Clima preelectoral: la patria por bandera

La última ocurrencia de algunos líderes políticos consiste en contraponer un nacionalismo «bueno», el español, frente a otro «rancio», como el vasco, que se pretende demonizar

Clima preelectoral: la patria por bandera
JOSÉ IBARROLA
Juan José Alvarez
JUAN JOSÉ ALVAREZCatedrático de Derecho Internacional Privado (UPV/EHU)

Al catártico contexto que vive la política española se ha sumado la convocatoria anticipada de elecciones generales para el último domingo de abril, abriendo así un ciclo frenético. La efervescencia preelectoral no parece ser el mejor antídoto para mitigar ese clima convulso. La pregunta clave es cómo lograr que tanta beligerancia discursiva deje paso al necesario ejercicio de moderación, responsabilidad, sensatez y sentido común que la política y la sociedad necesitan.

El recurso a las continuas ocurrencias (confundiendo notoriedad con liderazgo) o a las reiteradas provocaciones dialécticas y a la suma de exabruptos, son inadmisibles. Toda esa penosa retahíla de discursos populistas no resuelve los problemas; al contrario, los agrava y dificulta su solución. Lo peor, siendo como es una mala praxis política, no es solo la creación de ese clima de hostilidad belicosa, sino el hecho de que, a sabiendas de que tal modo de hacer política derrumba puentes que tanto ha costado edificar, se insista en esa orientación. Es la búsqueda del poder por el poder y todo parece valer, cueste lo que cueste en términos de convivencia democrática.

¿Qué cabe reclamar de la clase política? Que sirva para resolver los problemas que genera la propia política, que dejen de lado la confrontación permanente y que ensanchen las vías de acuerdo. Eso sí que es trabajar sin recursos retóricos, sin la épica impostada de quienes están convirtiendo la política en farándula.

No cabe construir ningún proyecto político desde lo negativo, desde el desprecio o desde la prepotencia. La suma ya excesiva de gestos vacuos y demagógicos ha de ser sustituida por una nueva cultura democrática anclada en el diálogo y en la negociación, por responsabilidad y por liderazgo social, necesario para solventar problemas estructurales como el de las pensiones o el de la distribución territorial del poder político en España, por citar solo dos ejemplos de viejos problemas sin solución.

Recordaba hace unos días el escritor Antonio Muñoz Molina que el edificio de la convivencia es más frágil de lo que parece y que cualquier complicidad o jugueteo de baja política con los incendiarios de la revancha (Vox representa el máximo estandarte y exponente de esta perversa corriente) equivale a una capitulación, anticipa la derrota de la convivencia, supone la pérdida de los progresos alcanzados en el ámbito social y frena el avance hacia la plena igualdad de género.

Todo ello supone en última instancia un deterioro que puede generar incluso la quiebra de la convivencia democrática. Como ciudadanos criticamos con razón la imperfección de nuestra democracia, nos indignamos (seguro que también con motivos justificados), pero como siempre ocurre (y es mejor anticiparnos en nuestra rebelión cívica, más necesaria que nunca, y no llegar hasta ese extremo) tales instituciones democráticas solo despiertan lealtad apasionada cuando se pierden.

Bismarck señaló, y la reflexión mantiene hoy día toda su vigencia, que el juicio en política es la capacidad de oír, antes que nadie, el distante ruido de los cascos del caballo de la historia. No resulta fácil definir qué tipo de liderazgo se requiere para ser capaces de gobernar y poner orden ante tanta complejidad. La prudencia aconseja un liderazgo compartido porque, como apuntó con acierto Toni Judt, solo de la mano de una ciudadanía tan cívica como responsable y de una política bien articulada será posible generar confianza, cooperación y acción colectiva para el bien común.

Frente a ello, y en el marco de la política española, parecemos asistir a una suerte de carrera para tratar de apropiarse de la noción de patria. Ésta parece ser la última ocurrencia de ciertos líderes políticos para incentivar el debate en el marco de la ya lanzada precampaña electoral con el objetivo de asentar una doctrina política que se caracterice por distinguir y evitar «confusiones» entre lo que para ellos sería un nacionalismo «bueno», es decir, el patriotismo español, frente a un nacionalismo calificable desde su perspectiva como patológico y «rancio» (el vasco o el catalán, entre otros). La identificación de ese nacionalismo «malo» y de la ideología en que sustenta sus postulados políticos con una dimensión egoísta, insolidaria y excluyente de la política busca en realidad conducir a su estigmatización y a su demonización.

Desde esta efervescente perspectiva de neopatriotismo español, todo queda invadido por discursos tan enfáticos como huecos y vacuos, e inmensas dosis de maniqueísmo populista. Frente a ello cabe reivindicar y defender que el sentimiento identitario es plenamente compatible con el valor del encuentro y que al mismo tiempo debe impedirse la absolutización de lo colectivo, ya que los derechos de las naciones no se construyen contra los derechos de las personas. Un nacionalismo moderno, cívico, abierto al mundo solo puede ensanchar su base social si acepta por convicción democrática tal premisa, precisamente la que niegan quienes se empeñan en asociar todo nacionalismo, y el vasco en particular, con la autarquía y el «antiguo régimen».

Las comunidades con percepciones y sentimientos de pertenencia nacional deben trabajar por lograr un proyecto político democrático, participativo, incluyente, cosmopolita y pacífico por convicción democrática y porque las identidades y los sentimientos de pertenencia son hoy días múltiples y más abiertos que nunca.