«Es muy cruel que la ley obligue a algunas personas a estar meses o años sufriendo»

«Es muy cruel que la ley obligue a algunas personas a estar meses o años sufriendo»

Isabel tiene un cáncer avanzado y José Ángel perdió a su mujer en febrero por el mismo motivo. Ambos piden mayor autonomía al paciente al final de la vida

ESTRELLA VALLEJO

Es difícil determinar si duele más el sufrimiento propio, ser testigo del deterioro y la agonía de un ser querido, o ser consciente del sufrimiento que uno mismo está provocando de manera irremediable en las personas cercanas.

A José Ángel Herrero todavía se le entrecorta lo voz cuando habla de las últimas semanas que pasó junto a su mujer. Su mirada tiene dibujada el dolor por la pérdida, pero es cuando recuerda la «agonía» cuando se le hace un nudo en la garganta y le cuesta continuar. A finales del pasado mes de diciembre su esposa fue diagnosticada de un tumor muy agresivo con mal pronóstico que había empezado a extenderse. Tras varias pruebas y una operación con una reducida probabilidad de éxito, los informes fueron concluyentes: «No había nada que hacer por su vida».

Desde el momento en el que tuvieron conocimiento del diagnóstico, la mujer de José Ángel lo tuvo claro, no quería seguir viviendo ni que se le prolongara la vida de forma artificial, pero sobre todo, no quería seguir sufriendo. Así lo transmitió en reiteradas ocasiones al equipo médico de la Unidad de Cuidados Paliativos que la atendió.

«Ella seguía teniendo los mismos dolores y estaba siendo plenamente consciente de lo que tenía y de que no había solución. Me habló de la angustia por la que estaba pasando y esa palabra me llegó al alma», recuerda con voz pausada. «Entonces le pregunté: '¿qué puedo hacer por ti?'. Y me dijo: 'matarme'», reproduce tembloroso. El tumor fue «fulminante», pero transcurrió una semana hasta que murió, el pasado 8 de febrero, después de iniciar el proceso de sedación paliativa habitual en estos casos.

Este donostiarra siempre se ha declarado defensor de la eutanasia, pero la experiencia vivida con su mujer le ha servido para reafirmarse en que le parece «un disparate que el Estado se arrogue la decisión de cuándo una persona debe morir o cuándo no. Si una persona está en pleno conocimiento y posesión de sus facultades debería de ser libre para decidir. La eutanasia debe legalizarse inmediatamente», reivindica al tiempo que confiesa que ve «complicado a corto plazo» que se den nuevos pasos, porque «estamos con las secuelas de la religión y el catolicismo, y a eso es muy difícil darle la vuelta».

Vivir el momento

En la misma línea van las palabras de Isabel Omeñaca, quien tampoco entiende que una persona en plenas facultades mentales no tenga la libertad de decidir su proceso de muerte. «No se dan cuenta de que en algunas ocasiones en lugar de añadirte vida te están añadiendo sufrimiento», subraya.

Esta mujer nacida en Tudela pero irundarra de adopción desde hace seis décadas, fue diagnosticada de un cáncer de colon hace dos años. La operación a la que se sometió no consiguió eliminar el tumor en su totalidad, por lo que le propusieron continuar con un tratamiento de quimioterapia que aunque no conseguiría curar el cáncer sí al menos paliarlo. Cuando llevaba del orden de cinco sesiones empezó a sentir un hormigueo en las manos que obligó a interrumpir el proceso. «Descansé durante el verano, y después de pensarlo decidí que prefería seguir viviendo tranquila el tiempo que me quedara, y renuncié a seguir con la quimio», explica.

Desde entonces es atendida en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Donostia, adonde acude cada tres semanas a dar el parte de su estado. «Ahora me encuentro bien, pero hace quince días me tuvieron que hacer una transfusión de cuatro litros de sangre, no sabía ni lo que decía», indica.

La filosofía de vida de esta mujer de 79 años es que «si un problema no tiene arreglo, a otra cosa, no merece la pena estar lamentándose». Por eso, insiste, está aprovechando esta etapa de su vida para «estar relajada», pasar tiempo con su familia y llevar una vida lo más normalizada posible. «Mientras esté bien, a vivir, ya me queda poco, así que tengo que disfrutarlo», dice con la madurez de quien se siente satisfecha con todo lo que le ha regalado la vida.

Para Isabel la despenalización de la eutanasia no tiene discusión alguna. «Es una crueldad que la ley obligue a algunas personas a estar meses o incluso años sufriendo», reprocha. «Para algunos puede quedar muy bonito decir que no se puede acabar con la vida de una persona, pero será porque no les ha tocado de cerca. Que aguante el sufrimiento el que quiera y el que no, que tenga los medios para irse de este mundo cuando decida», demanda.

En su caso, llegado el momento, no sabe decir si pediría o no la eutanasia. «No me importa que me pongan un tratamiento fuerte para terminar cuanto antes, aunque no sé si daría el paso, depende de muchos factores», reconoce al tiempo que subraya que no es de recibo que haya personas que «lo necesitan y siguen viviendo llenas de dolor y molestias. Cada uno sabemos perfectamente lo que resistimos y lo que estamos dispuestos a sufrir. Debería de ser ilegal que nos pudieran mantener como a una planta», denuncia.

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