Machado y la distensión

El deshielo era esto. Tomar notas. A Mariano Rajoy nadie se lo hubiera imaginado anotando nada de boca de Quim Torra

Machado y la distensión
EFE
Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

El deshielo era esto. Tomar notas. A Mariano Rajoy nadie se lo hubiera imaginado anotando nada de boca de Quim Torra. El fin del abismo era esto. Escuchar al otro, como hizo Pedro Sánchez con su interlocutor, aunque hace apenas dos meses le hubiera tachado de «racista y supremacista», antes de cambiar Pozuelo por La Moncloa. Hablar de todo, aunque no sea para concretar casi nada, más allá de la recuperación de una comisión inactiva desde hace siete años, que permite a Cataluña vender que se le da un trato preferente, fuera del 'paquete autonómico' del que echaba pestes Torra cuando fue llamado a la ronda monclovita. Las dos partes necesitaban algo a lo que agarrarse, más allá de los gestos, y fue el foro bilateral previsto en el Estatut, cuyo recorrido está por ver.

Por lo demás, la misión de la cita de ayer era la de epatar. Una 'performance' en toda regla para demostrar que se derriban diques. Desaceleración, distensión, descompresión. ¿Y para qué? La reunión del presidente de la Generalitat con Sánchez en La Moncloa no aclaró nada, en realidad, sobre el futuro de la relación entre Cataluña y el Estado ni permitió atisbar cómo es posible dar una «solución política» a una cuestión en la que las posiciones están tan alejadas. El independentismo catalán insiste en que la única salida pasa por votar en un referéndum secesionista. Obviamente, el Gobierno del PSOE no abrirá la mano para semejante cosa, y menos aún en una legislatura cogida con pinzas. La solución legal y pactada al estilo Cameron-Salmond en Escocia es aún política ficción en una España social que mantiene el resquemor contra una Cataluña política a la que buena parte del imaginario colectivo ha identificado con el golpismo.

¿Qué sentido tiene entonces la cumbre? Sobre todo, su novedad. Solo el hecho de que Torra y Sánchez hayan querido escenificar que los puentes están tendidos ya tiene un incalculable valor político, aunque solo sea por tomar distancia con el eje PP-Ciudadanos, con quienes el presidente, no conviene olvidarlo, pactó la aplicación del 155. Lo que las dos partes hicieron ayer es certificar el cambio de rasante. Confirmar que han variado de estrategia. Los secesionistas catalanes porque se impone, de momento y con permiso de un Puigdemont cada vez más al fondo del cuadro, la vía posibilista de Marta Pascal (PDeCAT) y Pere Aragonès (ERC), que han optado por dejar en hibernación sus aspiraciones de máximos hasta que vengan tiempos y mayorías mejores y volver al lugar de influencia que la política catalana ha ejercido siempre en la española. Moción de censura, consejo de RTVE y, en breve, la carpeta del franquismo y la memoria o la derogación de la Ley Mordaza. Oxígeno para Sánchez, posiblemente a cambio también de respaldo presupuestario y tregua para todos. El presidente va a así armando la mayoría sobre la que sujetar la legislatura y rearmar su imagen de estadista flexible y dialogante, presto para ganar las próximas elecciones. Todos contentos. También el PNV aplaude la desaceleración, que se escribe con el trazo lírico de Antonio Machado. Los secesionistas querían borrar su nombre de las placas de las calles catalanas por ser español. Ahora, Torra y Sánchez pasean el fin del desencuentro en la fuente donde el poeta se encontraba con su último amor, Guiomar. Ni al mejor guionista se le habría ocurrido tan almibarada metáfora para un deshielo de mutua conveniencia.

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