Gure Esku Dago se topa con la realidad

Ibarretxe, en una de las consultas de Gure Esku Dago./manu cecilio
Ibarretxe, en una de las consultas de Gure Esku Dago. / manu cecilio

Dos factores han pesado en la renuncia a las consultas: el enfriamiento sociológico del soberanismo y la resistencia de PNV y EH Bildu a ceder espacios

Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

A finales del pasado otoño, tras el fracaso con el que se saldó la última oleada de consultas simbólicas de autodeterminación organizadas por Gure Esku Dago (GED), un dirigente de primera línea de la izquierda abertzale ya confesaba en privado su convicción de que estas iniciativas, calcadas del referéndum pionero de Arenys de Munt que puso el germen del 'procés' en Cataluña, tenían los días contados. Tanto EHBildu como el PNV, las dos fuerzas que defienden abiertamente el derecho a decidir en Euskadi (Podemos lo hace con matices), tenían claro desde hace tiempo que el modelo importado de orillas del Mediterráneo, más que alimentar la causa soberanista, la exponía al desgaste al colocarla dolorosamente ante el espejo de su propia desmovilización.

«Ni los más convencidos iban en muchos casos a votar», coinciden esas fuerzas políticas y otros observadores de la trayectoria de la plataforma. La decisión anunciada esta semana por GED de renunciar a los referéndums tras dar el salto por primera vez a una capital vasca con escaso éxito de participación –un 13% en San Sebastián, donde, a priori, el soberanismo juega 'en casa'– se ha recibido en la Euskadi política como la crónica de un final anunciado. Los siguientes pasos lógicos eran sendas convocatorias en Bilbao y Vitoria, donde la desafección podría haber sido aún mayor.

La plataforma, que opera al margen de los partidos y otros poderes fácticos como el sindicato ELA pero sin renunciar a su apoyo logístico, justifica el cierre de esta etapa por la cercanía de las elecciones y anuncia una nueva 'hoja de ruta' para marzo. Su subsistencia como actor estratégico en el tablero vasco no oculta, sin embargo, su impotencia a la hora de movilizar al electorado nacionalista en actos sin ninguna trascendencia práctica. Curiosamente, sus éxitos de convocatoria los ha logrado cuando ha organizado iniciativas festivas como las cadenas humanas, pero no cuando le ha tocado «contarse», por ejemplo para llenar grandes estadios o en las propias consultas convocadas en diversos municipios de Euskadi. También en esto coincide el análisis de la izquierda abertzale, el del Gobierno vasco –que siempre les ha mirado con distancia– y el del PNV, que llegó a pedirles en público una reflexión «autocrítica» tras la escasa afluencia de público en la consulta donostiarra, en la que sí se volcaron los dirigentes jeltzales en Gipuzkoa.

La independencia, a mínimos

Posiblemente, una iniciativa meramente simbólica como ésa puede funcionar en una sociedad inflamada como la catalana pero no en una Euskadi en la que, al calor del 1-O, las encuestas han constatado el enfriamiento sociológico del soberanismo. De hecho, el Sociómetro vasco difundido tras el referéndum ilegal en Cataluña arrojaba resultados sorprendentes: los partidarios de convocar una consulta unilateral habían caído veinte puntos en tres años, desde la efervescencia provocada por el referéndum escocés en 2014. Las cosas no han cambiado en poco más de un año: la última entrega de este estudio, difundida en diciembre, constataba que el rechazo sin matices a la independencia ha alcanzado sus cotas más altas (37%) desde 1998.

El segundo factor que explica las dificultades de GED para sacar a la calle a los (muchos) defensores del derecho a decidir en Euskadi es el achique de espacios que le han hecho los propios partidos. Sobre todo el PNV, pero también la izquierda abertzale, se han resistido a ceder espacio propio en favor de una plataforma a la que siempre han visto con pretensiones de emular a la ANC o a Òmnium.