Barrio Sésamo y los indultos

Plantearse ahora la eventual concesión de medidas de gracia a los independentistas catalanes que aún amenazan con una ruptura unilateral es un disparate

El ex presidente de la Generalitat José Montilla y la delegada del Gobierno en Cataluña Teresa Cunillera. /EFE
El ex presidente de la Generalitat José Montilla y la delegada del Gobierno en Cataluña Teresa Cunillera. / EFE
Manuel Arroyo
MANUEL ARROYO

Epi, Blas, Coco y los demás personajes de Barrio Sésamo han contribuido a la formación más básica de varias generaciones. Gracias a ellos, niños ahora ya convertidos en talluditos hombres y mujeres aprendieron conceptos tan esenciales para moverse por el mundo como arriba y abajo, delante y detrás, izquierda y derecha, dentro y fuera, antes y después... Lecciones imborrables que ahorraron esfuerzos a multitud de padres, aparte de dibujarles un puñado de sonrisas en el rostro.

A la vista del comportamiento de algunos personajes públicos, a veces se echa en falta un programa de esos simpáticos muñecos en versión política. Una explicación a ras de suelo de cuestiones elementales a una parte de la clase dirigente que tiene una irrefrenable tendencia a mezclar churras con merinas o a colocar el carro antes que los bueyes.

A la delegada del Gobierno en Cataluña, por ejemplo, le haría un gran bien un episodio de Barrio Sésamo dedicado a los indultos. Teresa Cunillera se ha mostrado favorable a concedérselos a los dirigentes del 'procés' acusados de graves delitos por el Tribunal Supremo. Una opinión que ya en su día esbozó el líder del PSC, Miquel Iceta, y que ha obligado al Ejecutivo a desautorizar de aquella manera a la veterana dirigente socialista. Ni ella es quién para plantear esa propuesta ni es, desde luego, el momento de realizarla (si es que ese momento llega alguna vez).

Epi, Blas o Coco se lo habrían explicado a Cunillera con una apabullante claridad. Para que el Gobierno conceda un indulto los afectados tienen que solicitarlo. Solo pueden hacerlo si han sido condenados por un tribunal. Y, para ser condenados, previamente han de ser juzgados. Fácil, ¿no? Para entenderlo tampoco es necesario cursar un máster en Derecho Procesal en la Universidad Rey Juan Carlos; la de Cristina Cifuentes, la exministra Carmen Montón y Pablo Casado.

Los procesados por vulnerar supuestamente la legalidad con decisiones que derivaron en una declaración unilateral de independencia no han sido juzgados por ahora. En consecuencia, no han sido condenados. Es más: incluso podrían quedar absueltos. Sobre ellos no pesa ninguna pena que perdonarles. Si algunos están en prisión provisional es porque un juez del Supremo teme que se den a la fuga antes del inicio de la vista oral, como hicieron Carles Puigdemont y varios de sus exconsejeros, o repitan actuaciones contra el sistema constitucional como las que han activado la maquinaria de la Justicia. Por lo tanto, hablar en este momento de indultos es, cuando menos, precipitado. No procede. Blas comprendería sin problema una argumentación así de Epi.

Pedro Sánchez ha hecho bien en probar la receta del apaciguamiento con el independentismo catalán. Mejor rebajar la tensión hasta donde sea posible que azuzar el fuego con cualquier excusa, como han hecho de forma irresponsable los pirómanos aficionados que nos han traído hasta aquí. Pero esa fórmula, cuyos resultados han sido más bien discretos, tiene sus límites. Y no conviene traspasarlos por candidez o por cálculos electorales con base o sin ella.

Cuando los secesionistas no han renunciado a una ruptura unilateral, cuando mantienen viva la amenaza de burlar nuevamente la legalidad e ignorar a la mayoría de la sociedad catalana que rechaza sus planes, no parece muy inteligente enviar el mensaje de 'aquí no ha pasado nada'. Entre otras razones, porque anunciar ahora un borrón y cuenta nueva por la intentona independentista de hace un año es una forma de incitarles a repetir su desafío al Estado de Derecho. Un mayúsculo despropósito.

Es de libro. Cunillera, con muchos trienios en política, debería saberlo sin necesidad de que nadie se lo recordara. Ni siquiera Barrio Sésamo.