El drama del 'top manta'

El drama del 'top manta'
Diego Carcedo
DIEGO CARCEDO

El juego del gato y el ratón entre los policías municipales corriendo delante de emigrantes con grandes embrollos en sus espaldas es un espectáculo tan denigrante como frecuente en las grandes ciudades. Es comprensible que unos seres humanos, sea cuál sea su origen y condición, se busquen la vida como puedan. No es fácil para las personas arraigadas y preparadas para desarrollar otros trabajos, así que menos lo será para recién llegados intentando huir de la pobreza sin conocer el idioma y viviendo permanentemente poco menos que sin identidad y ganándose el pan bajo la amenaza de ser detenidos y deportados a sus lugares de origen.

Pero, por mucho sentimiento humanitario que la venta ambulante de los vulgarmente conocidos como 'top manta' despierte, no se puede ocultar que su profusión, en continuo aumento, genera muchos problemas, empezando por la incomodidad e inseguridad que supone la ocupación de las aceras a los viandantes, muchos con carritos de bebé. Tampoco hay que desdeñar el espectáculo degradante que supone para la pulcritud de la imagen de las ciudades o el perjuicio que causan en la normal actividad comercial y -sin que ellos sean culpables- en la práctica de todas las irregularidades administrativas y fiscales que se hallan detrás.

Empiezan por la fabricación generalmente clandestina de los artículos que venden, copias falsificadas por las que sus creadores se ven damnificados, lo mismo que los comerciantes que sufren la competencia ilegal en sus negocios por los que pagan alquileres, electricidad e impuestos. Existen mercadillos semanales exitosos en innumerables localidades, como el propio Rastro, que funcionan de acuerdo con las normas, que proporcionan empleo reglado, no causan molestias a la población y prestan un buen servicio ofreciendo artículos y productos naturales más baratos y frescos. No constituyen problema alguno.

El 'top manta' es distinto: para que unos pocos necesitados puedan subsistir son muchos los ciudadanos que se ven perjudicados y muchos los que en la sombra obtienen pingües beneficios. Los vendedores de acera que viven con la angustia de tener que salir corriendo con la mercancía, ejercen de esclavos de las mafias de la distribución que son las que, sin riesgos, sin pagar impuestos ni seguros sociales, se llevan la mayor parte de las ganancias. A los ladrones de marcas, fabricantes de falsificaciones y a los que tutelan ese comercio ilegal es a quienes habría que empezar por perseguir.

La venta ambulante no tendría que estar ni prohibida ni perseguida: bastará con que sea regulada con realismo y limitada a determinados lugares. En una sociedad organizada todo tiene su función y su espacio. Entre la demagogia del 'pobrecitos' y la incertidumbre actual, búsquense soluciones. Hay que arbitrar lugares para que los manteros dejen de serlo y puedan trabajar como vendedores sin sobresaltos. Y mientras tanto, las aceras recuperar su función, que es la de caminar y pasear.