Un sonido único

ASIER VALLEJO UGARTE

Achúcarro pasea su vejez sin perder la capacidad de mirar, de contemplar el abismo que aguarda a todo pianista cuando su propia naturaleza mina el vigor de sus dedos y la agilidad de su mirada. Se sabe mayor y en el escenario desnudo y empequeñecido del piano muestra, consecuentemente, los nervios de un querubín ante el tribunal de los justos: que sus ochenta y cinco años sean espléndidos no quiere decir que sean iguales a sus cincuenta. Y aun así, sigue examinándose ante el público cuando podría hacerlo solo ante los suyos. Quizás su secreto contra la vejez resida en no pensar en ella, en querer que su vida vuelva a empezar en cada minuto para terminar en el siguiente, en la alegría de reencontrarse en cada concierto con una mórbida tensión que le hace feliz. En el concierto con la Orquesta Sinfónica de Euskadi del sábado en el Euskalduna, el ‘Concierto para la mano izquierda’ de Ravel no puso a prueba tanto su técnica como su sonido, un secreto aún mejor guardado que el de su longevidad, con lo que vino a validar la permanencia de su mito: mientras siga sacando ese sonido único del piano, Achúcarro seguirá escribiendo la palabra vejez con V de victoria.

Noblemente, Treviño eludió colarse en la fotografía del triunfo del pianista y apeló a Shostakovich para ganarse al público tras la pausa. Su jugada con la ‘Undécima sinfonía’, que dibuja musicalmente el Domingo Sangriento de 1905, fue maestra por muchas razones, entre ellas su fugaz certeza de estar dirigiendo a la mejor orquesta del mundo en la mejor música del mundo, pero sobre todo por entenderla en sus términos naturales de propaganda política masivamente revolucionaria. De ahí esa cuerda masiva, esos vientos masivos, esa percusión aún más masiva, al acecho siempre que corre la sangre. Con las fuerzas de la orquesta al punto, el Euskalduna y el Palacio de Invierno de San Petersburgo se fundieron en un único escenario helado donde la nieve fue despertando lentamente del silencio, las armas resonaron con furia brutal y el golpe final de campana quedó latente como símbolo de aquel pavor congelado en el tiempo.

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