Tres décadas después, el chacolí mirandés volvió a servir de excusa para reunir en la Casco Viejo a un nutrido grupo de personas que no quisieron perderse la puesta de largo de 'Término de Miranda'. La primera añada de un vino que, en plena polémica por el blindaje vasco del nombre, espera convertirse en marca propia de la ciudad a través de la recuperación de una tradición que, a punto, ha estado de perderse.
Algo que se quiere evitar con «la culminación de un trabajo que nace de un principio histórico ensamblado a una base científica y culminado por unas técnicas enológicas actuales para elaborar un producto adaptado a nuestros tiempos», tal y como explicó uno de sus artífices, Koldo Madariaga, durante la presentación del producto en El Trujal de la calle La Fuente, durante un acto que contó con la presencia del alcalde Fernando Campo y del presidente de la Diputación de Burgos, Vicente Orden Vigara.
Tanto ellos, como antiguos productores y vendedores fueron los encargados de probar un vino con «una puntuación alta» en la cata previa realizada por los expertos. Y es que conserva todos los matices típicos del chacolí. Con 11,5º de alcohol, es fresco en boca, tiene un punto de acidez agradable y ese toque de aguja tan característico.
«Es un producto digno que se puede comercializar. No aún, pero sí en un futuro», aseguró Madariaga. De hecho, la etiqueta colocada en el dorso de la botella deja claro que se trata de una 'muestra sin valor comercial'.
Tampoco ahora mismo serían capaces de abastecer la demanda del mercado, por mínima que fuera. Su primera producción no llega a las 900 botellas. Y de ellas, hay que restar una pequeña proporción destinada a un producto mucho más personal pero con gran historia en la ciudad: el chacolí rosado.
El popularmente conocido como 'ojo gallo' está elaborado con variedades de uva Tempranillo, Garnacha y Viura de cepas centenarias. Alcanza los 13º de alcohol pero conserva algún toque cítrico y cierto nivel de acidez, además de dejar una sensación final de aromas frutales.
Pero llegar hasta aquí no ha sido fácil. Cuatro años de trabajo preceden a una primera vendimia en la que han recogido poco más de mil kilos de uva. Lo han hecho de manera totalmente artesanal. A mano, con mimo y racimo a racimo. Al igual que el pisado y el prensado de los hollejos.
La fermentación, «controlada para que mantuviese todos los aromas» así como los trasiegos se han llevado a cabo en otro lugar con historia, el calado del Monasterio del Espino, donde ha permanecido hasta su embotellado y etiquetado con el nombre 'Término de Miranda'.
3.000 litros
Una denominación que intenta conjugar el nombre de la ciudad con la de las pedanías y núcleos rurales que «son los que han conservado los viñedos. Queremos que sean cómplices de futuras producciones agrícolas», insistió.
Y es que todavía queda mucho por hacer, tanto en el campo como en otros terrenos. Lo que tienen claro es que hay que empezar por trabajar en las viñas actuales para que produzcan «sus máximos». Podrían llegar a los 6.000 kilos de uva en la próxima campaña si, además de contar con el apoyo de los propietarios de este año, a la iniciativa se van sumando otros, muchos de los cuales ya se han comprometido con el proyecto.
Aún así, su aporte podría resultar insuficiente para abastecer a una demanda local que se espera que acoja el producto como lo hacía antes. Por eso, entre sus objetivos se incluye también potenciar la plantación de viñedos dentro de la comarca. «Necesitamos que el agricultor crea en el proyecto». Y, por supuesto, que cuente con apoyos. De ello deberá encargarse el centro de experimentación que se pretende crear en San Miguel de Monte impulsado por la Diputación, que en 2011 destinará 100.000 a echar a el proyecto.
En principio, el grupo impulsor de la iniciativa aspira a llegar a una producción cercana a los 6.000 litros a medio plazo. De momento, para 2011 creen que serán capaces de hacer «un mínimo de 3.000», a los que, hoy por hoy, no está definido cómo piensan dar salida.
Pero, de momento, no es lo que más les preocupa. Han centrado muchos esfuerzos en volver a elaborar chacolí mirandés y lo han conseguido, dando respuesta a «una inquietud generacional» motivada en la necesidad de buscar nuevas vías de desarrollo económico en la comarca. Y para ello, nada mejor que remontarse a los orígenes y ver qué se hacía antes que siga teniendo vigencia ahora.
Ahí surge la imagen de ese vino de año que dio nombre a un buen número de establecimientos del Casco Viejo como Chacolí Chamorro, Chacolí Samuel o Chacolí Pildorita, entre otros, que hicieron que éste fuese un producto muy popular entre los mirandeses. Pero sin saber muy bien por qué fue perdiendo presencia hasta llegar al momento actual, en que ninguno de esos locales existe como tal y apenas un puñado de personas sigue trabajando sus viñas al modo tradicional.
El «atrevimiento» de varias personas que nada tienen que ver con el sector, pero que sí que cuentan con el respaldo de técnicos y expertos en la materia, les ha llevado a coger el testigo en la promoción de un producto que consideran típicamente mirandés. Ayer volvieron a servirlo en el Casco Viejo, donde se bebía antes, una vez que han tenido claro que tienen en sus manos «un producto de calidad».
Conseguido ese objetivo fundamental no han dudado en hacer público que «Miranda cuenta con chacolí después de 40 años», zanjó.