Trump no era un accidente

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump./REUTERS
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. / REUTERS
Rosario Morejón Sabio
ROSARIO MOREJÓN SABIO

Celebradas las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, constatamos que la democracia se crece ante adversidades como la era Trump. Ya el miércoles día 7 por la mañana 'The New York Times' reseñaba una participación récord: 114 millones de sufragios emitidos, frente a los 83 millones de 2014. Si el presidente ha jugado la carta de la máxima polarización en una campaña convertida en un referéndum hacia su persona, la alta movilización electoral en unos comicios como los estadounidenses nos reconforta con la democracia representativa.

Los resultados son otra cuestión. El trumpismo resiste; no parece ser un paréntesis en el panorama político de Estados Unidos ni del mundo. El desenlace ha sido el desgaste habitual en este tipo de escrutinio: el partido del presidente acostumbra a retroceder en uno o en los dos órganos de representación. En esta ocasión, los demócratas ganan la Cámara de Representantes; los republicanos se reafirman en el Senado. Trump, que no figuraba en las papeletas, comprometido muy a fondo en el encuentro, ha conseguido paliar el pronosticado 'tsunami' demócrata. Crece el número de gobernadores en su favor, pese a que la oposición haya arrebatado Nevada, Kansas, Nuevo México, Illinois, Wisconsin y Michigan. Estados estos últimos estratégicos, especialmente con vistas a una nueva división de las demarcaciones electorales para 2020.

El esfuerzo del presidente durante la campaña ha mostrado un Trump en estado puro. Adulado por las masas republicanas, hemos comprobado que cuanto más delirante era su discurso, más entusiasmo suscitaba en su audiencia. Estas últimas semanas, insinuaba que terroristas medio-orientales se habían infiltrado en la caravana de hondureños hacia EE UU. No conforme con tamaña barbaridad, añadió que la citada caravana estaba pagada por los demócratas, quienes a su vez -prosiguió el inflamado mitinero- son financiados por George Soros. Semejantes declaraciones adquieren un eco particular al coincidir con sucesos violentos: el doble asesinato de afroamericanos -24 de octubre- en un ultramarinos de Kentucky por un blanco armado de desgraciado pasado psiquiátrico, la oleada de paquetes-bomba dirigidos -del 22 al 25 de octubre- a figuras demócratas y el atentado de la sinagoga de Pittsburgh -27 de octubre-, con once muertos a cargo de un antisemita, habitual de las páginas supremacistas blancas. Hay retóricas que azuzan los odios.

Dos años de soflamas trumpistas, basadas en ataques personales y mentiras han generado una idea del debate político que, según este mandatario, de palabra todo está permitido. Comprobado que un artificiero aficionado de Florida sería el único autor de los paquetes explosivos, Trump desistía de su empeño en el que los demócratas fuesen los responsables de los envíos terroristas. Pero, una vez detenido el hombre de Florida, el presidente acusó a la prensa de ser el origen de este clima de violencia en el país.

Las personalidades demócratas receptoras de cajas-bomba figuran todas ellas entre las dianas preferidas del presidente: Obama, Hillary Clinton, Soros, Joe Biden y en cabeza, «esos enemigos del pueblo», la cadena CNN. Covarianza no es causalidad, pero el discurso trumpista coquetea en demasía con las zonas de riesgo del inconsciente estadounidense. Estas intervenciones que no tranquilizan, no reparan nada; son usadas intencionadamente para arrastrar a su electorado. Donald Trump la emprende de modo recurrente contra los periodistas porque «funciona», insiste el 'The New York Times'. Confirma a sus seguidores en la percepción casi paranoica de una conspiración de las élites contra su presidente. Nacionalistas identitarios, los evangélicos y los neoliberales son los conglomerados mejor convencidos por el discurso del miedo. El dirigente republicano no habla de la favorable coyuntura económica lograda por su 'América primero'; acude a la amargura y animadversión que prende en sus seguidores ante esa «invasión», esa «ola criminal devastadora» que es la inmigración.

Los sufragios emitidos no reflejan los Estados Unidos blancos que vende Trump. Una nueva generación llega a la Cámara de Representantes: jóvenes, más mujeres que nunca, minorías étnicas, religiosas, identidades sexuales diversas lidiarán con el monocromatismo conservador. La mayoría demócrata de la Cámara forzará a Trump a rendir cuentas sobre asuntos que él entiende privados. El presupuesto federal, sus declaraciones de impuestos, el conflicto de intereses de sus empresas con la presidencia, las circunstancias de su éxito en 2016, su posible obstrucción a la Justicia y los mensajes apocalípticos o falsos de su campaña fueron cuestiones a despejar ya por los representantes de los medios en la conferencia de prensa del 7 de noviembre. Trump volvió a transformar la Casa Blanca en su plató. Insultos, gritos desde el atril, expulsiones ante las 'impertinencias' de los «horribles periodistas» nos confrontan de nuevo al cuadragésimo quinto presidente estadounidense.

Sabedor de que ha configurado el Grand Old Party a su merced, de que ya ha abierto la carrera hacia 2020, de la debilidad actual del proyecto demócrata, Trump no dudó en mostrarse amenazante. Ha suspendido la acreditación del periodista preguntón, ha fulminado a su ministro de Justicia Jeff Session en favor de su jefe de gabinete, Matthew Whitaker, menos remiso a cortar los fondos federales al fiscal Robert Mueller, investigador de la posible colusión con el Kremlin en 2016, y aceptará la cohabitación con el partido demócrata siempre que renuncien al control del poder ejecutivo. Iracundo, revanchista, ofendido por el recordatorio de su enardecimiento del nacionalismo blanco, Trump ha planteado sus reglas ante el nuevo reparto del poder.