Los científicos y Dios

Richard Feynman, físico estadoundense./Mikel Casal
Richard Feynman, físico estadoundense. / Mikel Casal
Manuel Tello
MANUEL TELLOProfesor emérito de la UPV/EHU

En España, para ser progre, el no va más es decir que uno es ateo y que hay que posicionarse contra la religión y, en particular, contra la católica. Como ocurre con otros temas, al que piensa de otro modo se le califica de 'carca' o 'ultratumba'. Para analizar este hecho tomaré como punto de partida dos afirmaciones que escuché a un 'científico' joven en una conferencia sobre la historia de la ciencia y su financiación. En ella, sin venir a cuento y en tono jocoso, por dos veces afirmó que «todos los científicos son ateos» y, por una vez, que «Dios no existe». Con esas afirmaciones les dijo a los padres de unos universitarios que asistían a la entrega del diploma de sus hijos que todos los profesores eran ateos y que él, se entiende por su afirmación, podía demostrar que Dios no existe. Las líneas que siguen creo que sirven para demostrar, sin acritud, la falsedad de tales aseveraciones.

Si las conclusiones del científico son correctas, ¿qué significa que las primeras diez mejores universidades del mundo tengan un departamento de Religión? Son departamentos con un gran volumen de actividades en las que participan personas de alto nivel intelectual. Sus afirmaciones se contradicen con los resultados de dos encuestas internacionales realizadas en los inicios de los siglos XX y XXI sobre la religiosidad de los científicos. Los resultados, casi similares, indican que solo el 12% se define ateo. Es decir, una minoría. En el resto están los que dicen tener una religiosidad de intensidad variable, los que tienen inquietudes religiosas, los agnósticos y los creyentes practicantes. En cuanto al análisis de los resultados, la cuestión es más compleja. Partimos de que, en ciencia, la duda, la incertidumbre y la ignorancia son el punto de inicio para generar nuevas ideas. Esto explica que esa mayoría de científicos, interesados o atraídos por la trascendencia, se muevan entre la certeza de que existe un Dios y la duda sobre su existencia. Como ejemplo, las opiniones de dos iconos científicos del siglo XX. El profesor R. Feynman, premio Nobel en 1965, en una conferencia en la Universidad de Washington ('La incertidumbre de los valores'), decía: «Estoy de acuerdo en que la ciencia no puede refutar la existencia de Dios. Absolutamente de acuerdo. Los que afirman lo contrario quizás no entienden la ciencia correctamente». Unos años antes, el profesor A. Einstein, premio Nobel en 1926, escribía: «Hay dos maneras de vivir una vida: la primera es pensar que nada es un milagro. La segunda es pensar que todo es un milagro. De lo que estoy seguro es que Dios existe».

Pasamos ahora a otro punto de vista: El que podríamos llamar la búsqueda de valores (moralidad (ética), deberes, responsabilidades, etc.). De nuevo utilizaré la visión de dos científicos con diferentes creencias. En primer lugar, la del profesor Francis Collins, que lideró, a caballo de los siglos XX-XXI, un gran proyecto de investigación mundial. Collins escribió: «He tenido la fortuna de que se me pidiera liderar una empresa científica de importancia histórica, el Proyecto Genoma Humano, y este hecho aún hoy me maravilla. Uno de los objetivos del proyecto ha sido considerar las implicaciones éticas, legales y sociales de los rápidos avances en la investigación genética. Muchos científicos, como yo, creen en Dios, pero en general hemos estado más bien callados sobre nuestras creencias. Sin embargo, vivimos un momento crítico, especialmente en Estados Unidos, frente a la decisión de cómo buscar verdad y sentido a nuestra vida ante el siglo XXI. Evidentemente, necesitaremos de la Ciencia para que nos ayude a resolver muchos de nuestros problemas (enfermedades, sistemas de comunicación, cuidado del planeta). Pero una aproximación puramente materialista, desprovista del aspecto espiritual de la humanidad, nos empobrecerá. Creo que Dios es la respuesta al por qué estamos en la existencia. La fe es una forma de comprender los misterios profundos que la Ciencia es incapaz de resolver».

Para la segunda opinión utilizo otra conferencia del profesor Feynman ('Esta era acientífica'). La terminó diciendo: «Por todo esto, considero la encíclica de Juan XXIII ('Pacen in Terris'), que he leído, como uno de los acontecimientos más notables de nuestra época y un gran paso hacia el futuro. Reconozco esta encíclica como el comienzo, posiblemente, de un nuevo futuro donde quizá nos olvidemos de las teorías de por qué creemos las cosas cuando en definitiva, y por lo que respecta a la acción, creemos lo mismo. Muchas gracias. Me lo he pasado muy bien». Feynman, que yo sepa, nunca se declaró creyente.

Este breve artículo creo que indica que un científico hace un flaco servicio a la ciencia cuando, en nombre de esa ciencia, realiza afirmaciones falsas o sin rigor. Incluso más, cuando se considera que un auditorio no es capaz de analizar las ideas y juzgarlas. Los científicos no deben olvidar que en las ciencias naturales cualquier idea está sometida al experimento. Los premios Nobel sobre descubrimientos teóricos se conceden cuando esos avances se confirman con un hecho experimental. Por eso, como hemos visto, cuando un científico riguroso se refiere a Dios, al amor… dice: «Creo en… o no creo en...». Afirmar que no existe exige una demostración. ¿Conocen alguna demostración sobre la no existencia de Dios?