Esto no es serio

Si la soberanía reside de verdad en el pueblo, hay que respetarla. La inestable coalición que tumbó a Rajoy por el 'caso Gürtel' se ha roto en una España polarizada

Esto no es serio
Jose Ibarrola
Javier Elzo
JAVIER ELZOCatedrático emérito de Sociología de la Universidad de Deusto

En una comparecencia que fue un ejercicio de autobombo con las realizaciones de sus meses de Gobierno, continuas puyas contra la oposición y un primer y repetitivo mitin electoral, el presidente Pedro Sánchez anunció la fecha del 28 de abril para las próximas elecciones generales. Lo que, más allá de la fecha, no debe suponer sorpresa alguna. Llegó al poder por una moción de censura auspiciada por una coalición de partidos más que heterogénea y anunció que convocaría pronto elecciones, aunque sin decir cuándo. Y ahora se ha visto forzado porque la inestable coalición se ha roto. Hay que hacer un poco de historia de estos últimos meses. Lo haré apoyándome, en parte, en el PNV.

«El PNV salva la legislatura a Rajoy a cambio de una subida de todas las pensiones», titula EL CORREO el 26 abril 2018. Además, consigue más inversiones para Euskadi y la promesa de Rajoy de que habría diálogo político en Catalunya cuando se levantase el 155. Pero, un mes después, leemos: «El PNV sentencia a Rajoy» (otro titular de EL CORREO, este del 1 de junio 2018). Y los dos titulares son exactos. Es el PNV quien, acomodándose a diferentes situaciones (lo propio de David frente a Goliat), cambió y, sumados sus votos a los de los demás, salvó en un momento a Rajoy y lo sentenció un mes después. ¿Qué había pasado entre tanto? La sentencia sobre Gürtel en la que la Audiencia Nacional determinó por 2 a 1 -dos de los tres jueces de la Sala- que Mariano Rajoy, junto a otros miembros del Partido Popular, no fue lo «suficientemente creíble» en su declaración como testigo en el juicio.

Me detengo en este punto para manifestar mi sorpresa democrática, por decirlo así, dado el gigantesco poder que hemos concedido a los magistrados, cuya competencia y honestidad no pongo en absoluto en duda, aunque muchas veces difieren en sus decisiones. Recuérdese, por ejemplo, cómo el Tribunal Constitucional anuló en junio de 2012, por seis votos a cinco, la sentencia del Supremo de marzo de 2010 que, por nueve votos a siete, había prohibido la inscripción de Sortu en el registro de partidos con las consecuencias políticas consiguientes. Al final, decía, los magistrados tienen más poder que el pueblo soberano.

Rajoy era presidente porque, tras unas elecciones, consiguió el apoyo de la Cámara de los representantes del pueblo pretendidamente soberano. Pero soberano de verdad, es el juez. (¿Hay que poner ejemplos?). No digo que un presidente de Gobierno democráticamente elegido sea inmune a la Justicia. Solamente digo que, a veces, hasta un solo juez, con sus decisiones, puede más que cientos de miles de personas con sus votos. Y el presidente de Gobierno ha de sufrir el veredicto de las urnas, del pueblo soberano, cada cuatro años. Un magistrado no. Solamente, y si es el caso, el de otro magistrado.

El hecho es que, tras la decisión, dos a uno, sobre el 'caso Gürtel', se impulsó una moción de censura cuyo objetivo era, simplemente, echar a Rajoy. La aritmética exigía los cinco votos del PNV y, tras mil y una cábalas, este se adhirió a aquel conglomerado heterogéneo de opciones políticas que no tenía un proyecto común de Gobierno. La ejecutiva del PNV se explicó diciendo que ya no había estabilidad para el Gobierno del PP por la «amplísima mayoría de oposición» que, más pronto que tarde, acabaría tumbando a Rajoy. Además, había obtenido promesas de calado de Sánchez (transferir, tras 38 años de demora, ¡38 años!, las competencias pendientes del Estatuto de Gernika) y temía que si Ciudadanos llegaba al poder, como aventuraban entonces algunas encuestas, quitaría a Euskadi si pudiera las competencias que ya tiene transferidas, empezando por la educación. Y que el partido de Albert Rivera pelearía a muerte para tumbar el Concierto Económico, la joya de la corona de la autonomía vasca. Ahora, todo eso está en el aire.

Pues bien, el miércoles pasado todo esto se derrumbó, auspiciado por otra coalición, tan heterogénea como la que tumbó a Rajoy y ahora ha tumbado a Sánchez. Además, en pleno macrojuicio del 'procés', del que no veo qué puede salir de positivo para la gobernanza de España o de Catalunya. Una España que, lo vengo repitiendo, estará jurídicamente unida -el ministerio fiscal repitió en el juicio del 'procés' el mantra inexacto de que la soberanía reside exclusivamente en el Parlamento español-, pero España está emocionalmente desmembrada con una extrema polarización de personas. Por un lado, están quienes necesitan actos de afirmación nacional con profusión de banderas rojigualdas y discursos explosivos (Casado ha logrado que se añore a Rajoy) y, en el otro polo, están otros ciudadanos del Estado español que no quieren saber nada de decirse españoles. No se sienten, en absoluto, españoles.

Todo esto no es serio. Si la soberanía reside de verdad en el pueblo, hay que respetarla. Una decisión de la Justicia que divide al propio tribunal, y menos aún una moción de censura sin proyecto político compartido, no justifican derrocar a un presidente democráticamente elegido -aunque no con mi voto- que debía presentarse al veredicto popular año y medio después.

Esto no es serio, repito. Así se entiende el creciente desapego de la población hacia la política y la emergencia de partidos extremistas de todo color político.