El sacrificio de Ignacio Echeverría

Un ciudadano cualquiera, armado con un simple monopatín, se interpone entre ellos

Memoria. Homenaje a Ignacio Echeverría en el Ayuntamiento de Las Rozas. /EFE
Memoria. Homenaje a Ignacio Echeverría en el Ayuntamiento de Las Rozas. / EFE
LORENZO SILVA

El odio es una mercancía. Tiene su oferta y tiene su demanda. Son muchos los capaces de consumirla: potencialmente, todos y cada uno de nosotros. Y no son pocos los deseosos de suministrarla. También hay quien especula con ella, como hay quien apuesta sobre el precio del oro o de la hulla. El odio otorga poder, el odio amasa fortunas, y no sólo en la península arábiga y sus alrededores, no sólo entre aquellos que llevan chilaba, no sólo entre quienes se prosternan, sinceramente o no, para elevar a Alá sus plegarias volviendo el rostro hacia La Meca.

El odio ha sido sembrado, regado, nutrido, inflamado, por obra de muchas manos interesadas en que circule y en sacarle su tajada. Por momentos podría parecer una conspiración, si no fuera porque entre quienes han creado las condiciones óptimas para que estalle hay gentes que no podrían permanecer juntas ni un segundo en la misma habitación.

Es posible que se hayan coordinado por pura inconsciencia, por puro aturdimiento, y no cabe descartar que alguno de ellos, incluso, creyera en algún momento obrar movido por intenciones nobles y hasta santas. Lo que parece, también, es que entre los proveedores del odio hay seres sin alma ni amor a la existencia y a cuanto la hace humana y digna de ser vivida. Seres sin entrañas, sin luz en la mente ni el corazón, ansiosos de extender sus tinieblas.

El odio camina esta noche por las calles de Londres, encarnado en tres sujetos con puñales amarrados a la muñeca que tienen la firme determinación de eliminar a cuantos desconocidos puedan entre los transeúntes con los que se cruzan. Lo que hay en sus cerebros enajenados es difícil de imaginar: creen, tal vez, estar devolviendo con derecho el golpe sufrido por sus hermanos del califato que a esa hora se agazapan entre las ruinas de Mosul o Raqqa para sustraerse a las bombas y los disparos de una coalición en la que participa el Reino Unido, el país al que supuestamente atacan en las personas de esos ciudadanos desprevenidos e indefensos a quienes asestan sus cuchilladas. El país que también es el suyo, o lo era, antes de que los convencieran de que aquella decisión de su primer ministro escenificada en las Azores los relevaba de cualquier apego por él.

Lo de menos, en esta noche cruel y perentoria de Londres, es juzgar si esa convicción tiene base o proceder al reparto de culpas entre los diversos causantes del gran desaguisado: el odio está suelto y los tres suicidas que lo personifican ya no van a atender a razones ni impugnaciones de su yihad terminal.

Cada viandante que se encuentran es una víctima en potencia, y están dispuestos a aprovechar su tiempo antes de que aparezcan los policías armados que indefectiblemente los abatirán. Están en plena faena cuando de repente algo se sale del guión. Un ciudadano cualquiera, armado con un simple monopatín, se interpone entre ellos y su objetivo. Uno de los corderos se convierte en resuelto guardián del rebaño y arremete contra ellos. La irrupción los descoloca, por imprevista: son unos segundos preciosos que permiten a muchos ponerse a salvo, y a ellos hay que sumar los segundos que tardan los liquidadores en deshacerse de quien ha osado plantarles cara; de quien así se expone al odio para evitar que el odio se lleve por delante a otros seres inocentes.

Se llamaba Ignacio, y frente al sacrificio estéril y sórdido de quienes se dan a la muerte para privar a otros de la vida, él se sacrificó y se dio para que otros vivieran. Frente a los abyectos que trafican y se lucran con el odio, él decidió apostarlo todo, y perderlo, para reducirlo y neutralizar sus efectos. Ni siquiera había nacido en ese país al que los asesinos habían aprendido a odiar y a atacar con saña de fieras, y lo defendió en lo más frágil, la humanidad inerme de sus gentes. El Reino Unido no tiene una medalla que corresponda a su hazaña. Nadie la tiene.

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