Cuentos para no dormir en Gipuzkoa

Representación de la llegada de los gentiles a Ataun./MUNDUATE
Representación de la llegada de los gentiles a Ataun. / MUNDUATE

Los seres mitológicos 'pasean' todavía por Arrasate, Oñati y Ataun

SAIOA ECHEAZARRA

«La fundación de una villa a menudo está marcada por un elemento legendario que trata de explicar su creación», sostiene Enrique Echazarra, que persigue misterios desde hace dos décadas. En el caso de Mondragón, la constituyó en 1260 el rey Alfonso X el Sabio donde antes existía la aldea de Arrasate. Esta designación procede de una leyenda según la cual, en el monte de Santa Bárbara vivía un herensuge (dragón) que tenía atemorizado la región. Una vez al año, desde la sima donde se escondía salía esta espantosa bestia lanzando llamaradas por la boca y arrasándolo todo.

Centro de interpretación de Aralar (Ataun)

Web
www.ataunturismoa.net.
Teléfono
943582069/699672575.

Los habitantes, para evitar tal destrucción, llegaron a un pacto con este animal fabuloso por el que debían ofrecerle a una muchacha del pueblo. En cierta ocasión, la chica escogida fue la novia de un herrero que al enterarse forjó una barra de metal con la punta afilada al fuego de la fragua. Cuando el dragón surgió para devorar a su prometida, el héroe se lo clavó en la garganta acabando así con el monstruo.

Boca de la cueva de Sandaili.
Boca de la cueva de Sandaili.

Tal y como apuntan algunos historiadores, esta leyenda pudo ser inventada después para tratar de explicar el nombre de la villa por simples cuestiones poéticas y narrativas de la época, donde a este ser se le asociaban distintos simbolismos.

Por otro lado, cerca de Oñati se halla uno de los rincones más recónditos de Gipuzkoa: la cueva de Sandaili. Una gruta no menos surtida de mitos y leyendas, donde se erigen una vetusta casona y una ermita a la que se accede por unas escaleras. Junto a ellas está el abrevadero de piedra que recoge las aguas filtradas de las paredes rocosas. «Esta particular caverna nos remite a antiguas creencias de origen celta. Según las mismas, las mujeres se sumergían y depositaban ofrendas con el fin de tener descendencia».

El hogar de Barandiaran

Incluso labradores de otras regiones caminaban hasta la cueva con rogativas para pedir lluvias en tiempos de sequía. En el marco de ese culto al líquido elemento aparecen «ancestrales tradiciones paganas que apuntan al origen del nombre de la gruta; procedente de Santa Ilia, vinculada a su vez a la diosa Ivulia (relacionada con ritos acuáticos). Y pudiera ser que estas ceremonias mágicas se emprendieran por parte de los prehistóricos habitantes de la cueva, donde se han encontrado huesos humanos y restos de vasijas en lo más profundo».

Aunque sin duda las creencias mitológicas del territorio se concentran en Ataun, donde nació José Miguel de Barandiaran. Su hogar es un referente en la cultura ancestral, y prueba de ello es la representación que cada noviembre se celebra bajo el título 'La llegada de los gentiles'.

Un guía explica las características del dolmen de Jentilarri, en Ataun
Un guía explica las características del dolmen de Jentilarri, en Ataun / PARKETXEA

Distintos seres legendarios vascos recorren estos parajes en sus dólmenes, cuevas y montes. El pueblo organiza además cuatro rutas mitológicas: las de Barandiaran, Berrenoa, Jentilbaratza y Sarastarri. Pero más allá, «la estrecha relación entre la madre naturaleza y los seres que componen nuestro ideario mítico se refleja una vez más en cavidades rocosas, en esta ocasión en la sima de Agamunda, morada de diablos, genios y otras criaturas».

El terribe Tartalo

Echazarra pone punto y final a esta ocultista odisea en Zegama, «casa del cíclope. Es sorprendente la gran variedad de seres fantásticos repartidos por nuestro territorio. Y el temido cíclope de la cultura helena tiene también su reflejo en el Goierri, a los pies de la sierra de Aizkorri».

Aquí residía el terrible Tartalo, un gigante de un único ojo y con salvajes instintos que devoraba seres humanos. En este entorno se localiza el dolmen Tartaloetxe. En referencia a un testimonio popular, dos hermanos del caserío Antimuño se refugiaron en su cueva para pasar la noche. Allí vieron entrar un rebaño de ovejas guiado por el monstruo, que acabó comiéndose al mayor de ambos. El pequeño se escondió bajo la piel de una oveja y le clavó un hierro candente en su gran ojo.