si una palabra define a Lumbreras es entusiasmo.

Entusiasmo a la hora de hablar de un trabajo duro que sólo se mantiene en pie «porque te gusta», entusiasmo a la hora de hablar de cada planta, de cada fruto, y entusiasmo al comprender que sus clientes la reconocen ya, que no necesitan probar uno de sus famosos tomates porque no tienen dudas de su calidad. «Que tu nombre esté en boca de la gente te motiva, porque esta es una labor que requiere un esfuerzo continuado e incluso así, poniendo todo de tu parte, puede salir mal», asegura. Son las cosas de pelear contra una naturaleza errática, contra los bichos, contra la pereza que te grita que no vayas hoy a la huerta porque hace demasiado calor, o demasiado frío. O porque la realidad, el progreso, apuestan fuerte contra el baserritarra.

Campas y chalets

Ella recuerda bien cómo era el barrio de Santa Ana cuando llegó, una gran llanura acunada entre los montes de Unbe y las urbanizaciones desbocadas de Algorta. «Eran todo campas, algunas casas, caseríos...», rememora. Hoy apenas queda un metro cuadrado sin urbanizar, sin chalets. Pero ella y su marido, José Miguel Landaluze, siguen a lo suyo, a medir los ritmos, a plantar cuando toca y a recoger cuando la naturaleza dicta. «Este año el tomate se ha adelantado un mes, ha hecho demasiado calor: la flor de los tomates y los pimientos se han podrido, la lechuga parece que está cocida y el tomate, quemado. Últimamente todos los años son distintos y eso te obliga a cambiar de forma de trabajo, y tienes que adelantar unas tareas y retrasar otras; trabajas a lo loco, con prisas, y así es más complicado».

De los invernaderos y las explotaciones al aire libre en Berango y Gatika salen cada año toneladas de producto de unas 25 variedades distintas, desde los afamados tomates, hasta los pimientos, pasando por lustrosas berenjenas, diversos tipos de lechuga, guindillas, alubias, maíz para talo, calabazas, cebolletas, puerros... Durante años vendió con las aldeanas de Portugalete y para Mercabilbao hasta que hace un par de años Eroski llamó a su puerta y, hace seis, empezó a presentarse en las ferias, una forma de venta que, aparentemente, es la que más le gusta. Y todo con dos consignas: «hacer las cosas mal es fácil» y «si te gusta a ti les gustará a los demás».

A la vendeja

Emociona oírla hablar de ‘vendeja’, una palabra desterrada de nuestro vocabulario que tiene en el diccionario de la Academia una acepción limitada a Bizkaia y Álava y se refiere a la verdura que se venden la plaza, y referirse a sí misma como una persona «de la calle», en oposición al baserritarra. Por el sumidero por el que resbalan esas palabras y las técnicas ancestrales de cultivo y cuidado de la tierra se va una parte fundamental de nuestra cultura. «El campo está abandonado, hay que quitar las vacas, hay que quitar todo; muchos hemos crecido entre el olor de las vacas y ahora nos molesta cualquier cosa», lamenta.

Pero habíamos quedado en que Begoña Lumbreras es una mujer entusiasta y parece feliz, sonríe cuando confiesa que está por la tarea «desde que me levanto hasta que llega la noche. No diré que es esclavo, pero te exige». Una conversación con ella es una sucesión de ahora haré esto, después limpiaré tal huerta para plantar puerros, mientras suena el teléfono y un hombre se asoma a la puerta para que le venda pimientos.

Y está segura de lo que hace: «le dije al representante en Mercabilbao que vendiera los tomates a tanto y me contestó que le parecía caro. Le dije que si no lo vendía volveríamos a recoger lo que quedaba. Lo vendió todo». Palabra de una entusiasta.

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