La otra Cataluña

La otra Cataluña
Manuel Arroyo
MANUEL ARROYO

En pleno proceso de acumulación de fuerzas para lanzar un nuevo pulso al Estado, el independentismo catalán volvió a exhibir ayer músculo. El que representan cientos de miles de personas en las calles para reivindicar el sueño de una república propia y, con especial énfasis, la libertad de los líderes que se la prometieron e incluso llegaron a declararla fugazmente y ahora se encuentran encarcelados o huidos en la Justicia (ellos le llaman 'exilio').

Más que de libertad habría que hablar de impunidad. Porque en realidad eso es lo que persigue el nacionalismo: que el Estado de Derecho haga la vista gorda con los presuntos delitos cometidos y absuelva a todos los acusados del 'procés'. Puede resultar jurídicamente discutible si el tiempo que los encausados llevan en prisión provisional es o no excesivo. Pero poco puede extrañar la desconfianza de los jueces hacia los presos que ejercían de políticos –presos políticos no hay– después de que Carles Puigdemont y otros procesados pusieran pies en polvorosa para no rendir ante ellos cuentas de sus actos.

La Diada demostró ayer la más que probada capacidad de convocatoria del secesionismo. Y, junto a ella, la pulsión rupturista que anida en una parte significativa de Cataluña, alimentada durante años por un cúmulo de errores de paternidad diversa que ha fracturado una sociedad sometida al vértigo del abismo. De hecho, la tradicional fiesta de todos los catalanes ya lo es solo de los independentistas, que la han monopolizado al imprimirle un carácter exclusivamente identitario en el que no cabe más que la mitad que aspira a la desconexión con España. Ya sea esta inmediata y unilateral, como reivindican Puigdemont y su valido Torra, o a medio plazo y sin destrozar la vajilla común, como desearía ERC. Ni el gigantesco despliegue de esteladas que tomó ayer el corazón de Barcelona es capaz de ocultar la enorme división al respecto abierta en el soberanismo.

La Cataluña que se movilizó en la Diada es la que se siente agraviada. La desafecta hacia España tras años de disparada tensión. Ya sea hacia la España real o hacia la zafia caricatura de ella dibujada por el independentismo: una opresora dictadura que asfixia con su yugo la libertad de un pueblo bajo el falso maquillaje de una democracia parlamentaria. Por muy increíble que parezca, esa imagen de tebeo ha calado de la mano de la expresión más similar entre nosotros al populismo de brocha gorda que alarma en Europa: el secesionismo que abandera Torra.

Pero también existe otra Cataluña. Al menos, tan numerosa como la que se manifestó ayer. Más, según las últimas elecciones autonómicas. Una Cataluña silenciosa que apuesta por la convivencia. Que, por ello mismo, abomina de la ruptura y huye del aventurerismo. Una Cataluña con los pies en el suelo, que asume como una riqueza la pluralidad de sentimientos de pertenencia y de culturas, y cuya prioridad es mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, no levantar fronteras. La Cataluña que no estuvo representada en la Diada.

El gran reto es coser esas dos mitades en torno a un proyecto de convivencia en común respetuoso con la legalidad. Cerrar las heridas que las separan y desangran, y rebajar la tensión. La tarea requerirá años, visión de Estado, comprensión mutua y líderes a la altura de las circunstancias. Y diálogo. Toneladas de diálogo. El que reivindicó ayer con pragmatismo el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, en un implícito llamamiento al secesionismo catalán a no incurrir de nuevo en los errores de hace un año.

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